L. Wittgenstein y el amor.

Poco para decir, salvo que de vez en cuando se conversa sobre el amor y uno recuerda textos tan bellos como el siguiente… aunque de lo que no se puede hablar, es mejor cerrar la boca…

Estoy muy enamorado de R.; es verdad que ya desde hace mucho tiempo, pero ahora con fuerza especial. Y sin embargo sé que con toda probabilidad el asunto no tiene esperanza alguna. Eso quiere decir que debo estar preparado ante la posibilidad de que se prometa y case en cualquier momento. Y sé que ello me resultará muy doloroso. Sé pues que no debo colgarme con todo mi peso de esa cuerda, porque sé que cederá un día. Lo que quiere decir que debo permanecer asentado con los pies en el suelo y mantener sólo la cuerda, no colgarme de ella. Pero eso es difícil. Es difícil querer desinteresadamente como para mantener el amor y no querer ser mantenido por él. Es difícil mantener el amor de modo que, si las cosas salen mal, no haya que considerarlo como un juego perdido, sino que se pueda decir: estaba preparado para ello y también así está todo en orden. Se podría decir: “si no te montas en el caballo, si no confías plenamente en él nunca podrías caerte, ciertamente, pero tampoco puedes esperar cabalgar nunca”. Y a ello sólo puede replicarse: “tienes que dedicarte completamente al caballo y sin embargo estar preparado ante la posibilidad de que en cualquier momento te tire”.

Wittgenstein, Ludwig. Movimientos del pensar. Pre-Textos. 2000. Valéncia. Traducción de Isidoro Reguera

Odradek

Hoy tuve la suerte de charlar con una gran lectora y recordé este pequeño y humilde texto de Kafka. Una genialidad en toda regla.

Algunos dicen que la palabra «odradek» precede del esloveno, y sobre esta base tratan de establecer su etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán, con alguna influencia del esloveno. Pero la incertidumbre de ambos supuestos despierta la sospecha de que ninguno de los dos sea correcto, sobre todo porque no ayudan a determinar el sentido de esa palabra.

Como es lógico, nadie se preocuparía por semejante investigación si no fuera porque existe realmente un ser llamado Odradek. A primera vista tiene el aspecto de un carrete de hilo en forma de estrella plana. Parece cubierto de hilo, pero más bien se trata de pedazos de hilo, de los tipos y colores más diversos, anudados o apelmazados entre sí. Pero no es únicamente un carrete de hilo, pues de su centro emerge un pequeño palito, al que está fijado otro, en ángulo recto. Con ayuda de este último, por un lado, y con una especie de prolongación que tiene uno de los radios, por el otro, el conjunto puede sostenerse como sobre dos patas.

Uno siente la tentación de creer que esta criatura tuvo, tiempo atrás, una figura más razonable y que ahora está rota. Pero éste no parece ser el caso; al menos, no encuentro ningún indicio de ello; en ninguna parte se ven huellas de añadidos o de puntas de rotura que pudieran darnos una pista en ese sentido; aunque el conjunto es absurdo, parece completo en sí. Y no es posible dar más detalles, porque Odradek es muy movedizo y no se deja atrapar.

Habita alternativamente bajo la techumbre, en escalera, en los pasillos y en el zaguán. A veces no se deja ver durante varios meses, como si se hubiese ido a otras casas, pero siempre vuelve a la nuestra. A veces, cuando uno sale por la puerta y lo descubre arrimado a la baranda, al pie de la escalera, entran ganas de hablar con él. No se le hacen preguntas difíciles, desde luego, porque, como es tan pequeño, uno lo trata como si fuera un niño.

-¿Cómo te llamas? -le pregunto.

-Odradek -me contesta.

-¿Y dónde vives?

-Domicilio indeterminado -dice y se ríe. Es una risa como la que se podría producir si no se tuvieran pulmones. Suena como el crujido de hojas secas, y con ella suele concluir la conversación. A veces ni siquiera contesta y permanece tan callado como la madera de la que parece hecho.

En vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir? Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón be ser, alguna clase de actividad que lo ha desgastado. Y éste no es el caso de Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.

Franz Kafka.

Preocupaciones de un padre de familia.

La supuesta indeterminación humana.

Si hay algo que puedo determinar con certeza es la indeterminación humana.

Esta paradoja se crea debido a un claro juego de palabras, pero existe. Por gracia o desgracia se puede determinar que estamos indeterminados, me explico:

La física cuántica ya ha demostrado (bajo la teoría y la práctica) que se puede determinar la posición de un electrón en el futuro. De hecho, no solo ha demostrado eso, sino que también ha demostrado que (por difícil que nos parezca concebirlo) el ser humano puede conseguir que un electrón viaje en el tiempo, al futuro.

Estos argumentos teórico-prácticos nos llevan a lo siguiente: siendo nosotros una “multicolonia” de células, las cuales a su vez están compuestas por mitocondrias, aparatos de Golgi, etc… y, éstos estando formados todos finalmente por átomos, los cuales son compuestos por electrones: podríamos viajar en el tiempo, viajar al futuro y no solo eso, sino determinar nuestra posición en el futuro, igual que se hace en el acelerador de partículas europeo.

Bien, la cuántica postula esto por una parte (además de hablar de Heisenberg y probabilidades lo cual acaba por rechinar un poco, filosóficamente hablando). Lo importante del debate que nos ocupa es que lo que sí que postulan tal cual es: igual que se conoce el pasado deberíamos conocer el futuro, puesto que es moverse horizontalmente a través de la línea del tiempo.

Se equivocan, es ahí donde la cuántica hierra (amén de en otros lugares cuando se convierte en una metafísica conservadora). No se puede predecir el futuro, se podrá predecir, incluso, la infinidad de mundos posibles pero no el futuro en el nuestro. ¿Por qué? Por una sencilla razón: el ser humano es indeterminado.

Conocer nuestro futuro falsearía la muestra (es decir, nos falsearía a nosotros) intervendríamos directamente sobre la prueba cambiando el resultado por completo, por lo que queda claro que el futuro es incognoscible porque el ser humano tiene la limitada capacidad de elegir, así de sencillo, no es necesario extenderse.

Con ello llegamos a la conclusión que avanzaba al principio: lo único que se puede determinar con certeza es la indeterminación humana, añadiendo siempre: tanto estúpida, como es el caso de la mayoría, como intelectual (una pequeña minoría).

Sin acritud.

 

Cortázar y la escalera.

Sé que uno de los grandes tabúes de la sociedad actual es cualquiera que exija pensar, porque pensar es una actividad que está mal vista y mal practicada. Para lo siguiente no hay que pensar mucho, sino pensar bien. Es algo tan sencillo como una acción cotidiana.

INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en  línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera  se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que  no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en ‚este descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de  no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Julio Cortázar.

María Zambrano. El exilio en un pensamiento filosófico.

Este trabajo lo redacté hace años. Obviamente no es de mis mejores reseñas. Además seguro que contiene aberraciones gramaticales dado que, para variar, tampoco es la versión definitiva que terminé por entregar debido a mis desastroso orden. En todo caso, obtuve un sobresaliente.

Lo comparto debido a que la persona a la que más abajo le agradezco sus palabras, me aconsejó hablar del papel de la mujer en la filosofía y recordé que lo hice hace tiempo y que es algo que tengo presente (al menos la española).

Así que, en arreglo a su recomendación, aquí el mencionado texto:

María Zambrano – El exilio en un pensamiento filosófico

Gracias a Laura Rivera González por su consejo.

Sin acritud.

Una elección vital

Son las dos de la madrugada. Otra noche sin pegar ojo, en unas horas de nuevo la luz. Se levanta de la mecedora donde pensaba y fumaba su pipa mientras intentaba cerrar los ojos, al menos. Se asoma a la ventana, la brisa marina entra por ella. Su solitaria casa se llena de un aire lleno de vida, desgraciadamente todo sigue vacío. Él está solo, se siente solo, el tiempo se dilata, las horas se hacen días, los días meses… todo se eterniza… pero él se hace cada vez más viejo a pasos agigantados.

Nunca se relacionó en exceso con los demás. Su vida se redujo a su despacho, su biblioteca, su familia, y sus pocos amigos. Sus amigos comenzaron a independizarse: formaron familias, buscaron futuro fuera de la ciudad, del país… él siguió con la que era su pretensión: disfrutar de la vida, dedicarse a sus estudios y hacer todo ello en un lugar cercano al mar.

Terminó su carrera, su máster, su doctorado, su cátedra… en cuanto pudo abandonó la ciudad, se fue a un pueblecito que linda con el Mediterráneo y allí se estableció. Conseguía dinero de aquí y allí, con clases, conferencias, de particulares que querían aprender de él… Esa fue su vida durante unos años, ahora da charlas a aquél que quiera escucharle, en las rocas del mar, con el sonido de las olas de fondo, que ya se ha convertido en una parte muy importante de su discurso. Ese discurso que quien lo escucha dice de él que te ayuda a vivir mejor. Pesca, vive de lo que le ofrece la tierra… poco más.

Empieza a ser mayor, viejo… su familia ya no está, sus hermanos (al igual que sus amigos) buscaron futuros mejores lejos de su país natal, con sus parejas. Sus abuelos, sus padres, sus tíos… ya fallecieron… sus primos están en la capital, con sus familias formadas, demasiado lejos como para ir a verlos a esta edad. Ahora solo tiene recuerdos, fotografías, vídeos… nada más, no hay nada más que le haga compañía. Sus viejos amigos están lejos, su familia igual… está él solo, en plena madrugada, disfrutando, viviendo o sufriendo la vida que eligió vivir… sin mayor compañía que la de sus libros.

Dando una gran calada a su pipa abandona la ventana, se dirige al despacho y se hace con varios álbumes de fotos. Sus abuelos, sus padres, sus hermanos… toda su familia… todos sus amigos… escoge las fotografías más representativas de todos y cada uno de ellos. Las mete en su mochila, abandona su casa no sin antes pasar por el baño y el mueble-bar y cierra la puerta.

Tras un paseo de 20 minutos llega a la playa, no es que esté lejos, sino que ya se tiene que ayudar de un bastón para moverse, ya no tiene la misma agilidad que antes, ahora es lento. La luna llena se refleja en el agua del mar, que va internándose en la arena poco a poco. Abre la mochila, pone todas las fotografías a su alrededor, mirando al mar. Deja las de sus padres para las últimas y pone una a cada lado, estando él entre ambas. Mira mamá, dice, ¿ves como nunca me ibas a dejar solo? Mientras llora, las lágrimas inundan sus ojos. Curiosamente, es feliz. Está en el mar, junto a todos los suyos, disfrutando todos juntos, de nuevo.

Vuelve a tomar en sus manos la mochila, esta vez abre un bolsillo exterior y saca una gran dosis de narcóticos. Esos narcóticos son los que su médico le prescribe siempre para su dolor de espalda, ese maldito dolor. Ese dolor que tanto tiempo le ha tenido postrado en su cama, sin ganas de más que de tomar drogas que le permitieran olvidar, por un momento, ese terrible sufrimiento.

Junto con una botella de whisky que saca de otro bolsillo los toma, se tumba y mira al cielo; las estrellas y la luna resplandecen. La marea toca su melodía, esa melodía que siempre acompaña sus pensamientos y sus discursos desde hace tantos y tantos años. Comienza a dormirse sabiendo que la dosis que ha tomado no le va a dejar despertar en muchas horas… las lágrimas caen por su cara, sonríe… está rodeado de su familia, de sus amigos… ha conseguido lo que tanto ha echado de menos… compañía. Nunca tuvo el amor de una pareja pero ahora, en este momento tan importante, le acompañan los que él quiere, los que él necesita.

La marea sube, debería moverse, pero está dormido y no va a despertar, a él ya no le importa… está con los que ama, y tanto él como ellos, se van ya con el mar.

 

Creer

A mi amiga Paula López De La Fuente.

 

Todos creemos necesariamente:

En algo tangible,

Como una figura.

En algo imaginario,

Como un sueño.

En algo esperanzador,

Como dios.

En algo latente,

Como un sentimiento…

O necesitamos creer simplemente,

En aquello que nos hace creer:

En nuestro pensamiento,

En alguien,

En ti… creer en ti misma.

 

 

El verdadero sentido de la vida no reside en la completa respuesta de toda pregunta lógica.