La magia existe.

Leo libros y textos, en la medida de mis posibilidades, la mayoría de ellos filosóficos o poéticos. No niego que tampoco lea algunas novelas y que no eche un ojo a la prensa de manera diaria (sabiendo el daño para la salud que me suponen las malas noticias). Por otra parte, leo algunos artículos científicos y revistas varias, incluso los catálogos que dejan en mi buzón de vez en cuando. Vamos, leo lo que puedo y, también, escribo.

Es ese momento en el que lectura y escritura se unen en el cual se produce la verdadera magia que sólo se encuentra al alcance de unos pocos afortunados. Cuando un escritor escribe, elige minuciosamente las palabras que considera adecuadas para argumentar, describir o contar sin más aquello que quiere hacer público. La elección realizada por el autor es, sin duda, un acto de violencia, un acto en el que realiza un apartheid de todo un elenco de palabras que seguramente merecieran aparecer en el texto. Pero el autor no lo considera así y las deja fuera, sin mención ninguna a todas ellas.

Este momento violento es mágico, extremadamente mágico. Gracias a que el autor elige decirnos aquello que nos dice, argumentar aquello que argumenta o describir aquello que describe, quedan fuera del texto un sinfín de variables que se relacionan directamente con éste y no ven la luz. En ocasiones, aquello que no se dice en el texto es lo más importante del propio texto (recordemos el Tractatus).

Así, lo verdaderamente importante de muchos libros no son sólo los libros en sí, sino la implicación mágica nacida de la violencia de la falla realizada entre lo elegido y lo no elegido con nuestra imaginación, porque gracias a ello, un libro no sólo nos permite vivir aquello que se encuentra en su interior, sino investigar, deducir y suponer aquello que aparece fuera de él.

Queda demostrado así, que la magia existe.

Sobre la actualidad.

A la luz (u oscuridad, mejor dicho) de las últimas reformas planteadas por el gobierno, Alemania, los mercados o quién quiera que sea el artífice de toda la pantomima que nos toca sufrir me planteo diferentes cuestiones.

La primera es si existe verdaderamente la crisis. No soy economista y no voy a hablar de cifras que no puedo interpretar, pero hay algo que me escama: han conseguido que en España la mayoría sepa mejor el valor diario de la prima de riesgo que la alineación del Real Madrid, y eso es preocupante, llamativo, mejor, para no alarmar a nadie. Al comienzo se habló de la religión como el opio del pueblo, después del fútbol y ahora parece que con la evolución del capitalismo la crisis ha pasado a ocupar ese lugar. Marx venía a decir que el trabajador permitía ser explotado porque creía que con el sufrimiento terrenal se compraría un buen terreno edificable en el cielo (añado por aquello de introducir algo de humor, aunque malo). Después la élite pseudointelectual, o no, dijo que aquello que representaba al circo en la conocida dupla (pan y circo) era el fútbol y, ahora, en este caluroso verano, no casualmente, es la supuesta crisis.

Bien, exista o no, ya nos han convencido (o eso parece) de que tenemos que apretarnos el cinturón (claro, si no hay para comer o te aprietas el cinturón o te pones tirantes) y lo tristemente inquietante de todo ello es el campo de los derechos. Diría que hay dos tipos de derechos (seguramente un Licenciado en abogacías sepa más), los derechos adquiridos a través de la sangre de generaciones anteriores (en otras palabras: lucha) y los derechos que nos fueron dados por los “bondadosos” políticos en las llamadas épocas de bonanza (que supongo que los habrá). Aceptado el doble origen de los derechos aparece entonces el problema: ¿quién es usted, “señor” político, para arrebatarnos lo que a muchos de nuestros semejantes en el pasado les costó su propia vida conseguir? Entiendo que, si hay dinero, se den miles de euros a aquellos que tengan hijos, igual que no se les ofrezca dicha subvención si, por el contrario, falta capital. Pero, mire usted, lo que no comparto, y a lo que me opongo, es que me retire derechos que fueron conseguidos gracias a la lucha contra el opresor: y es que si yo quiero (tiene sentido comenzar así) usted me debe dejar trabajar hasta la edad que desee (dando por hecho que no seré piloto de caza a los 70 años, pero sí puedo ser profesor, igual que muchas otras cosas). Pero no, ahora el gobierno decide que algunos trabajadores se jubilen a los 67, otros que cambien de puesto (por ejemplo los médicos a quienes desean reconvertir en secretarios), a la vez que endurecen las condiciones de jubilación, de paro y de vida en general, mientras que militares, policías y amigos varios (aunque ahora también se quejan porque les han tocado una paga) se jubilan a los 50 o 50 y poco y con buenos sueldos pagados por los verdaderos trabajadores (que me informen en su defecto del trabajo de un militar –guerras en España desde la civil, el 23F fue un montaje-, guardia civil, policía, etc, etc… hasta la fecha su función ha sido ser un perro del opresor, el brazo violento del discurso pacifista de un gobierno falaz).

Así consiguen que algunos elegidos, que lo son no por azar, disfruten de la vejez, mientras que otros no tengan tiempo de hacerlo porque se les obliga a retirarse más tarde, malviviendo en una esclavitud moderna.

Con todo llegamos  a mi segundo planteamiento: exista o no la crisis, nos recortan derechos (sí, derechos) y nos quejamos. ¿Lo hacemos bien? ¿Nos quejamos cómo debemos?

A los hechos me remito si digo que el pueblo español (al menos) sale pacíficamente a la calle a pedir que se les reintegre aquello que se les ha robado en nombre de la salvación de aquellos que especularon con lo que no era suyo. A los hechos me remito, también, si digo que al pueblo español se le ha maltratado no sólo con recortes, sino con golpes y violencia, a través del can bien adiestrado que representan esos ilegítimos agentes que se creen en posesión del poder (pido perdón al género animal, ellos son demasiado buenos como para compararlos con ese tipo de calaña).

Ante los acontecimientos acaecidos es de cautos preguntarse si lo estamos haciendo correctamente. Es, ante todo, turbio que estemos haciendo lo que el sistema nos permite, es decir: huelgas de un día o unos cuantos días, manifestaciones (incluso los fines de semana), escribimos exquisitos textos y panfletos abogando por un cambio para conseguir mejoras mientras criticamos las acciones del gobierno. Huelga decir (valga la redundancia) que no hay nada que se salga del guión establecido por el capitalismo: el capitalismo nos deja hacer huelgas, nos deja manifestarnos y nos deja tener libertad de expresión. Si ven que alguien que se pasa de listo comienza a tener repercusión, le dan una ejemplar reprimenda y vuelta al juego.

Es en este momento en el que debemos cuestionarnos el cambio de actitud. Haciendo aquello que está permitido entramos en su juego, jugamos con las reglas que ellos imponen y cambian a su voluntad. Cuando conmigo jugaban de esa manera en mi niñez, siempre perdía, pero aprendí. Ahora, o juego con las mismas reglas para todos, o si me imponen unas o hacen trampas las hago yo también. ¿Con ello qué quiero decir? Que quizá la salida se encuentre en hacer aquello que se encuentra prohibido, aquello que el sistema no nos permite, aquello que el ser humano está legitimado a hacer por propia humanidad cuando se ciernen sobre él las garras del tirano, del opresor. Quizá, y sin quizá, llevando a cabo aquello que no nos dejan, consigamos lo que por derecho nos pertenece.

Decía Žižek, si mi memoria no me traiciona, que el gran triunfo del capitalismo es que mientras nos permite variar la pintura del cuadro (aparentemente), no nos deja salir del marco. Viendo así, el autor eslavo, el capitalismo como una gran obra de arte, una obra de arte grotesca y horrible. Aceptando que esto sea así, olvidemos sus reglas y, realizando lo que no nos permiten, cojamos una maza y hagamos añicos el marco. Esa será la única forma de terminar con el intento de legitimar una sociedad de clases que comenzaba a diluirse debido a la calidad de vida del que, en la opinión de los magnates, no debería tenerla.

Sin acritud.

Reflexiones de una noche de verano.

Siempre me ha gustado escribir, redactar… pensar, discurrir… hasta intento filosofar a menudo, o al menos ejercer la práctica filosófica… sé que es algo que jamás conseguiré, pero es un ejercicio en el que hay que poner empeño, por estéril que parezca. Cuando pienso, cuando escribo, cuando pienso y escribo, más bien, lo inmortalizo o lo intento inmortalizar o bien en papel, o bien virtualmente y, en ocasiones, publicar, como es el caso.

Así, al hacer un repaso por mi biografía textual (si es que sirven estas dos palabras para describir lo que busco) me doy cuenta de que tengo unos principios, unos valores y unas ideas que más o menos se mantienen firmes con el paso del tiempo, aunque siempre sujetas a variaciones. Por el contrario tengo opiniones, acertadas a veces y equivocadas otras, que suelo cambiar por suerte (aquellas que se encontraban erradas, claro). Es por todo ello por lo que soy diferente a los demás, por lo que soy plenamente individual e irrepetiblemente insustituible en la eternidad. Tengo eso que a todos nos hace iguales: no ser auténticos, pero quizá sí genuinos.

Últimamente ser diferente es algo que se encuentra en desuso o, más bien, velado. Hay que ser una oveja blanca, una parte del rebaño, una pieza de un puzle que tiene la misma firmeza y rigidez que las demás, aunque posea una forma ligeramente distinta. Ser una oveja negra, o los ojos que investigan y cuestionan la estructura del puzle no es algo que se encuentre aceptado. Así ocurre, no es que no se cuestionen las decisiones políticas, sino que ese cuestionamiento se hace en tanto en cuanto afecte personalmente a alguien o no, en su defecto “todo va bien”. Por otro lado, si se realiza esa especie de inquisición no va más lejos del sofá o de una reunión de amigos por lo que, a fin de cuentas, volvemos a ser una bella ovejita blanca que viste de marca y que no se distingue porque ni sobresale ni está por debajo.

Mientras todo esto ocurre, sigo pensando, redactando, paseando, observando, discurriendo… intentando cambiar el mundo mientras actúo, mientras incido de lleno en la vida de los que me rodean y no me rodean, mientras no me quedo en mi silla, en mi butaca. Por ello muchas de mis ideas no germinan, no ven la luz, quedan perdidas en el maravilloso limbo ideático en el que tienen el honor de descansar junto a, seguro, grandísimas ideas que no llegaron a nacer puesto que fueron olvidadas (no implica que las mías lo sean, buenas, digo) debido a que sus padres estaban demasiado ocupados intentando hacer del mundo algo más justo y mejor, convirtiéndose así en ovejas negras para esos que tratan de ser pastores y construir rediles mientras convencen a las demás ovejitas de lo malas que son aquellas que les ofrecen conocer la verdad.

Suerte, mucha suerte, la vamos a necesitar. La “Multicomplicación”, que se le escapaba a Alicia, se encuentra cada día más presente en nuestras vidas

Gracias

En el mundo hay muchos tipos de personas. Si hay algo que hemos de tener claro es que todos somos irrepetibles, por ello podríamos decir que cada uno somos, lógicamente, un tipo distinto de persona, con la completa seguridad de no equivocarnos. Siendo todos diferentes, los hay que son parecidos, por diferentes razones y, no casualmente, ocurren cosas como la siguiente.

Un día te levantas y mantienes una conversación con alguien con la que, anteriormente, poco o casi nada habías hablado o cruzado unas cuantas palabras. Podías tener pistas, pero eran pocas, insuficientes casi. Esa conversación te lleva a saludar a ese alguien al día siguiente con la esperanza de que aquella conversación no se quedara ahí… efectivamente, la conversación no cae en el olvido y continuáis hablando. Este acto lingüístico se repite con constancia, con normalidad, pasa a darse todos los días, comienza a ser algo rutinario, una especie de ritual cultural en el que cambia la temática pero no la profundidad de las palabras, de los gestos, de lo tratado. El tiempo, la vida al fin y al cabo, sigue avanzando y cuando quieres darte cuenta, esos momentos de conversación son días, los días son semanas, las semanas meses… y en unos segmentos de esos en los que se divide el tiempo conoces a la otra persona como si llevárais años dialogando y contando confidencias. Pasas, sin darte cuenta, del decir al mostrar y, lo mejor de todo, ese mostrar por su parte es constante, e increíblemente inimaginable, revitalizante y reconfortante. Los minutos a su lado se convierten en segundos, pasan las horas a una velocidad increíble pero en conocimiento se mide como si hubiéramos hecho años de estudio el uno del otro. Compartir inquietudes y aficiones implica pensamientos similares y gustos parecidos… mirar el reloj hace que pienses en lo rápido que pasa el tiempo, mientras que en tu reflexión posterior aparecen otros dos pensamientos: ojalá fuera infinito (cuando no eterno, si fuera posible) y cuánto pueden dar de sí unas cuantas horas, unos pocos días, un cúmulo de semanas o un puñado de meses… compartidos con la persona adecuada.

Ahora mismo puedo decir que conozco a alguien maravilloso, puedo decir que tengo la suerte de tener una relación estupenda con una persona más estupenda (a su vez y valga la redundancia) de lo que podría llegar a imaginar si cualquiera me lo hubiera planteado antes de conocerla. Puedo decir que, ahora, entiendo la teoría de la relatividad de Einstein, ya que puedo afirmar que existe alguien que consigue hacer que el tiempo pase volando y se haga corto cuando lo comparte conmigo, mientras consigue hacer que se expanda en conocimiento y cultura al unísono hasta el infinito, todo siempre a través de dos, no individualizado.

Gracias, muchas gracias, por cada instante, por cada sonrisa, por cada muestra, por cada palabra, por cada pensamiento… por todo, gracias… aunque, reconozco que, como sabemos, las palabras quedan atrás y sólo puedo tener muestras y muestras de agradecimiento, que cada día intento manifestar.

*Desconozco si este texto es un intento de racionalizar el sentimiento o “sentimentalizar” el raciocinio, no es objeto de mi reflexión saberlo. Sólo puedo decir que forma parte de la vida, de mi vida, la cual hay que, e intento y debo, vivir con plenitud.

Nunca dejes de pensar, leer, escribir, comunicar…

Del pasado y el presente.

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando,

cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

 

Manrique hablaba de la angustia… tanto es así que a día de hoy se puede afirmar que el tiempo es aquella cosa, figura, dimensión, duración, o cómo queramos llamarlo, de lo que no tenemos ni la más remota idea (retomaremos la angustia después).

Del tiempo podemos decir más bien poco, salvo que no podemos señalarlo pero lo nombramos y que, de existir, envejecemos por su acción (o eso es lo que queremos pensar). Teniendo en cuenta que no hay mucho que decir del tiempo, poco podemos aventurar de sus efectos. Quizá no sea el causante de mis arrugas y mis canas, sino mis genes… pero es siempre mejor buscar un culpable, un chivo expiatorio al que hacer responsable.

Así, vemos que, cuanto menos, denominamos tiempo a aquello que parece transcurrir de manera volátil pero rápida, segura y sin descanso mientras vivimos. Bien, aceptemos, por el momento, tal uso, pues no nos queda otra.

Lo primero que, entonces, surge en mi cabeza, es que el tiempo desaparecerá el día que lo haga la humanidad, pues es la única que ha inventado una medida para su paso, no aceptando su propia finitud y dividiéndola en tramos: esas horas, minutos y segundos que miras innumerables veces sin dar ninguna importancia a su supuesto paso. Y es que ahí se encuentra el verdadero punto crucial del asunto: tenemos angustia hacia la nada y por miedo a que el tiempo no sea más que eso, lo definimos, con ello no le damos importancia, o la importancia que tiene. Curioso, sabemos poco del tiempo y, en lugar de defender que no existe (una de las características que deberíamos dar a Dios es que vive fuera de espacio y tiempo) defendemos que sí, que existe y que nos condena, pero no apreciamos esta condena porque es tan leve… aparentemente.

Así, nos encontramos con situaciones dignas de una tragicomedia: perdemos el tiempo de manera categórica. Desaprovechamos esas divisiones (ficticias o no) porque como son muchas (no podemos imaginar cuantas por lo pequeño del asunto) nos resulta despreciable perder un cúmulo de ellas: un cúmulo de segundos, de minutos, de horas, de días, de semanas, de meses o, los hay, que llegan a perder años. No contentos con ello dicen arrepentirse de haberlos perdido, que es perder doblemente el tiempo (como hemos decidido usarlo): puesto que no hay mayor tontería (parafraseando a Nietzsche) que el remordimiento, que es lo mismo que la mordedura de un perro a una piedra.

Es aquí, con Nietzsche, cuando voy a llegar a una conclusión precipitada, puesto que debo mostrar que no se debe perder el tiempo, y lo que pueda ser dicho, debe decirse de forma clara (como dijo Wittgenstein):

No se debe pensar en categorías temporales más que lo necesario, vive, pon tu vida sobre el tapete en cada acción, vive como quisieras que ese momento se repitiera porque no podrías imaginarlo necesariamente de otra forma. Los hechos te vienen dados, incluso de forma obligada en ocasiones, pero tú decides como vivirlos. Hazlo de la manera en que no te arrepientas y, sobre todo, no olvides que no hay nada en el mundo como decir al final de tu vida que ésta ha sido maravillosa.

Con ello, lo que vemos, lo que sí que podemos afirmar, es que, temporal o no, la vida es una   y cuando no la pones en juego, dualizarla en analogía con el tiempo hace que pierdas uno y que no aproveches la otra. En definitiva, perder el tiempo es dejar de vivir.

Malgasté el tiempo, ahora el tiempo me malgasta a mí.

W. Shakespeare.

El problema del olvido

Me enfrento a una página en blanco. En la noche de ayer, mi mente tenía un esquema perfectamente dibujado sobre aquello que tenía o, más bien, que iba a escribir. Sobre aquello que había pensado, sobre aquello que había analizado. No voy a afirmar que le dedicara mucho tiempo, es más, le dediqué ciertos momentos libres en una época en la que no abundan.

Era, sin duda, un problema importante en el devenir de la biografía humana, tanto mía como de los que me rodean, cuanto menos. Una cuestión cuya solución es, fue y será, buscada por los hombres hasta la extenuación, seguro. Tal era la importancia, que en medio de mi reflexión me dije a mí mismo: “de mañana no pasa que escribas sobre ello”.

Pensé, y mucho, en la manera correcta de abordar el tema, en la forma de comenzar, en introducirlo, en mostrar mis argumentos a favor de aquello que defiendo y pienso que, puede, ser verdad. En cómo sería el final del texto que iba a presentar, en la apoteósica conclusión que llevaría al lector a afirmar que todo aquello que redactaría era cierto… en todo o, cuanto menos, en muchas cosas.

Todo eso pasó por mi cabeza, estaba bastante claro, meridiano, no había ningún cabo suelto y me encontraba bien, seguro y con ganas de comenzar mi andadura en ese texto que revelaría cierta verdad antes escondida o, al menos, llevaría a situarse frente a ella con más claridad. Mi “yo” se movía en una sinfonía de verdadera belleza y de inmejorable factura construida por él mismo.

Ya ha llegado el momento de llevar a efecto todas aquellas cábalas y, curiosamente, me enfrento a una página en blanco.

Las rosas

Si tu frescura a veces nos sorprende tanto
dichosa rosa, es que en ti misma, por dentro,
pétalo contra pétalo, descansas.

Conjunto bien despierto cuyo centro
duerme, mientras se tocan, innumerables,
las ternuras de ese corazón silencioso
que suben hasta la extrema boca.

R. M. Rilke.

Eres

Eres todo aquello que imaginaba tener, cuando en la felicidad de mi infancia deseaba compartir. Ese rayo de sol que alegra una tarde de vertiginosa lluvia convirtiendo el cielo en un lienzo de colores. Eres esa afinada nota de música que irrumpe en el silencio al deslizar una dulce caricia sobre tu cuerpo. Ese trazo de pintura que se esboza con cada inmerecida palabra que trata en vano de describirte. Eres ese verso que todo romántico poeta desearía componer bajo sílabas en perfecta correlación. Ese espacio de orden y filía en una realidad caótica, violenta, ajena y enemiga. Eres la gota de coherencia en un vertiginoso mundo compuesto de un océano de prejuicios sin sentido. Ese instante de eternidad constante en un la finitud del ser humano. Eres ese mostrar que no se puede decir y sólo vivenciar.

Eres todo aquello que no puedo relatar, aquello que se escapa a mi intelecto, aquello que abruma a mis sentidos. Aquello, y sólo aquello que, cuando te siento, sólo puedo callar y disfrutar.

Eres, sobre todo, aquello que no he dicho, porque es demasiado importante como para menospreciarlo utilizando palabras al alcance de cualquiera.

Nada como escribir a la irrealidad.

El tiempo

La mayor ocupación

es la del intelectual

el sabio, 

el hombre de letras

buscando diálogo con el pasado

escribiendo la conversación con el futuro

pensando en eternizar el presente.

El que trabaja físicamente

pierde su vida, la malgasta

malvende su bien más preciado

por puñados de monedas

con las que compra un presente falso

para vivir un futuro arrepentido

olvidando un pasado hermoso.

El tiempo es el bien más valioso de todos. Desgraciadamente, al ser etéreo, no nos damos cuenta de lo que perdemos al no poner en juego nuestra vida en cada instante.

Como dije una vez: No pierdas el tiempo. Pudo haberlos mejores, pero ninguno como el tuyo.