Hugo Chávez

Chávez no pasará a la historia del mundo de la misma forma que lo hizo el Che (salvando las distancias). Guevara tenía una ventaja similar a la de Kurt Cobain: su apariencia creó una moda inmortal, una moda cargada de ideología, por suerte. Ambos atacaron a las élites, ayudándose de los propios criterios de éstas (salvando, también, las distancias entre ambos). Chávez, sin embargo, no tenía un aspecto físico que le ayudara a llegar a más gente. Utilizó el ámbito intelectual, pero para acabar con un sistema basado en la esclavitud eso no le era suficiente. Entonces, con trabajo, llegó al corazón. Llegó al corazón de pueblos que no sabían ni leer ni escribir, pero que estaban en contra de un sistema que les hacía menos libres. Chávez se hará inmortal, pero no de igual forma que Guevara o Cobain: Chávez entró en cada uno de nosotros, haciéndonos ver que, en la actualidad, las cosas pueden ser distintas. Demostrando que, en nuestra “democracia”, tenemos un “jefe de Estado” que cuando le escuchaba y no le gustaba lo que oía (como vimos todos), en lugar de solicitar su silencio de manera educada, emitía una pregunta con estructura de orden, que es lo que está acostumbrado a hacer. Porque aquí no vivimos libremente, nos ordenan.
Quizá algunas decisiones de Chávez fueron erróneas, quizá en ocasiones sus declaraciones no fueron todo lo acertadas que deberían… ahora bien, si en España redujéramos la tasa de pobreza a la velocidad que lo hace Venezuela (gracias a su política), quizá los que nos tendríamos que callar somos nosotros, a la vez que disfrutamos de un auténtico estado de bienestar.

Demos donde más duele

Bueno, la huelga.

Hacemos huelga ¿qué conseguimos? Si es general paralizamos un país (dicen), en cambio, por sectores la cosa se pone interesante. A ver si consigo explicarlo de manera sencilla.

Comencemos por el principio, no sin antes recordar que por muchas fechas que se den, todo tiene una historia anterior a aquello que se fija con ellas. La primera huelga de la historia (conocida) la protagonizaron los trabajadores (esclavos) egipcios, allá por el 1166 antes de nuestra era. El hecho, por antiguo, no nos es deconocido: el que mandaba se retrasó en los pagos. Bien, ¿qué se hizo? Se paralizó la construcción del que iba a ser el templo que contendría el cuerpo momificado del faraón cuando muriera. Es decir, atacaron directamente sobre sus creencias más profundas, no podría ir al más allá. En palabras de hoy: le dieron donde más le dolía.

El faraón, atemorizado, acabó pagando. Hubo más huelgas, porque volvió a dejar de hacerlo, pero lo interesante de todas ellas no deja de ser su resultado satisfactorio y los puntos que se exigían al faraón (consensuados por todos los trabajadores): querían su salario, querían mejorar sus condiciones de trabajo, denunciaban sacrilegios y el mal hacer de ciertas autoridades que actuaban en nombre del faraón. Es decir, sabían qué querían, sabían cómo lo querían, sabían quién tenía la culpa, sabían quién lo podía solucionar y, sobre todo, estaban todos de acuerdo (jefes y trabajadores) en cesar lo que podemos llamar actividad laboral. Por otro lado, durante sus protestas (porque eran protestas) no invadieron las calles, no invadieron su lugar de trabajo (la tumba que construían), invadieron el Rameseum (ya construido y en uso). Es decir, volvieron a darle al faraón donde más le dolía, le dieron a él, donde sabían que le hacían daño.

Dando ahora un triple salto mortal ubiquémonos en Francia, 1789. No voy a hablar del apoyo anterior a EEUU, tampoco de que “pienso, luego existo” puede ser una afirmación que contenga implícita la necesaria desaparición de Luis XVI. Lo que voy a decir es simplemente que la Revolución Francesa fue un movimiento que sentó las bases de la actual democracia. ¿Qué se hizo? Mediante la unión el pueblo tomó la fortaleza de la Bastilla (símbolo de la opresión de la monarquía), matando a su gobernador (el marqués Bernard de Launay) para después ir al ayuntamiento, pegar un tiro al alcalde, Jacques de Flesselles, por traidor, cortarle la cabeza y ponerla encima de una pica, en la que se exhibía como símbolo de victoria. Luis XVI, obviamente, tuvo miedo. Le dieron donde más le dolía (a él), pero ya era tarde: su futuro era la guillotina. Efectivamente, fue bellamente guillotinado. El pueblo unido ganó, después llegó Napoleón y todo aquello, pero no viene al caso (aunque sé que me daría la razón cuando afirmo que dar donde más duele funciona… y mira que compartiríamos pocas cosas).

Sin saltar tanto en esta ocasión, llegamos ahora a Mayo de 1968. Un país entero, Francia otra vez, se paraliza prácticamente durante dos meses debido a una grandísima crisis económica causada por las clases gobernantes, extendiendo el movimiento a numerosas, incluso lejanas, naciones. La sociedad del consumo parecía irse a pique mientras el número de parados en Francia subía como la espuma. A la vez, las políticas de izquierdas en América Latina estaban en alza (la revolución cubana fue un “éxito”), los EEUU estaban ocupadillos en Vietnam y un símbolo de la lucha contra el opresor había muerto cruelmente asesinado hacía escasos meses (Ernesto Che Guevara, lo cual no implica que él no asesinara cruelmente a diestro y siniestro, todo quede claro). Por otro lado, los medios de comunicación comenzaban a hacer su trabajo “intelectualizando” a la población, pero en aquella época no funcionó tan bien como ocurre ahora: en aquellos años todavía existía una formación, no se pensaba sobre la base de lo que decían los mass media. Los ciudadanos sabían de filosofía, historia, arte, no escribían “sms”, vamos, que allí se podía hablar de Leonardo (valga un ejemplo actual) sin que lo confundieran con Di Caprio. Esa forma de actuar de los medios también cabreó a la mayor parte de la población. Quizá, salvo la última (la formación e información española está por los suelos) a todo el  mundo le suenen de algo las causas citadas. Bien, ¿qué se hizo? Bueno, muchas cosas, pero lo primordial fue parar el país. ¿Cómo? Dando donde más dolía, otra vez. El principal causante y símbolo de la situación, el presidente de Gaulle, tuvo que convocar elecciones y abandonar la política, junto a su equipo. Ese abandono se consiguió democráticamente (el que quiera saber cómo que lo investigue, porque su partido no perdió las elecciones que convocó). Los de Mayo del 68 señalaron al culpable, sabían muy bien quién era el infractor y quién debía estar fuera, consiguieron extirpar el cáncer. Mayo del 68 no termina ahí, hay grandes anécdotas en años posteriores, como ciertos hechos violentos en fábricas, o “huelgas” en las que no se dejaba de trabajar, pero la producción pasaba a ser controlada por los obreros, sin duda interesante.

Tras marcar tres notables acontecimientos históricos relacionados con la huelga (haciendo un salto gigantesco de siglos, lo sé) ¿qué podemos observar?

Para comenzar la huelga egipcia tenía muy claras sus intenciones: no se pretendía paralizar la evolución de un territorio, sino que se buscaba dar donde más dolía. Tenían muy claro lo que se quería y se señalaba a los culpables. La violencia se basó en el miedo, el miedo a no vivir la vida eterna era peor para el faraón que su muerte. La principal arma del movimiento fue la creencia.

La Revolución Francesa, por su parte, buscaba los cimientos para un nuevo sistema, un sistema en el que se acabaran los absolutismos y primaran la “libertad, igualdad y fraternidad”, es decir, se buscaba una evolución a mejor. Para dar donde más dolía utilizaron las armas y la violencia más extrema, funcionó.

Por último, Mayo del 68. Buscaba dar término a una situación política heredera de la II Guerra Mundial. En el frente de combate se encontraba la intelectualidad.

¿Qué tienen, entonces, los tres movimientos en común? Para comenzar la unión. La unión de la mayoría contra una minoría que quería manejar los hilos de las vidas de todos. Para continuar las armas y la violencia, no siempre física, pero siempre presentes de un modo u otro. Para finalizar: mejorar la situación existente, no que no empeorara.

¿Qué podemos decir del movimiento evolutivo que se observa a través de ellos? Que todos unimos ganamos, separados, perdemos. Y que ganar no significa no perder, ganar significa estar mejor que antes.

Y ahora llegamos a la situación actual y nos metemos de lleno en España y las huelgas que acaecen en diferentes sectores sociales. ¿Qué consiguen las susodichas huelgas? Pues el distanciamiento entre los ciudadanos: los jodidos por la huelga se cabrean con los que ejercen su derecho y viceversa. Mientras, los causantes, siguen perfectamente formados y juntitos. La huelga debe ser un acto certero, un misil dirigido a las cúpulas de las empresas que no desean bajar su nivel de vida (como lo era desde sus inicios). Debe convertirse en un disparo al corazón del enemigo común con la milimétrica precisión del mejor francotirador. Eso debe ser una huelga, no protestar de manera heterogénea, puesto que eso es lo que buscan que hagamos. Protestamos cuando nos dejan, después la protesta queda en el olvido, así funcionan, y así nos engañan. Lanzamos granadas de fragmentación cuya metralla daña a nuestros semejantes, nos autoatacamos y así no conseguimos nada. No porque alguien no entienda el derecho a huelga, sino porque el derecho a huelga de uno incide directamente sobre el trabajo de otro, que, a su vez, lo pierde: caemos como fichas de un dominó, un dominó que ellos manejan. La solución no es hacer huelga cuando te toca la cartera, la solución es estar unidos ante un sistema enfermo, dominado por unos cuantos y pretender mejorarlo, dando donde les duele. Protestar de manera dispersa, hacer la guerra por cuenta propia, carece de sentido y los que mandan lo saben y por eso nos dejan hacer. Debemos trabajar todos, formar parte de un movimiento que sea uno y nada más que uno. Si un cazador pretende abatir a un león no tira granadas hacia arriba esperando que caigan cuando el animal va a comerle a él y a sus acompañantes. El cazador se agazapa bien organizado con sus iguales, para, cada uno con un rifle, tratar de asestar un disparo mortal en la misma dirección (el ejemplo no quiere decir que esté de acuerdo con la caza de animales). Y eso no lo hacemos. Quizá una huelga, actualmente, no deba paralizar un país o parte de éste, salvo si pretende cambiar el sistema (algo utópico, por el momento). Debe pretender dar donde más duele, es decir, hacerles sentir miedo. Una huelga debe estar organizada para, durante días, semanas o meses, hacer la vida imposible al que nos hace pasar por esta situación: que tengan limitado aquello que les es necesario. No debe molestar a nuestros iguales, puesto que creará fallas en la necesaria unión para mejorar las cosas. Un médico no debe parar de operar, un profesor no debe dejar de dar clase, los transportes deben funcionar ¿por qué? Porque si soy educador (que es lo que me considero, solipsismos aparte) y no educo, los alumnos jamás recuperarán esas clases (recordemos a Sánchez Ron: “se puede viajar en el tiempo al futuro, pero no al pasado”) y hacer eso (en cualquier sector) sería llevar a cabo las mismas medidas que toman los causantes de la situación actual y que llevan a la involución de una nación (por ejemplo, no invertir en educación e investigación una vez es algo que repercute durante muchos años). Ahora bien, deben funcionar para nosotros, no para ellos. Es decir, en nuestras casas debe haber luz, mientras en la Moncloa, de haberla, debe ser la luz causada por el fuego (siempre hablando de necesidades, aquello que es contingente puede detenerse por completo). Hay que destruir los conductos de abastecimiento que suben hacia los pisos altos, no los cimientos. Para ello hemos de poner de nuestra parte y trabajar, mantener los servicios necesarios y en nuestro tiempo libre hacer algo por cambiar el mundo dentro de un consenso, no estar tirados en el sofá viendo la televisión, regocijándonos en nuestra tristeza o jugando a los videojuegos para olvidar. Pasar (como se dice actualmente) o hacer tu/vuestra propia guerra, es su triunfo. La guerra ha de ser nuestra, de todos, no de unos pocos o de unos cada vez.

Debemos buscar que las cosas mejoren, no que se queden igual. No quiero únicamente alimentar a mi familia, quiero también que tú, político o director de gran empresa, tengas un tren de vida menor que permita que todos nos mantengamos dignamente (aquí y en África). En resumen, unión y miedo para mejorar, siempre para mejorar.

Más pensamientos sobre el amor

Es interesante ver que, en la actualidad, una de las grandes lacras de la juventud es el amor. Se ha convertido en una pesada carga que hunde en lo más profundo del océano a los individuos. Intentaré explicarlo.

Partamos de la tesis de que desde los comienzos de la humanidad hasta unos años atrás, el amor se caracterizaba por ser, sino eterno, infinito: siempre ganaba, perduraba en el tiempo. No sería justo negar las grandísimas historias de desamor (tanto ficticias, como verídicas), pero la tónica general, aquello que queda en nuestra memoria de esta época pasada es que el amor se quedaba, no se iba. Curiosamente, en la actualidad, el amor se caracteriza no por quedarse, sino por irse.

Lo que antes se consideraba largo, duradero y “para siempre”, ahora suele desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Bien es cierto que las estadísticas de divorcios (al menos en España) no han crecido demasiado con respecto a otras épocas (incluso en comparación con la última dictadura que sufrimos), pero no es a dichas estadísticas a las que me refiero. Es a la ruptura entre parejas, parejas de jóvenes (y, quizá, no tan jóvenes).

En anteriores épocas, debido a la cultura en gran parte, la primera pareja solía ser la pareja definitiva. El amor, el único amor, perduraba en el tiempo. Ahora, esa percepción del amor ha variado considerablemente. Una gran amiga me decía hace un tiempo: “si tienes una nueva pareja no te ilusiones, lo más probable es que salga mal. ¿O acaso han salido bien tus anteriores relaciones?” Poco hay que no sea cierto en sus palabras. Estadísticamente una relación está condenada a terminar. La matemática se ha puesto del lado del desamor y contra ella no se pueden usar métodos tradicionales.

Aquí nos encontramos con la problemática de cómo afrontar una ruptura, una ruptura, por otra parte, lógica y matemáticamente anunciada. Pues bien, por el lado masculino es curioso el proceso. El hombre masa (utilizando el concepto de Ortega) suele buscar sexo, mientras trata de disfrazarlo, enmascararlo u ocultarlo bajo la capa del amor más profundo. Es por ello que las relaciones suelen terminar. También es por ello la gran cantidad de veinteañeros y treintañeros que mendigan relaciones que, cuando “disfrutan”, no pueden mantener debido al pavor que les da abandonar las faldas de su madre. Son hombres que fueron criados por mujeres (parafraseando a Tyler Durden), su salvación no será otra mujer, diría él; yo, más bien, apuntaría que no sabrían cuidar de otra mujer, o como otra mujer se merece. ¿Por qué? Porque ellos han sido cuidados y sólo buscan otra cuidadora. Una cuidadora física, en el apartado hogareño y sexual. Así, nos encontramos con una generación de hombres que se encuentran con un gran vacío espiritual (e intelectual). No conocen el amor ni lo buscan adecuadamente, realmente su esperanza es la igualación del sexo con tan bonito sentimiento, y que este engaño lleve a la mujer de turno a perder su tiempo vital con él.

Las mujeres masa, por su parte, parecen comportarse de manera diferente. Si bien pocas conocen el verdadero significado del amor, la gran mayoría lo buscan, con una seguridad insólita al afirmar que lo van a encontrar. Es como el arqueólogo que asevera que, con necesidad tautológica, dará, a lo largo de su vida, con el tesoro perdido de la Atlántida: un sinsentido, salvo intervención sobrenatural. Buscan aquello que no conocen sin tener la mínima pista sobre lo que quieren encontrar, pero buscan y buscan, sin rumbo fijo. Sin embargo, sí quieren una pareja en su vida que cumpla ciertas convicciones culturales preestablecidas: tenga cierto trato con ellas, se comporte de una manera u otra, hable de una forma u otra… sin obviar lo más importante: el aspecto físico. Algo primordial, nótese la ironía, si lo que se busca es compartir una vida (siendo el paso del tiempo para el ser humano la degeneración de su cuerpo). Es por ello que las rupturas para las mujeres son, incluso, más difíciles: siempre piensan que ese podría haber sido el hombre de su vida (aunque sean ellas las que lo dejen, curiosamente, o intenten convencerse repitiendo hasta la saciedad lo contrario). Es una búsqueda en la que el objeto buscado es menospreciado debido al desconocimiento de ese propio objeto, no hay una idea, hay una palabra, sin definición ostensiva, no hay objeto, no hay nada, es vacía.

Vemos el comportamiento de los dos sexos: los hombres no se manejan en el concepto del amor y no buscan adecuadamente, intentando sexualizar el propio amor que no conocen. Las mujeres, por su parte, sí que buscan el verdadero amor (aunque no lo conozcan), bajo la búsqueda cultural preestablecida. En este caso, el género femenino podríamos decir que entiende el sexo de manera dual: mientras que muchas perciben el acto como un intercambio y suelen practicarlo a menudo con diferentes sujetos, otras necesitan de una mayor confianza para realizarlo, pero no dejan de hacerlo en cuanto la adquieren.

Llegamos entonces a la interesante dupla del sexo/sexualidad. Voy a tomar la sexualidad y dejaré el sexo como mero acto de confluencia de cuerpos.

La sexualidad, bajo mi punto de vista, se nutre de cuatro pilares: el pilar emocional, el pilar intelectual, el pilar espiritual y el pilar físico (sexo). Así nos encontramos que el acto sexual es una parte de la sexualidad y, ni de lejos, la más importante. En los tiempos que corren, miles de jóvenes (tanto mujeres como hombres) entregan sus cuerpos a la confluencia por el mero placer, por el disfrute. Aparece entonces una sociedad llena de corrupción, la corrupción del cuerpo y, por tanto, corrompida emocional, intelectual y espiritualmente. La sociedad no practica la sexualidad, practica el sexo. La sexualidad (que contiene al acto sexual, ya que no defiendo la negación de éste) no es simplemente el disfrute de un momento, sino el trabajo por la continuación del propio momento. Es decir, en la pareja, ambos sujetos tratan de satisfacer intelectual, espiritual y emocionalmente al otro (así como a sí mismos), al igual que físicamente, siendo, entonces, esta última faceta la menos importante de la sexualidad.  Es, por tanto, crucial tener siempre éstas dimensiones presentes a la hora de buscar pareja: intelecto, espíritu, emociones y físico, obviamente, pero no primordialmente (como apuntaba ya Platón en El Banquete). No podemos olvidar que la propia búsqueda debe ser bidireccional: los ámbitos intelectual, espiritual, emocional y físico deben ser compartidos, es decir, dados y recibidos.

Sabiendo lo que es la sexualidad podemos entrar de lleno en el amor. No voy a repetir lo que anteriormente dije en otro post (Amor), así que voy a ampliar un poco por encima las consideraciones anteriores y actuales.

El amor es un constructo. Un constructo entre humanos y, por tanto, humano. Así, las metáforas sobre el amor que lo describen como un fuego se encuentran equivocadas. Las llamaradas consumen, el amor es vida, por tanto debe ser, al menos, otra cosa. Defiendo que el amor es aquello que construyen dos amantes con sus manos y que sólo se mantiene si ambos mantienen sus manos en él. Si en cualquier momento cualquiera de ambos aparta su mano del constructo, el puzle se deshace y es entonces cuando ambos han de darse cuenta de que aquello que vivían no era amor verdadero. El amor verdadero es aquél que no tiene fin, que no acaba ni con la muerte, porque queda en el recuerdo no ya de los amantes, sino de aquellos que participaron de ese amor. El amor verdadero ha de mantenerse bidireccionalmente con ayuda del marco de la sexualidad y sus dimensiones intelectual, espiritual, emocional y física, todo bañado de la propia vida y circunstancias que rodeen a los amantes.

Vemos, entonces, que lo que existe es una falsa idea de amor. Que éste no termina, debido a que jamás empezó y que la primera afirmación que hice “se caracteriza no por quedarse, sino por irse” no se debe enfocar al amor verdadero, dado que siempre estuvo. El problema no es del amor, sino de todos aquellos seres humanos que viven engañados y que jamás darán con la “piedra de toque” que les ayude a disfrutarlo en compañía de la pareja correcta.

De todos modos, suerte.

Sin acritud.

PD: El post es una reflexión no corregida, no pretende ser un tratado, sino que es algo que se me ha planteado pensando en el problema de alguien a quien tengo mucho aprecio.

Un corto paseo

Se levanta pronto. Hoy es un día en el que tiene programado uno de sus paseos por la capital española. Vive en una pequeña ciudad a las afueras. Nunca le gustaron las aglomeraciones, pero sí le atrae pasear por Madrid y buscar en su memoria todo lo que conoce sobre la historia del lugar, mientras imagina a las gentes del pasado llevando una vida mucho más humana que los actuales habitantes. Son las ocho en punto de la mañana y ya está listo. Sale del portal y entra en el coche puesto que lo tiene al lado, vivir en un lugar apartado del gentío tiene sus ventajas. Hace frío, así que lo arranca con tranquilidad y se queda en el interior esperando a que alcance una temperatura óptima para partir. Mientras, enciende un cigarro, no es el primero de la mañana, pero es uno que le llama la atención. Se encuentra dentro del “cubito de hielo” que es su coche, sin apenas visibilidad y, con el humo del pitillo, consigue que se vea menos aún. Son las penas que hay que pagar por los pequeños placeres de la vida, obviamente sabe que en unos minutos podrá conducir con facilidad y seguridad.

Coge el coche y tras callejear se incorpora a la autopista que le conduce a Madrid. Lleva un GPS, no es suyo, se lo ha dejado un familiar, aunque se comienza a convertir en uno de esos objetos que pasan a tener otro propietario por el tiempo de uso. Tras algunos kilómetros y varios cigarros llega a su destino. En un principio tenía pensado visitar el llamado Madrid de los Austrias, pero un recuerdo inoportuno le hizo cambiar de opinión y decidió ir a la Plaza de España, para encaminarse al Templo de Debod. El templo en cuestión es de origen egipcio. El país africano lo regaló a España por ciertas ayudas que recibieron años atrás con algunas construcciones. No dista mucho de lo que fue en Egipto, pero bien es cierto que aquí no se ha reconstruido un arco y que poco quedan de los materiales originales. Muchísimos de ellos se han sustituido por piedras de origen español, aún así, sigue conservando la magia del antiguo Egipto. Tiene partes en su interior que siguen siendo un auténtico enigma para antropólogos, historiadores, filósofos e investigadores, siendo éstas las que realmente estaban en un principio, por suerte.

Una vez aparcado el coche en una de las calles aledañas a la Plaza de España se encamina a un bar cercano. Quiere tomar un café con churros y ver si tiene la suerte de que el dueño sea permisivo y le deje disfrutar de un pitillo en el interior, junto al desayuno. Desgraciadamente esto último no ocurre, la ley antitabaco es extremadamente prohibitiva y hay quien no quiere jugarse multas por luchar en favor de la libertad de los individuos. Por ello, tras comer los churros, sale al exterior con el café ya no tan caliente como al comienzo, añadiendo un frío que bien podría formar parte del clima siberiano. Una vez terminado el desayuno y habiendo cumplido con el pago de la minuta y la consiguiente propina, se encamina al templo.

No ha olvidado llevar consigo su cuaderno y un bolígrafo, así como el Hiperión, de Hölderlin, libro que se encuentra releyendo por cuarta o quinta vez.

Una vez habiendo rodeado el templo tras un paseo, se sienta y lee. Hace pausas para escribir ciertas ideas para poesías, historias, reflexiones, investigaciones… mientras fuma, mucho, como le gusta hacer cuando realiza trabajo intelectual, cuando vive. Abren el templo y decide entrar a visitarlo, le llama la atención el precio exagerado que cobran, pero lo paga, no hay más remedio.

Tras terminar la visita vuelve al banco en el que se sentó con anterioridad, a seguir leyendo. Son, más o menos, las doce de la mañana y el sol calienta lo suficiente como para invitar a los ciudadanos a salir a la calle, con lo que la zona comienza a tener un ambiente que poco invita al sosiego. Es en ese momento en el que, a través de Whatsapp, le llega un mensaje. Nunca fue amigo de la tecnología, pero no le queda otra: no sólo es un ahorro, sino que es un medio prioritario de comunicación de la sociedad, de los que le rodean, por tanto. El mensaje es del todo inesperado, es de su antigua pareja, motivo por el cual no había ido al Madrid de los Austrias, ya que por allí sabía que ella solía parar y no tenía ganas de molestias. En él le dice que se encuentra al lado de su coche, que lo ha reconocido. Ella vivía en Madrid y había salido por esa zona a hacer unas compras. Añade, también, que quiere verle. Él responde: voy, llegaré en veinte minutos.

A los veinte minutos se encontraba allí, a escasos quince metros de ella. Se acerca y se dan dos besos. Ella le pregunta que cómo está, él responde de manera breve y devuelve la pregunta. Ella dice que bien y añade que algunas veces le recuerda. Él afirma: jamás sabrás lo que es el amor, lo que es amar, ni siquiera querer. Es una asignatura que se le escapa a la mayor parte de la humanidad, y formas parte del grupo de suspensos, por el momento. Mira al infinito, abre el coche, lo arranca y se va. Ella le ve alejarse, incrédula, sin saber si pensar bien o mal, sin saber si pensar. Intenta sentir, pero realmente se da cuenta de que desconoce aquello que siente… Mientras, en el coche, con los ojos vidriosos, él sonríe y dice en voz alta: el escarabajo, el escarabajo, el escarabajo…

Viaje con destino.

Es muy pronto. Ella abre los ojos y se encuentra sola en la cama, todavía caliente. Sabe que debe darse prisa, hoy tienen un viaje programado y hay que tenerlo todo preparado para salir cuanto antes. No les gusta llegar tarde, es más, prefieren ir con tiempo para poder realizar todas las tareas y después volver a casa, a disfrutar de lo que queda de día en su querido pueblo. El lugar en el que son felices.

Él hace tiempo que está despierto. Se levantó sin hacer ruido, la acarició y separó su mano del cuerpo de su mujer sin que se diera cuenta, sin despertarla, como hace siempre. Se encuentra mirando tras el cristal de una puerta metálica, viendo amanecer. Los primero rayos de sol comienzan a entrar en el corral. Dirán que es típico o, incluso, que hay amaneceres más bonitos, pero ninguno es como ese, ninguno es como el que se da en su pueblo, en su casa, en el lugar que ellos y su familia han compartido siempre. Un corral, antes lleno de tierra y ahora cimentado, pero siempre lleno de vida, vegetal y animal, y lleno de vivencias y felicidad. Ahí han crecido ellos, han crecido sus hijos, sus nietos y, también, juegan ahora sus bisnietos cuando les visitan. Y tanto él como su esposa, mientras, disfrutan con todos.

Ya preparado desde hace tiempo, se sienta en un banco del portal a esperar y pensar. Portal que comienza a iluminarse gracias a la entrada del sol. Portal que, al igual que el corral, está lleno de recuerdos. Portal que ha vivido y vive innumerables visitas, no sólo de familia, sino de vecinos y amigos, que se reúnen allí para hablar y dialogar con ellos. Son unas personas muy queridas por todos y eso se nota, es una casa llena de jovialidad y alegría, llena de vida, llena de conversaciones interminables, llena de verdadera humanidad. Todo el que va es bien recibido, todos son invitados y convidados a aquello, aunque sea poco, que tengan. La vida ha sido dura, pero ahora recompensa y, gracias a la pequeña pensión que reciben, pueden dar y dar, sin pedir, como siempre quisieron.

Mientras, piensa en el trayecto que van a seguir. Deben hacer ciertos recados para vecinos del pueblo. Es costumbre allí que a aquél que va a un pueblo más grande se le encomienden ciertas cosas, ya que es una pequeña zona que no tiene los privilegios de una gran urbe. Antes, deben realizar unas gestiones, obligatorias, pero no demasiado significativas. La burocracia no es relevante, sea la que sea, aquello que realmente tiene importancia es el amor, el amor que ambos se profesan, el amor que existe en su familia. Lo demás, secundario, siempre.

Ella se levanta de la cama y entra al baño, se ducha como bien puede. Los años no perdonan y su estado físico no es el mejor, aún así sigue pudiendo valerse por sí misma. De todas formas, él la ayuda en lo que puede. Es despistado, ya arreglado la ayuda con la ducha, se va a manchar, ambos lo saben. Ella le echa una pequeña bronca, él la asume, sabía que ocurriría, pero a ninguno le importa en realidad, son cosas de la edad, la convivencia. A decir verdad, ninguno sabría vivir sin ello.

Una vez acaba de ducharse se peina y, mientras termina de vestirse y desayunar algo, él aprovecha para salir al corral y arrancar el coche (desayunó hace tiempo, debido a que se levantó muy pronto). Lo compró hace unos pocos años y se encuentra en perfectas condiciones, está casi nuevo, pero son manías que ya no puede evitar. Tiene que arrancarlo con tiempo, esperar a que “se caliente”, cuidarlo… siempre lo aparca igual, siempre lo coloca igual, siempre hace las mismas maniobras cuando lo tiene en el corral… y siempre lo mueve para dejarlo en la misma posición para que ella suba: la más cómoda que ha podido encontrar. Son pequeños detalles de los que él ni se da cuenta, ella tampoco, pero aquellos que lo ven desde fuera pueden sentir como dos personas son capaces de tocar y construir el amor con sus propias manos. Dejando el paso del tiempo y la rutina a una altura tan indiferente que sólo nombrarlas es un insulto a su relación.

Ella sale de casa y entre ambos cierran la puerta. Ella sube al coche y él abre los dos grandes portones que dan salida del corral a la calle. Conduce el automóvil hasta colocarlo en un lugar en el que no moleste a los vecinos del pueblo (la calle es concurrida por tractores y no hay que molestar a la gente cuando trabaja, es algo que en el pueblo se lleva a rajatabla). Una vez bien colocado (como siempre, en el lugar de siempre) se baja y se dirige a los portones. Cierra y, al igual que hizo con la llave de la puerta de casa, esconde la llave en un lugar que únicamente conocen ellos y su familia. Es otra manía, en lugar de guardar las llaves en un bolsillo y llevarlas con ellos cómo hacemos en las grandes ciudades, ellos son más confiados, simplemente las esconden en un lugar no muy difícil. Nunca se sabe si algún familiar va a ir a casa.

Una vez vuelve al coche emprenden su viaje. Dejando el gran frontón del pueblo a la izquierda, toman una de las vías secundarias. Ésta les conduce de manera más rápida a una pequeña carretera, que es la que deben tomar para poder incorporarse a una mayor, que comunica los pueblos más conocidos y habitados de la zona. Entre ellos el que deben visitar. Antes de salir, pasan por la nave de unos familiares, los cuales se encuentran en la puerta intentando guiar a las ovejas en su viaje diario a los pastos. Les saludan sin bajarse del coche y entablan una pequeña conversación. Como siempre, terminan diciéndoles: tened cuidado. Una expresión muy usada por allí. Obviamente, no se marchan sin preguntarles si quieren algo, pero, al igual que les dijeron ayer, se lo agradecen, pero no necesitan nada en esta ocasión.

Siguen adelante, a él nunca le gustó ir rápido, y menos ahora con la edad, por lo que va bastante lento, pero seguro, y respetando todas y cada una de las normas. Es prudente y buen conductor, evita el riesgo. Llegan a una señal de Stop y tras realizar la parada correspondiente, giran a la derecha. Ahora toca pasar por un vaivén de cuestas empinadísimas. En su juventud, él las recorría en bicicleta. A todos les cuenta que antes las pendientes eran iguales o peores, pero sin asfaltar, lo que hacía el camino arduo y costoso, pero con esfuerzo se podía conseguir, apuntaba. Sus hijos y sus nietos ahora también las recorren en bicicleta, pero como unos señoritos, ya que lo hacen sobre un pavimento bastante más sencillo. Aún así, reconoce su mérito y ríe cuando le cuentan sus hazañas (quizá recordando y comparándolas con las de sus años mozos). Pasadas las cuestas arriba (con sus correspondientes bajadas) llegan a un pueblo que se encuentra a su derecha. Deciden pasar unos minutos, allí tienen familia y quizá necesiten algo. Deja el coche en el mismo lugar en el que acostumbra a dejarlo cuando va allí de visita y llaman a la puerta de sus familiares. Les reciben con alegría, ofreciéndoles también lo que allí tienen, por si les apetece almorzar algo. Dicen que no, que van con algo de prisa, que pasaban para ver si necesitaban que les trajeran cualquier cosa y que a la vuelta se quedarán un rato más, así sería más productivo. Les encargan comprar unas pocas cosas y, tras apuntarlas en un papel, reemprenden su viaje.

Retoman la carretera y, dejando una pequeña iglesia a la izquierda, llegan a una intersección. En esa intersección siempre hay conflicto. Unos dicen que se ha de tomar de una forma y otros de otra, nadie se pone de acuerdo. Él, recordando los libros de autoescuela, siempre dice cómo se ha de hacer y tiene razón. El problema es que no todos los conductores se le asemejan en conocimiento. Giran a la izquierda en el cruce y, por fin, acceden a una carretera en buen estado. En esa carretera ya hay más afluencia de coches, hasta ahora habían ido solos, pero ahora les adelantan muchos. Es de doble sentido y únicamente está permitido adelantar en ciertos lugares, a él no le importa, no tiene prisa y casi nunca suele adelantar. Además piensa que la edad le limita y evita peligros innecesarios.

Ella está sentada en el asiento del copiloto, normalmente cuando viajan en coche hablan poco y si lo hacen es para planificar más o menos aquello que van a hacer. No le gusta molestar al conductor, que siempre se afana en que tengan un viaje tranquilo, sin sustos, concentrándose en aquello que hace. Están llegando a su destino. Dejando atrás campos de tierra fértil que acaban de ser cosechados, con alpacas colocadas de manera arbitraria a lo largo de las fincas, pero con un perfecto orden al establecerlas unas sobre otras y formar grandes estructuras.

Sin embargo, algo extraño ocurre. Llegan al pueblo al que se dirigían y él continúa conduciendo. Lo pasa de largo, no toma el desvío. Ella se extraña pero no pregunta nada, ni le avisa. Piensa que quizá vaya a otro lugar que desconozca. Tras unos minutos y más kilómetros recorridos se encuentran llegando a otro pueblo cercano y algo extraño ocurre. El páramo y las tierras cosechadas comienzan a quedarse atrás para dar lugar a frondosos bosques que se apuntalan a ambos lados de la carretera. Grandes árboles con hojas verdes, impregnadas del rocío de la mañana. El sol, más tenue se deja ver en la lejanía y sus rayos pasan entre los troncos de los árboles de tal forma que, en ocasiones, parecen finísimos hilos dorados que casi se pueden tocar. El clima cálido da paso a una temperatura algo más tibia, como si se hubieran transportado dos pares de cientos de kilómetros al noroeste, curiosamente puede situar casi con exactitud la zona. Entonces, ella pregunta: ¿Dónde vamos? Él responde: no te preocupes, ya estamos llegando.

Los preciosos bosques con grandes árboles no terminan, apareciendo tras ellos grandes montañas de altas cumbres con nubes que dejan escapar pequeños rayos de luz que inciden sobre el cristal del coche, haciendo juegos cromáticos variados y bellos. Son paisajes de una belleza indescriptible, paisajes que la recuerdan a aquellos viajes que hicieron nada más jubilarse. Esos eran lugares por los que habían pasado en autobús o que habían recorrido a pie, quizá los habían visto a través de una ventana, pero nunca los había visto desde un coche. Aquellos viajes que realizaron les permitieron conocer un mundo que hasta entonces les había sido vedado debido al trabajo en el campo y la necesidad. Toda esa grandiosidad y magnificencia que vieron en su momento ahora se presenta en su modesto viaje en coche. Es sorprendente, quizá increíble, pero es lo que está ocurriendo, de nuevo se encuentran allí, pero, esta vez, tras un viaje mucho más corto. Ella, intrigada, vuelve a preguntar: Pero… ¿Dónde vamos? Y él, otra vez, vuelve a responder: ya estamos llegando. Tras ello, la mujer, pestañea.

Entonces abre los ojos, está sola en la cama y el otro lado de ésta se encuentra frío. Es demasiado pronto en la madrugada aún y busca la mano de su esposo sobre su cuerpo, pero no está. Él hace tiempo que no está, hace tiempo que se fue. Hace unos meses que hizo presente su absoluta ausencia para no volver, para esperarla en otro lugar mejor. Lágrimas llenas de dolor, abandono y ausencia, sobre todo ausencia, ausencia absoluta, esa ausencia absoluta que él hizo presente aquél fatídico día, brotan de sus ojos. Siente que le echa de menos mientras gira su alianza sobre su dedo, siente que no puede vivir sin él, pero sabe que en todo ese dolor, en todo ese abandono, está su recuerdo, está él, como está en todos y cada uno de los miembros de su familia que tanto la quieren. Y por ello sigue, por ello siguen, porque nunca se fue del todo y porque siempre estará esperando, sonriendo, para volver a estar juntos, ellos y todos.

Tras el sueño, pasa la noche en vela. Decide levantarse de la cama cuando
escucha los ruidos que hace su hija al levantarse para ir a trabajar (ahora vive con dos de sus hijos). Los primeros rayos de sol comienzan a incidir a través de las persianas y ventanas del piso, ubicado en una gran ciudad, alejado de su pueblo. Ya no es lo mismo, ya no hay belleza en el amanecer, sin él no. Mientras desayuna, le cuenta lo que ha soñado. Su hija la abraza y dice que es algo muy bonito tener presente a su marido. En ella vuelven a brotar las lágrimas. Tras otro abrazo, su hija debe irse, las obligaciones laborales no perdonan y ella debe quedarse sola en casa, haciendo diferentes tareas para entretenerse.

Pasan los días y llega la familia a visitarla… sus otros hijos, los nietos… entonces su hija la anima a que comparta su sueño. Emocionada, lo cuenta para que todos puedan oírlo, las lágrimas vuelven a aflorar, todos recuerdan a su padre, su abuelo, su suegro… pero todos están de acuerdo en que de alguna forma permanece, en todos y cada uno de ellos. Es, quizá, inexplicable, pero cierto. De repente, la conversación cambia y se busca un momento de risa fácil, de distracción, para no afrontar el dolor de la pérdida en instantes que deberían ser de alegría… mientras, alguien en el salón se queda callado y decide recordar y escribir todo lo que ha oído, visto y sentido…

Historia basada en sueños reales…

Fotografía

Es extraño explicar el fenómeno que acontece en mi situación. Cuando esto comenzó a ocurrirme fue en un momento muy concreto de mi vida y, ciertamente, se ha convertido en una especie de habilidad, o capacidad, interesante y sentimental.

Puedo ver a mis familiares, en sus quehaceres diarios. Soy capaz de verles durante la hora de la comida en el salón, disfrutando de una conversación familiar, descansando mientras ven la TV… también cuando abren su cartera, ya que muchos me llevan consigo a todos los lados… incluso algunos encienden velas en una especie de santuario mediante el que intentan que protejamos a los suyos y, a su vez, nos protejan a nosotros, allá dónde estemos.

Lo que peor llevo es, sin duda, cuando mis familiares y amigos vienen a visitarme. Sus caras de tristeza lo dicen todo, lloran, se abrazan… el silencio se convierte en el sonido más ensordecedor, haciendo que el tiempo se pare y nada avance ni nada retroceda… por un momento la Tierra deja de girar y el Universo entero paraliza su rumbo para retomarlo bruscamente. Los recuerdos vienen, los sentimientos afloran y en la vorágine de sensaciones todo parece no continuar su ritmo habitual. Después, por suerte, todo se calma y tras dejarme unas flores, suelen irse apenados, pero con ganas de seguir disfrutando y luchando cada día de su existencia.

Yo, gracias a ellos, puedo estar en sus casas, en sus vidas diarias, con todos, porque me recuerdan y siempre les acompaña una fotografía mía a través de la cual puedo seguir con ellos lo que les ocurre. Aunque no les pueda hablar, no les pueda abrazar, no les pueda decir que les quiero… les puedo mirar, fijamente, como hacía en vida, y no hay nada que más verdad contenga que el tú a tú de los ojos de dos personas.

Mi abuelo

Mi abuelo era un buen hombre. Era una grandísima persona. Más allá de eso sé algo que a día de hoy sigue dándome ánimos para continuar y seguir caminando: mi abuelo era, y estoy seguro de que es allá dónde esté, feliz.

Digo feliz, porque era absolutamente feliz, completamente, en su plenitud. Desde que le conocí, o tengo recuerdo de él, al menos, lo era. Y lo era porque le llenaba su familia, porque vivía intensamente todo lo que acontecía en ella. Sufrió intensamente la muerte de sus padres, de sus hermanas, de sus grandes amigos… igual que disfrutó con la misma intensidad de la vida en pareja con su mujer (mi abuela), sus hijos, sus nietos, sus bisnietos… Siempre nos contaba tramas genealógicas, trataba de hilar cabos familiares, incluso lejanos, y no le gustaba perder el contacto con todo aquél que era primo, sobrino, cuñado… amigo de la infancia, compañero del antiguo servicio militar obligatorio, de fatigas… era un hombre entregado a los suyos, y a todos.

Le encantaba contarnos cómo era la vida en el pueblo, su pueblo, el lugar que él mejor conocía, y compararla con lo que, tras disfrutar de la oportunidad de jubilarse y viajar por la geografía española lo poco que pudo, había conseguido ver y compartir. Así, nos contaba a los nietos, mientras jugaba con sus bisnietos, historias sobre los lugares que, en el presente, nosotros pisábamos dando un paseo cuando íbamos a visitarle. Nos decía que, antiguamente, en el pueblo, no había electricidad. El único que podía gozar de ella era el habitante del molino, a día de hoy abandonado y medio derruido, porque la adquiría gracias a la energía del agua. Con ello, también tenía una radio. La única del pueblo, una antiquísima radio, que no tenía un gran sonido, simplemente sonaba y distraía… comunicaba… emitía música. El molino se encontraba, cómo no, al lado del río, a unos 20 minutos del pueblo, caminando. A día de hoy se pueden visitar las ruinas, pero los que lo hacemos únicamente vamos en las horas de sol, porque por la noche se hace difícil guiarse por esos caminos aún con ayuda de una linterna… sólo sabes que has llegado en el momento en el que topas de bruces con un nogal, un nogal entrado en años que, cada ciclo, sigue dando nueces. Mi abuelo nos contaba que cuando era joven él iba al molino por las noches con un gran amigo suyo y vecino del pueblo, a escuchar la radio junto al dueño del molino, a escuchar a dos de sus cantantes preferidos: Manolo Caracol y Antonio Molina. Trabajaba de sol a sol y, pese a no haber disfrutado de una educación como la nuestra, obviaba horas de sueño y descanso para disfrutar de la cultura musical. Eso hacía mi abuelo, y eso nos contaba, alegre y entrañable, sonriendo, queriéndonos con sus palabras, sus gestos…

Recuerdo a mi abuelo, lo recordaré siempre, aunque se fuera parar no volver o para esperarnos a todos pacientemente a que lleguemos al lugar en el que se encuentra. Es algo que quería compartir, como hacía él.

Luna

Dicen los astrónomos que cada vez vemos la Luna más pequeña, que, con el paso de los años, miles de años, se aleja de nuestro planeta, se aleja de nosotros.

La Luna es ese astro que siempre está presente en nuestra vida. Haciendo compañía a los solitarios, alimentando la imaginación de los soñadores, sosegando la tristeza de los melancólicos, siendo la referencia de las parejas en sus noches de amor… incluso es partícipe de la fría oscuridad en la que ocurren crímenes bajo su falsa luz, mientras que también sirve de inspiración para inventar mitos y leyendas que atormenten a los más pequeños, consiguiendo así que se vayan a dormir. La Luna, tan aparentemente redonda y clara, a la vez falta de luz propia… que jamás nos enseña una de sus caras, quizá por maldad, quizá por miedo, quizá por imposibilidad o benevolencia… su razón para ocultarse es tan misteriosa como todas las historias que nuestra compañera sabe de nosotros y calla.

Porque ella nos conoce, y nos conoce muy bien. No sólo porque lleva toda la historia contemplándonos, sino porque fue testigo directo de los más grandes episodios en los que la humanidad ha sido protagonista, para bien o para mal. Ella ha sido testigo de los intercambios fenicios con los cartagineses en el Mediterráneo, de las conversaciones bajo el silencio nocturno de los antiguos griegos, observó a Napoleón en Egipto hablando a sus hombres sobre el respeto que habían de mostrar a las pirámides, pudo ver la crueldad del hombre en las Guerras Mundiales, las masacres de las bombas atómicas y los genocidios sudafricanos, todas las guerras europeas habidas y por haber… infinitos delitos, atracos, violaciones, torturas y asesinatos a lo largo del mundo… todo ello ha sido presenciado por nuestro astro, ese que nos lleva acompañando desde el primer momento de nuestra andadura.

Dicen unos que nosotros le hemos visitado una vez, otros que fue una mera recreación… sea lo que sea, el pensamiento del hombre siempre se encuentra enfocado a encontrar un rendimiento a un lugar que, aún viendo la tiranía del observador para consigo mismo, sigue intentando servir de inspiración a filósofos, poetas, matemáticos, amantes, solitarios… en su absoluta bondad no ceja en su empeño de reconducir un barco (como hacía en el pasado) que cada vez se encuentra más a la deriva… y quizá se aleje por eso, porque tiene miedo, pánico… Tiene verdadero terror de que tras ayudarnos, terminemos por destruirla, como hacemos con la Tierra. Mientras ella se encuentra en la necesidad de ser testigo impasible de bondad infinita de los más atroces acontecimientos que el ser humano pueda imaginar, dado que es capaz de llevarlos a cabo.

En recuerdo de Neil Armstrong, DEP.