Gracias

En el mundo hay muchos tipos de personas. Si hay algo que hemos de tener claro es que todos somos irrepetibles, por ello podríamos decir que cada uno somos, lógicamente, un tipo distinto de persona, con la completa seguridad de no equivocarnos. Siendo todos diferentes, los hay que son parecidos, por diferentes razones y, no casualmente, ocurren cosas como la siguiente.

Un día te levantas y mantienes una conversación con alguien con la que, anteriormente, poco o casi nada habías hablado o cruzado unas cuantas palabras. Podías tener pistas, pero eran pocas, insuficientes casi. Esa conversación te lleva a saludar a ese alguien al día siguiente con la esperanza de que aquella conversación no se quedara ahí… efectivamente, la conversación no cae en el olvido y continuáis hablando. Este acto lingüístico se repite con constancia, con normalidad, pasa a darse todos los días, comienza a ser algo rutinario, una especie de ritual cultural en el que cambia la temática pero no la profundidad de las palabras, de los gestos, de lo tratado. El tiempo, la vida al fin y al cabo, sigue avanzando y cuando quieres darte cuenta, esos momentos de conversación son días, los días son semanas, las semanas meses… y en unos segmentos de esos en los que se divide el tiempo conoces a la otra persona como si llevárais años dialogando y contando confidencias. Pasas, sin darte cuenta, del decir al mostrar y, lo mejor de todo, ese mostrar por su parte es constante, e increíblemente inimaginable, revitalizante y reconfortante. Los minutos a su lado se convierten en segundos, pasan las horas a una velocidad increíble pero en conocimiento se mide como si hubiéramos hecho años de estudio el uno del otro. Compartir inquietudes y aficiones implica pensamientos similares y gustos parecidos… mirar el reloj hace que pienses en lo rápido que pasa el tiempo, mientras que en tu reflexión posterior aparecen otros dos pensamientos: ojalá fuera infinito (cuando no eterno, si fuera posible) y cuánto pueden dar de sí unas cuantas horas, unos pocos días, un cúmulo de semanas o un puñado de meses… compartidos con la persona adecuada.

Ahora mismo puedo decir que conozco a alguien maravilloso, puedo decir que tengo la suerte de tener una relación estupenda con una persona más estupenda (a su vez y valga la redundancia) de lo que podría llegar a imaginar si cualquiera me lo hubiera planteado antes de conocerla. Puedo decir que, ahora, entiendo la teoría de la relatividad de Einstein, ya que puedo afirmar que existe alguien que consigue hacer que el tiempo pase volando y se haga corto cuando lo comparte conmigo, mientras consigue hacer que se expanda en conocimiento y cultura al unísono hasta el infinito, todo siempre a través de dos, no individualizado.

Gracias, muchas gracias, por cada instante, por cada sonrisa, por cada muestra, por cada palabra, por cada pensamiento… por todo, gracias… aunque, reconozco que, como sabemos, las palabras quedan atrás y sólo puedo tener muestras y muestras de agradecimiento, que cada día intento manifestar.

*Desconozco si este texto es un intento de racionalizar el sentimiento o “sentimentalizar” el raciocinio, no es objeto de mi reflexión saberlo. Sólo puedo decir que forma parte de la vida, de mi vida, la cual hay que, e intento y debo, vivir con plenitud.

Nunca dejes de pensar, leer, escribir, comunicar…

El problema del olvido

Me enfrento a una página en blanco. En la noche de ayer, mi mente tenía un esquema perfectamente dibujado sobre aquello que tenía o, más bien, que iba a escribir. Sobre aquello que había pensado, sobre aquello que había analizado. No voy a afirmar que le dedicara mucho tiempo, es más, le dediqué ciertos momentos libres en una época en la que no abundan.

Era, sin duda, un problema importante en el devenir de la biografía humana, tanto mía como de los que me rodean, cuanto menos. Una cuestión cuya solución es, fue y será, buscada por los hombres hasta la extenuación, seguro. Tal era la importancia, que en medio de mi reflexión me dije a mí mismo: “de mañana no pasa que escribas sobre ello”.

Pensé, y mucho, en la manera correcta de abordar el tema, en la forma de comenzar, en introducirlo, en mostrar mis argumentos a favor de aquello que defiendo y pienso que, puede, ser verdad. En cómo sería el final del texto que iba a presentar, en la apoteósica conclusión que llevaría al lector a afirmar que todo aquello que redactaría era cierto… en todo o, cuanto menos, en muchas cosas.

Todo eso pasó por mi cabeza, estaba bastante claro, meridiano, no había ningún cabo suelto y me encontraba bien, seguro y con ganas de comenzar mi andadura en ese texto que revelaría cierta verdad antes escondida o, al menos, llevaría a situarse frente a ella con más claridad. Mi “yo” se movía en una sinfonía de verdadera belleza y de inmejorable factura construida por él mismo.

Ya ha llegado el momento de llevar a efecto todas aquellas cábalas y, curiosamente, me enfrento a una página en blanco.

Odradek

Hoy tuve la suerte de charlar con una gran lectora y recordé este pequeño y humilde texto de Kafka. Una genialidad en toda regla.

Algunos dicen que la palabra «odradek» precede del esloveno, y sobre esta base tratan de establecer su etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán, con alguna influencia del esloveno. Pero la incertidumbre de ambos supuestos despierta la sospecha de que ninguno de los dos sea correcto, sobre todo porque no ayudan a determinar el sentido de esa palabra.

Como es lógico, nadie se preocuparía por semejante investigación si no fuera porque existe realmente un ser llamado Odradek. A primera vista tiene el aspecto de un carrete de hilo en forma de estrella plana. Parece cubierto de hilo, pero más bien se trata de pedazos de hilo, de los tipos y colores más diversos, anudados o apelmazados entre sí. Pero no es únicamente un carrete de hilo, pues de su centro emerge un pequeño palito, al que está fijado otro, en ángulo recto. Con ayuda de este último, por un lado, y con una especie de prolongación que tiene uno de los radios, por el otro, el conjunto puede sostenerse como sobre dos patas.

Uno siente la tentación de creer que esta criatura tuvo, tiempo atrás, una figura más razonable y que ahora está rota. Pero éste no parece ser el caso; al menos, no encuentro ningún indicio de ello; en ninguna parte se ven huellas de añadidos o de puntas de rotura que pudieran darnos una pista en ese sentido; aunque el conjunto es absurdo, parece completo en sí. Y no es posible dar más detalles, porque Odradek es muy movedizo y no se deja atrapar.

Habita alternativamente bajo la techumbre, en escalera, en los pasillos y en el zaguán. A veces no se deja ver durante varios meses, como si se hubiese ido a otras casas, pero siempre vuelve a la nuestra. A veces, cuando uno sale por la puerta y lo descubre arrimado a la baranda, al pie de la escalera, entran ganas de hablar con él. No se le hacen preguntas difíciles, desde luego, porque, como es tan pequeño, uno lo trata como si fuera un niño.

-¿Cómo te llamas? -le pregunto.

-Odradek -me contesta.

-¿Y dónde vives?

-Domicilio indeterminado -dice y se ríe. Es una risa como la que se podría producir si no se tuvieran pulmones. Suena como el crujido de hojas secas, y con ella suele concluir la conversación. A veces ni siquiera contesta y permanece tan callado como la madera de la que parece hecho.

En vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir? Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón be ser, alguna clase de actividad que lo ha desgastado. Y éste no es el caso de Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.

Franz Kafka.

Preocupaciones de un padre de familia.

Cortázar y la escalera.

Sé que uno de los grandes tabúes de la sociedad actual es cualquiera que exija pensar, porque pensar es una actividad que está mal vista y mal practicada. Para lo siguiente no hay que pensar mucho, sino pensar bien. Es algo tan sencillo como una acción cotidiana.

INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en  línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera  se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que  no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en ‚este descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de  no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Julio Cortázar.

Una elección vital

Son las dos de la madrugada. Otra noche sin pegar ojo, en unas horas de nuevo la luz. Se levanta de la mecedora donde pensaba y fumaba su pipa mientras intentaba cerrar los ojos, al menos. Se asoma a la ventana, la brisa marina entra por ella. Su solitaria casa se llena de un aire lleno de vida, desgraciadamente todo sigue vacío. Él está solo, se siente solo, el tiempo se dilata, las horas se hacen días, los días meses… todo se eterniza… pero él se hace cada vez más viejo a pasos agigantados.

Nunca se relacionó en exceso con los demás. Su vida se redujo a su despacho, su biblioteca, su familia, y sus pocos amigos. Sus amigos comenzaron a independizarse: formaron familias, buscaron futuro fuera de la ciudad, del país… él siguió con la que era su pretensión: disfrutar de la vida, dedicarse a sus estudios y hacer todo ello en un lugar cercano al mar.

Terminó su carrera, su máster, su doctorado, su cátedra… en cuanto pudo abandonó la ciudad, se fue a un pueblecito que linda con el Mediterráneo y allí se estableció. Conseguía dinero de aquí y allí, con clases, conferencias, de particulares que querían aprender de él… Esa fue su vida durante unos años, ahora da charlas a aquél que quiera escucharle, en las rocas del mar, con el sonido de las olas de fondo, que ya se ha convertido en una parte muy importante de su discurso. Ese discurso que quien lo escucha dice de él que te ayuda a vivir mejor. Pesca, vive de lo que le ofrece la tierra… poco más.

Empieza a ser mayor, viejo… su familia ya no está, sus hermanos (al igual que sus amigos) buscaron futuros mejores lejos de su país natal, con sus parejas. Sus abuelos, sus padres, sus tíos… ya fallecieron… sus primos están en la capital, con sus familias formadas, demasiado lejos como para ir a verlos a esta edad. Ahora solo tiene recuerdos, fotografías, vídeos… nada más, no hay nada más que le haga compañía. Sus viejos amigos están lejos, su familia igual… está él solo, en plena madrugada, disfrutando, viviendo o sufriendo la vida que eligió vivir… sin mayor compañía que la de sus libros.

Dando una gran calada a su pipa abandona la ventana, se dirige al despacho y se hace con varios álbumes de fotos. Sus abuelos, sus padres, sus hermanos… toda su familia… todos sus amigos… escoge las fotografías más representativas de todos y cada uno de ellos. Las mete en su mochila, abandona su casa no sin antes pasar por el baño y el mueble-bar y cierra la puerta.

Tras un paseo de 20 minutos llega a la playa, no es que esté lejos, sino que ya se tiene que ayudar de un bastón para moverse, ya no tiene la misma agilidad que antes, ahora es lento. La luna llena se refleja en el agua del mar, que va internándose en la arena poco a poco. Abre la mochila, pone todas las fotografías a su alrededor, mirando al mar. Deja las de sus padres para las últimas y pone una a cada lado, estando él entre ambas. Mira mamá, dice, ¿ves como nunca me ibas a dejar solo? Mientras llora, las lágrimas inundan sus ojos. Curiosamente, es feliz. Está en el mar, junto a todos los suyos, disfrutando todos juntos, de nuevo.

Vuelve a tomar en sus manos la mochila, esta vez abre un bolsillo exterior y saca una gran dosis de narcóticos. Esos narcóticos son los que su médico le prescribe siempre para su dolor de espalda, ese maldito dolor. Ese dolor que tanto tiempo le ha tenido postrado en su cama, sin ganas de más que de tomar drogas que le permitieran olvidar, por un momento, ese terrible sufrimiento.

Junto con una botella de whisky que saca de otro bolsillo los toma, se tumba y mira al cielo; las estrellas y la luna resplandecen. La marea toca su melodía, esa melodía que siempre acompaña sus pensamientos y sus discursos desde hace tantos y tantos años. Comienza a dormirse sabiendo que la dosis que ha tomado no le va a dejar despertar en muchas horas… las lágrimas caen por su cara, sonríe… está rodeado de su familia, de sus amigos… ha conseguido lo que tanto ha echado de menos… compañía. Nunca tuvo el amor de una pareja pero ahora, en este momento tan importante, le acompañan los que él quiere, los que él necesita.

La marea sube, debería moverse, pero está dormido y no va a despertar, a él ya no le importa… está con los que ama, y tanto él como ellos, se van ya con el mar.

 

El profesor

Un arduo día de trabajo. Por la mañana, educando, enseñando… intentando mostrar lo maravilloso del mundo y las interesantes cuestiones que este plantea a jóvenes alumnos hambrientos de experiencias nuevas que no prestan la atención que deberían pero que, gracias a su empeño, acabarán, tarde o temprano, por agradecer el esfuerzo mostrado. Por la tarde investigando, pensando, escribiendo y analizando, estableciendo conclusiones que no pasarán a la historia pero que pervivirán en el tiempo gracias a sus montones de desordenados papeles. Quizá no le importen a nadie, pero sus pensamientos estarán escritos, para aquél que quiera invertir su tiempo en ellos, si es que lo hay.

Llega la noche y la soledad vuelve a caer sobre él con la misma energía que la Luna se eleva sobre el cielo estrellado. Busca su pipa, la prepara y la enciende, se pone su chaqueta de cuero y sale a la calle, no sin antes cerrar la puerta de su casa, que queda desierta.

Camina sin un rumbo fijo, pero es una sensación aparente. Sabe perfectamente que ha de mantenerse cerca del lugar que le va a acoger otra noche más: el bar. Un bar permisivo que le permitirá disfrutar de la compañía de un camarero que le servirá, le invitará e, incluso, le escuchará, aunque no entienda nada.

Tras deambular un par de horas llega al bar, entra. Saca una cajetilla de Winston de la máquina de tabaco (siempre da premio, piensa mientras se ríe) y se acerca a la barra, pide un whisky doble con hielo.

Enciende su primer cigarro de la noche, es un bar tan poco transitado que a esas horas de la noche permite fumar a los pocos clientes que quedan en él, incumpliendo la estúpida norma que coarta la legítima libertad de todos y cada uno de los ciudadanos. Bebe el whisky de un trago y pide otro.

El camarero, presto, llena de nuevo su vaso. Espera a que los hielos enfríen la bebida y vuelve a acabar con el contenido de un solo trago. Pide otro.

Este lo bebe más calmado, el cigarro se consume y va por la mitad. Lo mira y sonríe. El camarero, nervioso por conocer la temática de la lección que recibirá esta noche de ese personaje tan singular y, a la vez tan sabio, pregunta: -¿De qué se ríe, profesor?

“El profesor” responde: -No soy tu profesor, al menos ya no. Ahora soy tu cliente o, si no, la persona a la que escuchas, pero no tu profesor.

-Pero usted me enseñó que a los profesores los hacen los alumnos, y yo me considero su alumno, dijo el camarero.

-Vaya, eres bueno, debes haber tenido un gran profesor, respondió entre carcajadas .

Apagó entonces el cigarro y encendió otro para después, dar un buen trago al whisky que inmediatamente fue rellenado por el camarero.

-¿No te parece, cuanto menos, curioso que la felicidad hoy en día no se conozca? Preguntó.

El camarero estupefacto reprochó: -¿Me dice que no hay gente feliz?

“El profesor” respondió: -Te digo que hay gente feliz, pero que la mayoría de la gente solo piensa que lo es, se autoengaña. -¿Seguro? Preguntó el camarero. –Sí. Respondió categóricamente.

-La sociedad, la masa, toma la felicidad como la consecución de momentos alegres. Uno parece que es feliz si se lo pasa bien de fiesta, si se emborracha, si se ríe, si no se aburre… pero… ¿es que acaso aquél que no es feliz no puede divertirse? Quiero decir: ¿no puede un infeliz divertirse? ¿reír? ¿disfrutar con un chiste?

-Sí, claro que puede, dijo el camarero. -¿Y eso implica que sea feliz? -Pues no parece… ¿entonces? -Pues entonces, querido amigo, la felicidad no es divertimento o risa, o, al menos, no sólo eso, no se reduce al disfrute de algunos momentos, señaló “el profesor”.

-¿Entonces qué es la felicidad? Porque, profesor, si no me divierto yo no soy feliz… –

La felicidad, querido amigo, es una predisposición, una predisposición a conseguir un estado con una seguridad tautológica: yo soy feliz, independientemente de lo que ocurra. ¿Y por qué? Porque quiero ser feliz. No quiero divertirme con banalidades, no quiero reír sin más, quiero encontrar una explicación a todo eso. No voy a ser parte de una masa, voy a ser yo, rodeado de otros que también quieren ser felices y están dispuestos a serlo, no que piensan que lo son por los acontecimientos que les ocurren.

-¿Todos, por tanto, podemos ser felices?

-Claro, es lo mejor del planteamiento (dijo mientras tomaba otro whisky y encendía otro Winston). No puede haber nadie, en ninguna condición, que no pueda establecerse en la posición de ser feliz, independientemente de los juicios que realice de los hechos, porque no son ni buenos ni malos, sólo son hechos, como decía Federico.

-¡Ah! ¡Federico! Se refiere a Nietzsche, ¿verdad?

-Sí, claro, efectivamente, al mismo.

-Y, entonces, una última pregunta, profesor… ¿es usted feliz?

El profesor entonces terminó el whisky de un trago, dio una calada al cigarro y mientras se ponía en pie abandonando su taburete y dejando un billete de 50 euros en la barra dijo: -mi problema, querido amigo, es que mi pasado ya no me permite no juzgar… el planteamiento no tiene error pero sólo puede llegar a él alguien como yo, alguien para el que sea tarde. Alguien para el que la compañía sea un bonito recuerdo.

Entonces el profesor abandonó el bar, salió por la puerta y elevó sus ojos al cielo para ver las estrellas mientras terminaba su cigarro y caminaba, curiosamente una lágrima se dejó ver en su ojo derecho… otra vez el maldito humo, pensó con mucho temor a equivocarse… y, meditabundo y solitario, volvió a casa.

Mientras, el camarero terminó su jornada en el bar. Dejó todo limpio y cogió su coche para volver a casa donde le esperaban su mujer y su hijo. Una vez en la cama, le contó a ella lo que “el profesor” le había dicho esa noche. Ella, sorprendida, afirmó: -nunca entenderé cómo personas así tienen vidas tan… mientras se quedaba callada y le abrazaba. El, por su parte, añadió: es tan sabio que no me dice todo, sólo lo que necesito oír, porque no quiere que sea tan desdichado como él…

 

Escritura y pensamiento.

Era un hombre viejo y cansado, reacio a escribir. Quería transmitir la sabiduría a los demás de manera oral. Solía decir “para qué voy a escribir sobre ello, si ya se lo he contado a usted” a todos aquellos con los que charlaba y le intentaban animar a hacerlo, era su respuesta: corta y concisa, clara. No perdía el tiempo en explicar más, contestaba y continuaba intentando adoctrinar, intentando ayudar, exportando mediante vocablos todo aquello que había leído en su enorme fondo de biblioteca, el cual había construido con orgullo durante años.

Un amanecer, tras una noche de insomnio, cogió su bastón, se levantó de la cama y fue al lavabo. Abrió el grifo y empapó su cara en agua tibia: “ha llegado el momento”, se dijo.

Decidido fue a su escritorio, lleno de libros, sin bolígrafos ni lápices, buscó una pluma que guardaba en un cajón que le habían regalado en su juventud y a la que tenía cariño y se hizo con una libreta que guardaba desde, también, su juventud. Ahora sí, iba a escribir. Salió a la terraza de su pequeña casa, se sentó en la silla y miró al horizonte, pensativo, dubitante… incluso con lágrimas en los ojos… la soledad que tantos años le había acompañado ahora incluso le abandonaba para dejarle en manos de su propia inspiración. Era, sin duda, el verdadero instante en el que debía hacer aquello que sentía había de hacer.

No iba a dar  respuesta a una pregunta, no iba a realizar un ensayo sobre un tema concreto, no iba a hacer un comentario o reseña sobre ningún autor u obra, ni siquiera tenía pensado resolver una ecuación matemática que pudiera ser de utilidad… iba a escribir, iba a escribir sobre él, sobre su vida. Iba a contar su historia, lo poco o mucho que recordaba de todo lo que le había acontecido a lo largo de los años que ya pesaban en su persona… nada más, era lo que tenía en mente, hablar de lo que una vida dedicada al pensamiento había dado de sí. Una vida que, como no dejaba de recordar, le había abocado a una soledad la cual, precisamente y por suerte, le había abandonado en ese momento: el momento más importante de su vida.

Agarró con decisión la pluma, la dirigió sobre el papel y escribió, una palabra. Una única palabra, dejó caer un punto de tinta a modo de rúbrica tras ella y terminó.

Entonces desperté, sobresaltado… ese hombre longevo que tanto me sonaba y sobre el que tanto conocía no era otro sino yo mismo, yo mismo en un futuro que a día de hoy se me antoja lejano pero que el paso del tiempo cada vez me muestra más presente. Conviviendo con una soledad que parece, me abandonará en el momento más importante de mi vida, pero yo, yo y nadie más que yo. Ese hombre, de pelo y barba blancos como la nieve era yo, nadie más que yo.

Empecé entonces a divagar gracias al silencio de mi habitación y la oscuridad que me brinda la noche sobre mi sueño mientras daba vueltas en círculo por ella: “me hago mayor”, pensé. Ahora estoy sólo, parece que mi subconsciente piensa que también lo estaré a lo largo de la vida que me queda… pero no pienso que haya un subconsciente, esos son demasiados fantasmas. Un sueño no es más que nuestra capacidad mental desmedida y libre… expresiones como esas ocupaban mi cerebro… horas de pensamientos inconexos fueron las que llenaron de contenido esa noche.

Dí la luz y miré el reloj, por curiosidad, eran las cinco de la mañana. A su lado, en la mesita de noche, había trozo de papel perteneciente a mi libreta, y escrita con la pluma que tanto cariño tengo y que guardo en el mismo cajón que aparecía en mi sueño se encontraba la siguiente palabra, en griego: ποίησις (poesía), no me asusté, lloré.

Esa noche (y la mañana posterior) conseguí dormir tan plácidamente como cuando era niño y llegaba enormemente agotado de largos días de durísima vitalidad infantil; poesía… soy poesía, soy creación… o eso pienso de mí cuando sueño ser feliz.

 

La eterna búsqueda…

Amanece, el sonido de las olas del mar es una hermosa melodía perfectamente acompasada, de ritmo lento y de efecto terapéutico: le calma. Mira el horizonte, el sol comienza a dejarse ver. Lo que antes era una noche de luna casi llena en la que la claridad y la oscuridad se entremezclaban en una perfecta armonía que le permitía ver los juegos del agua marina con los reflejos de los haces de luz, se ha convertido en cuestión de minutos en un fuego ardiente, una esfera roja que comienza a alzarse que tiñe al mar de un color que jamás tendría por sí mismo.

Piensa y reflexiona, una noche de soledad tumbado en la arena de la playa ha llevado a su pensamiento a derroteros inimaginables, lógicamente coherentes… físicamente, quizá, inexistentes… a ideas.

Toma su narcótico, le duele la cabeza, tiene migrañas. Es algo que le ocurre desde que tiene uso de razón, el problema es que cuando usa ésta con intensidad los dolores son más fuertes, esta noche ha sido dura… le duele, y mucho.

La playa comienza a adquirir vida, vida humana. Ya ha entrado el veraniego día y cientos de personas se acercan con sus sombrillas, neveras, toallas… a “disfrutar” del lugar.

Como si de un virus se tratase, como si fueran células cancerígenas que sustituyen a células sanas, como una plaga… la bella arena comienza a desaparecer bajo la artificialidad. Ruido y más ruido, gritos, carreras, sonrisas sinsentido, besos entre parejas que dicen estar enamorados sin conocer lo que es aquello que dicen “padecer”, gente… y más gente. Gente vacía, que busca un bronceado, que lee un libro; sí, un “best seller” que cuenta una historia vacía, como ellos… eso es lo que les “llena”, el vacío. No contentos con ello, no contentos con matar la calma y la belleza de un lugar simpar, deciden romper la melodía del mar. Entran en el agua, se bañan, nadan… practican deportes con cometas que les llevan a hacer saltos impensables… movimientos reservados a los verdaderos habitantes del mar y el océano, no a ellos, usurpadores de la naturalidad del mundo.

Entre lágrimas de tristeza se levanta del lugar que había ocupado toda la noche, se sacude la arena para dejarla en el sitio que debe ocupar, y se va. Abandona, no le gusta la destrucción, lo que fue una obra de arte de la naturaleza ahora es un caos, es miseria, son ruinas, ruinas creadas por “el hombre”… o aquellos que se creen hombres.

Pasea por los alrededores, llega a su coche. Coche que había conducido durante más de seis horas para llegar allí, para llegar a la costa, para ver el mar. En su ciudad no hay mar, hay montaña. Montaña que acabó por hartarle, montaña que, a base de barbacoas, perdió también su esencia durante las horas matinales y que, por el momento, ha dejado de lado.

Una vez dentro de él, cierra los ojos e intenta dormir. El calor es asfixiante, le impide dormir, pero lo intenta. Es mejor eso que ser partícipe o, sin más, espectador del dantesco espectáculo que le rodea. Toma otro calmante y consigue conciliar el sueño tras conducir hasta un lugar apartado y aparcar el coche bajo una sombra.

Despierta y ya ha pasado la hora de comer. Con el coche se dirige a una gasolinera… no deja de pensar en que no debería conducir, en que no debería tener coche, en que le esclaviza y lo que es peor, le mata, pero no puede evitarlo… lo necesita. En la gasolinera compra una Coca Cola de medio litro bien fría y un par de Donuts Fondant, capitalismo. Llega al coche, conduce hasta aparcarlo cerca del mirador y allí, en un banco, se sienta a comer. Intenta mirar más allá pero no puede, después de todo es humano y tiene limitaciones, su visión es finita… no puede seleccionar qué oír y qué no… se deprime. El “virus de la gente” continúa su expansión y allí siguen, en la playa, destruyendo. Paseando, hablando banalidades, conversaciones sin contenido. Por el mar, barcos y más barcos que dan una sensación de falsa libertad a sus tripulantes y que no hacen sino dibujar un paisaje dantesco sobre lo que fue una bonita obra… esa situación dura toda la tarde. Él la vive, sentado y pensativo, leyendo un libro de poesía, entre pensamiento y pensamiento, que guardaba en su macuto: ¡Adelante! Lleva por título… pero, por suerte, puede levantarse de su banco y terminar de meditar y leer por el momento tras tomar otro analgésico, comienza a anochecer, su entorno cambia.

La zona comienza a vaciarse, parece que vuelve a su antigua soledad. Sin embargo, el paseo y el mirador se llenan de gente (aún más): todos quieren cenar, disfrutar de la temperatura de la noche… relacionarse… u olerse, como perros, piensa. La playa está desierta salvo por pequeños reductos de jóvenes que, en su ignorancia, intentan convencerse de que la finalidad del alcohol y las drogas es la del divertimento. Pero ya no queda nada, medita.

No tiene ganas de cenar, así que se acerca al coche. Lo abre y toma de la guantera más analgésicos. Vuelve a la playa, se sienta en el mismo lugar donde lo hizo la anterior noche, las voces de los jóvenes perturban la calma que ofrece el mar. Una máquina pasa una y otra vez tratando la arena para tenerla preparada para mañana, limpia al menos.

Los grupos de jóvenes abandonan la arena y, como auténtico ganado, van a reunirse a las discotecas que, en el mundo actual, ejercen de establos. Los operarios también acaban de limpiar la playa y la abandonan. El tiempo pasa y quién no está en alguna juerga nocturna se encuentra en casa, durmiendo. La playa vuelve a ser lo que fue la otra noche. Toma otra pastilla para calmar el dolor y llora, ahora está a gusto. La naturaleza sobrevive, el pensamiento también, todos esos humanos artificiales no lo harán en un futuro… es lo justo, sólo destruyen. No construyen nada, producen y olvidan, si es que supieron alguna vez la verdadera razón por la que están en el mundo: alienaron su vida por una felicidad falsa.

Mañana será otro día, otro día diferente. Tiene que volver a su ciudad, a la contaminación… pero no le importa, esta noche vuelve a ser suya. De su macuto saca su pipa, la prepara, la enciende con una cerilla y disfruta de la calma, de la serenidad, de la sinfonía marítima junto a una luna llena resplandeciente. Lo comparten la naturaleza y él, nadie más. Sonríe.

 

J

Inauguro otra sección, relatos cortos. Este es uno que hace falta pulir mucho, sí. Pero lo he escrito en cosa de treinta minutos y le he cogido cariño, para ustedes.

Suena el despertador, son las 7,30 de la mañana. A las 8 debe estar preparado, J no debe perder el tiempo. Se levanta dando tumbos, antes de conciliar el sueño los últimos dígitos que observó en su despertador fueron 6,17. Todo pasa muy rápido, incluso los minutos de sueño.

Va al baño, se mira en el espejo. Las ojeras comienzan a ser demasiado llamativas, no va a poder evitar que en el trabajo se den cuenta de su falta de descanso, pero sus dudas le impiden dormir… se lava la cara con agua tibia y enciende un cigarrillo. Camina de nuevo por el eterno pasillo de su pequeña casa, lo que antes parecía minúsculo el insomnio lo ha convertido en un largo túnel que termina en su habitación. Se viste, la ceniza del cigarrillo que consume cae al suelo, no le importa… la alfombra está llena de suciedad, hace meses que no limpia el polvo, la cama, eternamente deshecha, le sirve como lugar para reposar unos minutos, con suerte alguna hora al día. Todo lo demás que tiene es un simple armario con ropa que no usa, estanterías repletas de libros y un escritorio, su escritorio… donde lee, donde intenta llegar a conclusiones, explicar, ilusionarse… el propio escritorio está también abarrotado de libros, anotaciones, folios, apuntes, citas… tiene un pequeño espacio dónde se apoya para escribir sus reflexiones, lo demás está ocupado, ocupado por conocimiento.

Son las 7,43, entra en la cocina. Toma unas pastillas que le permiten vivir, en ayunas. Come un bollo y bebe un vaso de agua. Enciende otro cigarro y con él, va a la ventana de la salita, mira por ella. Intenta encontrar un horizonte inexistente en una ciudad contaminada, sus vistas se reducen a edificios y carreteras, carteles de neón, luces y más luces que comienzan a difuminarse con la entrada del día, la salida del sol. Se pregunta si a alguien le importará lo que él piense, si a alguien le importará él mismo… no encuentra respuesta, ni positiva, ni negativa. Tira el cigarrillo por la ventana como gesto de desprecio al mundo, a ese mundo que le da pena, que le hace sufrir, a ese mundo que le aparta.

Las 7’58, vuelve a su habitación, su despacho. Se sienta en su silla, lee. Lee como si lo fueran a prohibir prontamente, lee como si en ello le fuera la vida, lee como si fuera una carrera que está obligado a ganar: tiene que leer y comprender rápido, el tiempo apremia y no sabe cuánto durará su vida. Tiene que leer, tiene que saber, tiene que entender y comprender, tiene que pensar, tiene que interpretar, tiene que escribir, tiene que… enciende, entonces, otro cigarro. Otro cigarro, son las 8 en punto y ya van tres cigarrillos. Fuma mucho, sabe que es nocivo para su salud pero no le importa, los beneficios son mayores que los perjuicios: el tabaco palía su agonía vital.

Sigue leyendo durante horas, no descansa. Le duelen los ojos y cesa su actividad lectora. Ahora piensa, ata cabos, escribe sus conclusiones. Lo argumenta, intenta no dejar ningún hilo del que pudieran tirar para deshacer su teoría, es difícil: lo que es claro y cristalino para él, es una masa heterogénea y sinsentido para muchos. Dar con las respuestas le hace ser incomprendido, antisocial, estar marginado…

Son las 12 de la mañana, enciende otro cigarro más. Ya ha perdido la cuenta de los que fumó mientras leía, mientras pensaba, mientras escribía… es lo mismo, tiene un cartón entero en casa y otro en el coche, además en caso de urgencia el estanco está abierto, es pronto. Mientras el cigarro se consume él no lee, no piensa, ya ha llegado a una conclusión y por el momento puede permitirse el lujo de descansar y disfrutar del humo: está en paz consigo mismo, por esta mañana encontró la respuesta que necesitaba.

Apaga el cigarrillo en un cenicero que se encuentra al completo. Hace malabarismos para que la colilla se apague y no caiga aún más ceniza fuera, aunque no le inquieta que esto ocurra. No le importa la suciedad, está sólo.

Casi es mediodía, mira el reloj. Enciende el ordenador, va a intentar informatizar todo lo que ha conseguido en la mañana, no quiere que se pierda la información. Tiene que tenerla en todos los formatos posibles para salvarla en caso de catástrofe: en papel, en la memoria del ordenador, dos pendrives… incluso lo guarda en un disco duro externo. Mientras mecanografía todos sus pensamientos e indagaciones enciende otro cigarro, la ceniza cae y se expande por el teclado del ordenador, tampoco le importa.

Termina de informatizar sus reflexiones de la mañana y se dirige a su pizarra. En ella dibuja un esquema en el que intenta resumir todas sus argumentaciones, busca errores. Se hace una pipa, la enciende. Ha llegado el verdadero momento de recapacitar, de ponerse en su propia contra y atacar su propia corriente, la cual defiende, para encontrar posibles incoherencias. Filosofa, ahora sí, con su pipa, filosofa. Lógicamente su planteamiento no tiene error, es defendible y diría que inexpugnable, como una gran fortaleza protegida por aguerridos guerreros sin temor a la muerte. Puede difundirlo. Puede no ser correcto, pero no encuentra ningún fallo y si no lo hay, está bien. Termina su pipa, vacía la ceniza en el cenicero y limpia la pipa mientras enciende otro cigarrillo, esta vez para celebrar la satisfacción de haber realizado una práctica filosófica “como dios manda”, la expresión esboza una sarcástica sonrisa en sus oscuros labios.

Son las 14,00 horas, intenta comer. No tiene hambre porque otra pregunta ronda su cabeza: Si la utilidad de todo esto es terapéutica, ¿por qué me siento sólo? Malcome, sin hambre, fríe un filete y unas patatas congeladas acompañadas por pan de ayer y un vaso de agua fría. Termina y enciende otro cigarro, sigue sintiéndose sólo.

Vuelve al ordenador mientras consume el cigarro, vacía el cenicero en la papelera y se conecta a internet. Busca información de actualidad, nada relevante. Todo son historias y más historias, el mundo no cambia, el mundo sigue igual, por mucho que intenten engañarnos diciendo que muchos quieren cambiarlo: la gente no cambia. Su teoría se cumple, se siente bien, se siente en paz… pero sólo.

Enciende otro cigarro y mira su correo electrónico, nadie se comunica con él. Su teléfono fijo sólo suena cuando algún comercial quiere publicitarle algo, su teléfono móvil cuando le quieren imponer un cambio de tarifa. No le importa, pero se siente sólo.

Llega la tarde, no ha dormido y es hora de ir a trabajar. Pensar y descubrir los entresijos de las vicisitudes de la humanidad no da de comer en el mundo actual, hay que producir. Entra al baño, se quita esa cómoda ropa que se había puesto para estar en casa y gira el grifo de la ducha, maniático: primero agua ardiendo, después agua helada… le despeja. Sale de la ducha, se seca con una toalla que debería lavar ya, pero no lo hará cuanto menos hasta el día siguiente. Coge la cuchilla y se afeita, intenta disimular su desdibujada barba con ciertos trucos y lo deja por no destruir aún más su imagen. Se peina y se viste, cualquier cosa vale: unos vaqueros, unas zapatillas y una camisa arrugada. Si hace frío cualquier jersey y si es inaguantable una cazadora, pero hoy, el tiempo acompaña y sólo lleva una camisa, azul, con un símbolo. Es de una gran marca (o eso le dicen), a él le costó muy barata y ni tan siquiera la compró porque quisiera, se lo recomendaron, simplemente.

Enciende un cigarro y sale de casa. Cierra la maltrecha puerta, tiene truco. Hay que dar un buen portazo, girar la llave y antes completar el giro deshacerlo y volver a realizarlo, así se cierra; de otra forma, queda abierta. Deja su casa sola, con la preocupación de que en ella se encuentra todo su pensamiento escrito, que alguien se lo podría robar… pero en su bolsillo guarda uno de los pendrives, lo lleva siempre con él.

Llega al trabajo, lo explotan. El jefe le recrimina su estado, dice que lleva una mala vida. No entiende su problema, no conoce el insomnio. Para el insomne tanto vigilia como sueño es lo mismo, todo ocurre a cámara lenta. Parece que se vive en un continuo presente en el que no pasa el tiempo pero, desgraciadamente, el tiempo pasa,  y muy rápido.

Termina la jornada laboral, son las 23 horas y el jefe le dice que no quiere volverle a ver así, que su futuro pende de un hilo. No evalúa su impecable trabajo, sino su aspecto, un aspecto que delata un problema que ni él mismo controla, pero eso a su jefe no le importa, porque no lo entiende… por eso es feliz, porque en su ignorancia no entiende nada, como la mayoría del resto de la humanidad.

Sale de su empresa, enciende un cigarro más, entra al coche y conduce hasta su casa. En el trayecto escucha a Wagner y consume dos cigarros, la música puede variar pero el número de pitillos siempre es el mismo, la suciedad del coche aumenta cada día… pero tampoco le importa.

Llega a casa, cena sobras y come un yogur de oferta. Enciende otro cigarro y fuma mientras delibera qué hacer: es sábado por la noche, un fin de semana por delante (sí, también trabaja los sábados). Utiliza el móvil, llama a su ex. No lo coge, no responde. Le escribe, responde. J necesita hablar, compartir sus pensamientos y problemas; ella dice que no sabe, no puede o no quiere ayudarle… cualquiera de las tres vías es la misma, sólo que disfrazada con palabras diferentes. Él lo sabe pero calla y respeta, ser entendido por la humanidad es difícil. Llama entonces a sus amigos, están de fiesta. No le gustan las aglomeraciones, las luces de las discotecas le hacen daño y no bebe alcohol, además la música le crea un pitido en los oídos que le pone nervioso: él sólo quiere dialogar, conocer, aprender y discernir… no es tan difícil, pero no es sencillo conseguir que personas de tu alrededor tengan los mismos intereses, piensa.

Aunque no suele beber alcohol, en un vaso echa un par de hielos y un poco de whisky, sólo. Enciende otro cigarro y llama al camello. Bebe el whisky de un trago, termina el cigarro y se dirige al lugar donde había quedado con el traficante.Este le entrega la bolsita y vuelve a casa.

Tira los hielos deshechos del vaso y pone otros nuevos, vuelve a echar whisky, no bebe y este es el segundo de la noche… enciende otro cigarro. Vuelca la bolsa y con la tarjeta hace polvo la roca, dibuja una generosa raya y con un billete de 50 euros la esnifa. Sigue solo.

Terminado el cigarro, enciende otro, prepara otra raya, la consume y termina el whisky de un trago. Así pasa el tiempo, son las 2 de la madrugada y sigue pensando en su teoría, no encuentra ningún error, se siente en paz, ha encontrado las respuestas…. Pero está sólo.

Prepara otra raya tras beber otro vaso de whisky y encender el enésimo cigarrillo, intenta esnifarla pero cuando se encuentra a la mitad brota sangre de su nariz y sale espuma por su boca. Su brazo izquierdo se bloquea, se pone en pie asustado y nota como comienza a convulsionar, se desploma y se golpea la cabeza. J no bebía alcohol porque el médico se lo había prohibido, no consumía drogas por la misma prescripción (su cuerpo no lo toleraba, bueno, no su cuerpo, su cerebro), sólo fumaba… pero estaba sólo. Ahora su propia lengua, esa que siempre quiso utilizar para expresar lo que pensaba y hacer entender a la gente como conseguir un mundo mejor le asfixia, sigue convulsionando… ya no respira, ha muerto… ahora sigue sólo, para siempre.