Grecia

Diez de la mañana, T4 de Barajas, Madrid. Me encuentro mirando el monitor de salidas. El vuelo hace acto de presencia. Equipaje facturado, billetes en orden… el viaje a Grecia comienza.

Por el pasillo de embarque la gente que te rodea puede ser muy dispar: unos, turistas, sin mucha de idea del país al que van. Otros, nativos de la zona que vuelven a casa. Pocos son los que saben que van a visitar la cuna de la democracia, la cuna de la civilización occidental.

Lo cierto es que siempre viajé con muy poco presupuesto. Siempre pensé que lo mejor es gastar los menos posible en cada viaje (sin dejar de visitar ningún lugar), para así poder recorrer el mundo. El dinero, qué duda cabe, desgraciadamente, nos limita. Pero en esta ocasión he “tirado la casa por la ventana”. Tengo reserva en el mejor hotel de Atenas, con vistas a la Acrópolis. No hay duda de que la ocasión lo merece. Todo tiene que ser genial.

Para el primer día, cómo no, paseo de orientación por Atenas. Nada como hacerse al lugar. Es la ciudad de Sócrates, Platón, Aristóteles (aunque no naciera en ella)… hay que empaparse del ambiente, se respira historia y cultura. No hay que hacer más, salvo pasear y convertirse en un habitante de la polis. Tras ello, una buena cena y un sueño reparador para coger fuerzas para el día siguiente: comienza lo bueno.

El segundo día se resume en la visita a los museos. Es martes, así se puede visitar también el de Acrópolis, que cierra los lunes. Tras ello un buen paseo por el barrio de Plaka y vuelta a descansar: el trabajo intelectual que se realiza en los museos, si se visitan bien, es absolutamente encantador, así como devastador para nuestras fuerzas.

Tercer día: acrópolis. El estadio panatenaico, el parlamento, la academia de Atenas. Subir a la roca sagrada de la Acrópolis, ver los templos… el Partenón… por la tarde, casi terminada ésta, descanso, mucho descanso. Es tan maravilloso que poco se puede decir, tan sólo cabe disfrutar.

En el cuarto día la visita a Mycenas, cómo no. Pasar por el canal de Corinto, que une el Egeo con el Jónico. Adentrarse en el corazón del Peloponeso, conocer el área arqueológica de Epidauro, con el templo de Asclepios, dios de la medicina. El teatro de Epidauro, con la asombrosa acústica que tiene… después, visita a Mycenas, fundada por Perseo. Recordar a Agamenón liderando a los griegos contra Troya… los pelos de punta.

El quinto día se puede resumir en una palabra: Olympia. Lugar de culto a Zeus, es el testimonio de los ideales del humanismo helénico gracias al cual aparece el significado de la competencia libre y honesta. Visita al museo de Olympia y, tras ello, toca atravesar el puente colgante más grande del mundo: Rion –Antirion. Así, nos encaminamos hacia Delfos… el lugar, la zona, el centro del universo.

Delfos es el que ocupa el sexto día. El eje del mundo antiguo. Aquí el oráculo era consultado, gracias a él, la historia es la que es y no otra. Su museo, todo rozando lo increíble. Por la tarde… ver el atardecer en el monte Parnasos, precioso, romántico… indescriptible.

El séptimo día implica la vuelta a Atenas. Ya vistos el ágora romana (los romanos también pasaron por Grecia) y la torre de los Cuatro Vientos sólo queda algo por hacer: iniciar la subida hasta la cima de la colina que emerge frente a la Acrópolis. Es tarde, el sol cae y es momento de llegar a Filopappou.

Ahí se encuentra el lugar más emblemático de Grecia: la prisión en la que la tradición dice que Sócrates pasó sus últimas horas. Un lugar lóbrego, discreto, casi derrumbado. Una prisión que tiene el dudoso honor de haber albergado en ella a una de las mayores mentes de la humanidad… me inclino en cuclillas a pensar en ello en la supuesta celda mientras el sol ofrece sus últimos coletazos de luz del día y estos entran a muchas penas por las ventanas y orificios de la más que austera habitación… Key llega por detrás, me abraza y me da un beso. Es el final perfecto para nuestro viaje, un viaje que ambos hemos compartido, disfrutado y, hay que decirlo, trabajado.

 Por mi rostro cae una lágrima, una lágrima de felicidad: es bonito soñar despierto con la promesa de que el sueño se cumplirá, como lo es soñar dormido, con la certeza de que, algún día, el sueño será real.

Gracias, muchas gracias.

Yo conocí a Tyler Durden

Yo conocí a Tyler Durden. Él fue mi mentor, él me enseñó a pelear. Me mostró cómo crecer a través de la lucha. Me dijo cómo podía crear explosivos gracias a materiales domésticos, me avisó de que en un accidente de avión lo que quieren con el oxígeno es que me coloque. Me habló de los cortes en el cine y de cómo manipularlos, del jabón, me entregó conocimiento; conocimiento útil.

Tyler me dio grandes lecciones, Tyler me enseñó a vivir. Me demostró que estaba en lo más bajo, que no podía caer más, que lo único que podía esperar de la vida era mantenerme en el fango o salir de él. Que si quería salir tenía que luchar, tenía que pelear. Que había reglas, que todo terminaba con un KO o si el oponente se daba por vencido. Que ante el capitalismo y los que entienden la vida como un espíritu esclavo que no se cuestiona y que se deja llevar por la marea, no vale la teoría, vale la práctica, la acción, la pelea.

Con Tyler conseguí una utilidad para el insomnio. En lugar de autocompadecerme por no poder dormir, usaba las horas de vigilia para leer. Leía de todo, desde Filosofía a Historia, desde manuales de supervivencia a manuales de guerrillas. Incluso novelas, no había nada que no engullera con voracidad. Durante las horas en las que debería dormir solucionaba problemas, incluso tramaba planes. Aunque el insomnio tiene su parte negativa: las horas de sol. Todo el mundo te ve, vas a trabajar y tu cara habla por ti. Cuando los rayos te pegan en los ojos eres un zombie, no estás vivo, pero tampoco muerto… tus acciones son lentas, torpes, y, en ocasiones, carecen de razón o explicación lógica. La luz se convierte en un enemigo, no te quema como a los vampiros, pero levanta el tupido velo de la noche y los otros pueden ver la cruda realidad de tu rostro: un rostro magullado por los golpes, los cigarrillos, el paso del tiempo con los ojos abiertos… un rostro en constante castigo.

Tyler Durden me enseñó que muchos hombres unidos pueden hacer muchas cosas, pueden cambiar el mundo. Me enseñó que no soy yo sólo, que hay muchos que también están dispuestos.

Yo conocí a Tyler Durden a través de Chuck Palahniuk. Gracias a él, no sólo lo conocí, sino que yo fui Tyler Durden porque nadie quería asumir su rol, yo fui el que tuvo que hacerse cargo. Tuve que coger el toro por los cuernos y asumir la responsabilidad… y todos sabemos lo que ocurre con Tyler Durden, claro.

Respira

El comienzo es un grandísimo subidón de adrenalina. No hay nada similar. Cada acción, cada acontecimiento… todo pasa a velocidades relativas. Es increíble, un lanzarte al vacío,  una especie de sensación antigravitatoria que se transforma en una indescriptible fuerza de atracción.

Conforme avanza el tiempo, las cosas cambian. Mi cuerpo comienza a arder, es un tipo de calor indescriptible. Solo una situación así puede proporcionarlo. Es placentero pero, a la vez, el nerviosismo se apodera de mí. Me da tiempo a pensar en las consecuencias, en si saldrá bien o saldrá mal. Soy positivo y creo que todo saldrá bien, que todo saldrá como yo espero. Aunque la situación ya no depende únicamente de mí, haré todo lo posible por continuar con ella. Aún así, conozco y no olvido que todo no está en mi mano, ya no.

Lo curioso es que lo más importante, el mejor momento, está por llegar. Quizá sea estúpido ese pensamiento, pero desde que tengo uso de razón lo he tenido en mente: el futuro será mejor que todo lo que me han deparado las circunstancias hasta ahora.

Ella nunca me quiso y la historia de amor únicamente formó parte de mi imaginación, no de la realidad. Ahora, tras treinta metros de caída, el golpe contra el suelo es inminente, ella no lo merece, pero ya no depende de mí…

Pasado, presente y futuro

Se levantan muy pronto por la mañana, el sol casi no ha salido. Deben prepararse con presteza. Es verano y tiempo de cosecha, hay que salir al campo cuanto antes para pasar largos días de trabajo en él y recoger trigo y cebada. Se trabaja con máquinas rudimentarias, la hoz está al orden del día y los riñones no perdonan a partir de los treinta años. Es una vida dura, de las más duras, pero una vida, al fin y al cabo, y hay que vivirla lo mejor que se pueda.

Trabajan duramente para poder ofrecer un futuro mínimamente digno a sus hijos, no tienen pocos. Sus creencias y la falta de información hacen que se construyan grandes familias. En cuanto los hijos tienen edad suficiente, marchan a la capital a la búsqueda de un futuro mejor, habiendo trabajado antes para ayudar a sus padres, en lugar de ir a la escuela. Al principio los padres envían dinero desde el pueblo a los hijos para que sobrevivan allí, después, cuando consiguen un trabajo estable, son los hijos los que tratan que los padres vivan un poco mejor. Así, se pueden permitir comprar o alquilar máquinas que hagan su trabajo en la tierra algo menos pesado.

En invierno, sin embargo, el trabajo en el campo se deja un poco de lado y todo se concentra en la ganadería. Tienen ovejas, vacas, burros, mulas… mientras unos ayudan en la agricultura cuando es menester, otros sirven para hacer algún dinero y, muchas veces, de comida, como los cerdos. En la matanza se hace una gran fiesta, es el día de refresco. Ahora nos quejamos por tener únicamente treinta días de vacaciones, antes, los días que tenían “de esparcimiento” eran trabajados de una u otra forma. Ahora bien, los domingo habían de hacerlo a escondidas, puesto que el cura del pueblo no les dejaba trabajar, era el Día del Señor. Pero una cosa son las creencias y otra muy distinta que le falte pan a sus hijos, a sus amadas mujeres o amados maridos…

Fueron años duros, no recuerdan nada de ellos sin el trabajo de por medio. Después llegó el momento de la jubilación. Unos años realmente buenos, se dedican a disfrutar verdaderamente de la vida que no pudieron tener anteriormente. Hacen viajes, conocen su país… incluso se ocupan de los nietos en verano. El pueblo es un lugar de vida en el que el trabajo no ha desaparecido, pero son muy pocos los que se dedican al campo y la ganadería y muchos los que disfrutan durante muchos años de su vida de todo aquello que antes pasaban por alto debido a la necesidad.

Tras unos años impagables la edad hace mella, deben ir a la capital por grandes periodos de tiempo con sus hijos. No pueden valerse por sí mismos, necesitan la ayuda de sus vástagos para poder seguir viviendo. La exigencia física del pasado hace que el cuerpo pase factura y los achaques son permanentes. Sin embargo, siempre tienen seis meses (más o menos) para disfrutar de la sosegada vida de su pueblo. Se ayudan unos a otros (los que todavía pueden conducir hacen de chóferes), se siguen viendo para jugar partidas de cartas y dominó y siguen dedicando tardes enteras a charlar y a hablar de sus familias.

Ahora, unos han abandonado la carrera y otros siguen, con bastones, operados, o como pueden. Ya sólo tienen el verano, siempre acompañados por alguien de la familia, desde hijos a nietos, para disfrutar del pueblo. Dan pequeños paseos, puesto que las fuerzas no permiten más. Saben que les queda poco, que su generación se acaba, pero miran al horizonte y ven a los niños (bisnietos, ya) jugando en el frontón que construyeron para celebrar un partido el día de la matanza. Les ven reír, montar en la bicicleta y disfrutar de ese pequeño pueblecito que ellos construyeron con su trabajo y tesón. Ese pueblo del que fueron alcaldes, carteros, labradores, campesinos, ganaderos… todo a la vez. Ese pueblo en el que antes se vivía por necesidad y en el que ahora se vive, gracias a ellos, por disfrute. Sonríen, hablan y se besan deseándose los unos y los otros verse al otro día, si Dios quiere.

Una historia dentro de otra historia.

Era un día lluvioso, una densa cortina de agua caía por la ventana. Los canalones que servían para dirigir el agua de los tejados se encontraban desbordados. Desde su séptimo D. podía ver que todavía no había pasado lo peor: nubes aún más negras se aproximaban y los relámpagos no hacían presagiar que el temporal amainase. La tarde, por tanto, no invitaba al habitual paseo que solía con su amigo, su querido amigo L. Decidieron, entonces, tomar un café en casa mientras disfrutaban de unos cigarros y mantenían una buena charla entre amigos. Normalmente, siempre era filosófica. L. llegó a casa de D. con puntualidad inglesa, completamente calado, aunque había conseguido aparcar cerca. Tenía un antiguo coche Opel que le servía para moverse de un lugar a otro; sin las comodidades de los de hoy en día, pero realizaba la misma función. Entró por la puerta, se dieron un efusivo abrazo y ambos se encaminaron por el pasillo, un pasillo largo y alto, pintado de blanco y con un único cuadro colgado en sus paredes: era una reproducción de la famosa pintura conocida como “Las botas”, de van Gogh. Llegaron, entonces, al despacho, lugar en el que D. tenía una mesa con el café humeante, cigarrillos preparados y un cenicero, que se preveía estaría lleno en las horas venideras. El despacho era pequeño, las paredes sujetaban estanterías que llegaban hasta el techo y se encontraban cargadas de libros, absolutamente repletas, eran, por así decir, el papel que cubría la pared. Únicamente había dos recovecos en paredes opuestas en las que no había libros: uno contenía una copia de “El grito”, de E. Munch y, paralelo a él, se encontraba “El sueño de la razón produce monstruos”, de F. de Goya. Por lo demás, en el despacho había un escritorio con un ordenador portátil, un atril y espacio para la lectura y el trabajo de D., lleno de folios con notas, lápices, bolígrafos y un cenicero que amenazaba con derramar la torre de cigarrillos que contenía, un sofá para leer relajadamente y la pequeña mesa, con dos cómodas sillas, para compartir café con sus contertulios.

D. encendió un cigarro y tomó un poco de café, tras ello, comenzó a hablar:

– Hoy soñé algo realmente inaudito. Ciertamente, me llamó la atención. De hecho, rápidamente, tras despertar, saqué mi libreta y en ella apunté todo lo que aconteció en mi sueño. Ni siquiera me di tiempo para levantarme y despejarme, medio tumbado en la cama me apresuré a anotar todo lo que me había acontecido minutos, o segundos, antes.

– Sueño –dijo L.-, el sueño es algo interesante. ¿No podría ser que, en lugar de soñar, usted imaginara mientras dormía? Porque… ¿qué es soñar? ¿Es algo activo o pasivo? ¿El sueño se da en la realidad? ¿Es real la realidad de un sueño?

– Podría ser, la verdad –respondió-. Es más, casi debería darle la razón sin cuestionármelo porque me ocurrió algo que no suele pasarme habitualmente: tenía capacidad de elección. Por tanto, diría que se asemeja a imaginar mientras duermes, se asemeja a un hecho activo. El sueño, o lo que sea, efectivamente se da en la realidad… diría que es una realidad personal (e inválida para los demás, quizá) dentro de la realidad común, comunitaria, de todos.

– Interesante –añadió L.- La capacidad de elección entraña libertad, como si fuera parte de la propia vida.

– Lo es, interrumpió D. Lo sentí tan real como si fuera la vida misma. Tan real que puedo llegar a decir que es parte de mi experiencia. Parte ya, de mi propio recuerdo.

– Un momento, deberíamos dejar las cosas claras antes de continuar. ¿Qué es la experiencia? ¿Y un recuerdo? ¿Un recuerdo puede estar sostenido por algo irreal?

– Yo diría que la experiencia es aquello que a mí, y solo a mí, me otorga la razón. Creo que no es necesario añadir más. Sobre el recuerdo, pienso que si el “sueño” se ha vivido con la intensidad suficiente, el recuerdo puede tener la misma validez que uno que se sostiene sobre un hecho real. Sabiendo del lugar que procede cada uno, claro. No hay que olvidar que uno es parte de la imaginación o el subconsciente y el otro parte de la interacción con los objetos del propio mundo. Hay diferentes tipos de recuerdos: recuerdo que me ocurrió algo, por ejemplo, y recuerdo que soñé algo, pero de un sueño se puede aprender o, por lo menos, de lo que se piensa de él, después.

– Hablas de subconsciente e imaginación, pero en el sueño podías tomar decisiones… más bien lo “onírico” (si es que lo es) es el mundo en el que ocurrían los hechos, por tanto los propios hechos, pero tus decisiones eran conscientes y reales, sin embargo, carecían de repercusión en el mundo común, el mundo “de verdad”.

– Carecían de repercusión en el mundo… no del todo, puesto que el sueño me ha enseñado algo, he aprendido. Lo pondré en práctica en el “mundo real”, seguramente (D. apaga el pitillo en el cenicero y continúa hablando). Es un tanto curioso y en cierto punto quizá no parezca tener sentido, pero pienso que los sueños conscientes pueden aportar ciertos puntos de vista sobre la realidad.

– Puede ser, D. Pero, sin más dilación, háblame de tu sueño, me tienes en ascuas.

Entonces D. cogió su taza de café, pegó un gran trago, abrió la cajetilla de tabaco y sacó un cigarrillo, hizo lo mismo con la de cerillas y extrajo un fósforo. Se encendió el cigarro y tomó su cuaderno de notas para comenzar a contar todo su “sueño” con pelos y señales.

– Me encontraba en la cama, despierto y mirando hacia la ventana (era un día soleado), pensando en una sorpresa que seguro que haría mucha ilusión a Key. Entonces me di la vuelta y miré como dormía plácidamente tumbada en la cama, mientras recordaba el porqué de su nombre: ella no se llamaba así, simplemente el comienzo de él empezaba por el mismo fonema que la letra “K”. Entonces decidí que debería llamarla Key, porque contenía la letra “K” y, en inglés, era “llave”. Por ello Key, porque ella no es que tuviera, sino que era, la llave de mi corazón, la llave de mi felicidad. Lo mejor es que el nombre la encantaba, presumía delante de sus amigos y amigas, pero sólo quería oírlo de mi boca, porque yo lo había inventado y se lo había entregado a ella.

– ¡Vaya! Exclamó L.

– Entonces, tras relajarme con su sosegada y acompasada respiración. Tras observar su simétrica y angelical cara, tras sentir cada poro de su piel en mi propia mirada… tras deleitarme con la perfección de su presencia durante unos minutos, como siempre había hecho hasta entonces ejerció de musa en mi espíritu creativo y me dio la idea para la sorpresa: haríamos un viaje relámpago a la playa. Iríamos a la mejor cala para que los rayos de sol tuviera el honor de bañar su piel, para que la salada agua marina tuviera la suerte de disfrutar de su cuerpo. Para que yo, pudiera escucharla reír, verla sonreír y, sobre todo, sentirla feliz a mi lado. Aunque egoísta, no hay nada que me hiciera más feliz que su felicidad.

Tras ello, me levanté rápidamente de la cama, preparé una pequeña maleta con ropa de baño, unas toallas y lo necesario para pasar el día allí. Me conecté a internet con el ordenador, busqué la mejor cala de Cádiz y miré el estado de las carreteras: todo pintaba bien. Una vez había terminado todo, no me llevó más de treinta minutos, me dirigí a la cocina y preparé el desayuno para los dos. El café ya estaba en su punto y había preparado unas tostadas con mermelada, llevé el desayuno a Key a la cama mientras la despertaba con un beso. Ella se estiró y abrió los ojos, cuando me vio allí, frente a ella, con el desayuno, me besó. Me besó como el soldado que vuelve del fragor de la batalla besa a su amada: con una pasión absoluta, con una sensualidad completa, con un amor verdadero.

Desayunamos juntos y, cuando terminó, dije en alto: Hoy vamos a hacer un viaje.

Ella ni siquiera preguntó, simplemente sonrío y se vistió rápidamente. Su confianza en mí era total, conmigo nada parecía que podía salir mal… en realidad, era con ella con la que nada era posible que saliera mal, su mera presencia perfeccionaba cualquier momento, por malo que fuera.

Montamos en el coche una vez puesta la maleta en el maletero y nos encaminamos a nuestro destino. Eran las nueve de la mañana y nos encontrábamos a dos horas de camino. Yo conducía y ella iba a ciegas, porque no había preguntado sobre la meta de nuestro viaje. Cuando quedaba una hora para llegar paré en una gasolinera con la excusa de repostar, ella seguía sin conocer el verdadero rumbo del viaje. Había utilizado carreteras secundarias que no conocía, pocos carteles y poca información en los que había (a decir verdad, esta parte muestra que es un sueño, lo normal hubiese sido vendar sus ojos en la salida). Vendé sus ojos a la vez que le daba un apasionado beso y proseguimos. Tras otra hora de viaje en la que hablamos de música y del último libro que habíamos leído a la par, llegamos al aparcamiento. Su fe ciega en mí la impedía cuestionarse o cuestionarme nada, únicamente confiaba en que la sorpresa sería genial y sonreía mientras mostraba ese nerviosismo propio de los niños cuando viene la noche de los Reyes Magos. La ayudé a salir del coche y la dirigí, aún con los ojos vendados, a la cala. Allí estaba, vacía, esperándonos. Con su arena prácticamente virgen, sus aguas casi transparentes… parecía hecha para nosotros. Entonces me coloqué tras ella y, dirigiendo su mirada al horizonte, la quité la venda. Ella, en lugar de quedarse obnubilada por la belleza del mar se dio la vuelta y me besó de nuevo, me dijo que me quería, que me amaba. Entonces abrí la maleta (que había llevado conmigo desde que salimos del coche) y nos pusimos la ropa de baño, escondiéndonos para que nadie nos viera, como dos adolescentes viviendo su primer amor. Sabía que no fallaría si cogía su bikini favorito, así fue.

Nos bañamos, jugamos, reímos… y cuando nos encontramos cansados nos tumbamos a reposar y a tomar el sol.

Entonces Key me miró a los ojos, se acercó a mí y con sus preciosos labios rozando los míos, mientras nos encontrábamos sobre la cálida arena y el agua nos mojaba, dijo:

– D., el ser humano no necesita grandes fortunas, necesita amor. No necesita una gran casa o un coche potente, necesita saber que atrae a aquél o a aquélla que le quiere. Necesita excitación, necesita sorpresas diversas y belleza. Las personas no necesitan los últimos ordenadores y las mejores videoconsolas, necesitan hacer de sus vidas algo que valga la pena vivir y sea digno de recordar y contar a sus amigos, hijos o nietos. El ser humano necesita de otros seres humanos para ser humano, no necesita cosas; necesita gente. Necesita a gente buena, gente como tú, te necesita a ti.

Es más importante querer a alguien y ser querido que tener un buen o un mal trabajo. Nadie puede permitir que la vida le pase sin más, no hay que dar más importancia al dinero, a la forma de conseguirlo y a lo que reporta, de la que tiene; si de algo hemos de ser esclavos (o constructores), que sea del amor.

Y mientras nos fundíamos en el beso más profundo, bello y apasionado que recuerdo desperté entre lágrimas de alegría y, también, de tristeza.

– Es un relato verdaderamente entrañable e interesante, D. Freud diría, seguramente, que necesitas una novia y que por ello tu subconsciente te insta a buscarla. Debo añadir que la reflexión de Key al final es digna del mejor autor. Por tanto, decir que eres un pensador exquisito incluso durante tus sueños.

– Gracias. Sin embargo, nunca estaré de acuerdo con Freud. El sueño no creo que me inste a encontrar una novia, puesto que ya la he encontrado. El problema es que, aunque Key existe en el mundo real, su sentimiento hacia mí dista mucho de ser el que es en el sueño.

– Lo siento, entonces. De todos modos, tu físico no es malo y, todo hay que decirlo, si la sabiduría fuera atractiva, serías un Adonis. Dijo L., tratando de hacer un pequeño chascarrillo intelectual que levantara el ánimo de su amigo.

– Sea lo que sea, no tengo la suerte de poder construir el verdadero amor con quien creo que puedo hacerlo.

En ese momento, la mujer de L. le llama al móvil y mantienen una conversación que dura unos minutos.

– Debes disculparme, D. Mi mujer necesita que vaya a buscar a la guardería a nuestro hijo debido al mal tiempo y debo irme ya, con premura. Ella se encuentra en un gran atasco y es imposible que llegue a tiempo. Ha sido un verdadero placer compartir este rato contigo y, sin duda, pensaré, y mucho, en tu sueño, puesto que me resulta verdaderamente interesante. Esa reflexión, te repito, tiene mucho jugo.

– Estás disculpado, no te preocupes. Las obligaciones como padre son inescrutables. Cerró D.

D. acompaña a L. a la puerta y, al despedirse, se funden en un abrazo. Entonces L. enciende la luz del portal y llama al ascensor. Cuando llega entra en él y D. cierra la puerta.

Súbitamente D. levanta la cabeza y mira al frente: se ha quedado dormido en su despacho, trabajando en su libro. Coge su cuaderno y anota lo que recuerda: L., un gran pensador que le ha hecho reflexionar mucho durante el sueño. Su casa, que aparecía tal cual es en la realidad, con los cuadros y todo… su despacho, exactamente igual… y Key, que también es una realidad que aparecía en el sueño, en sus dos variantes: la que él querría y la real… sus lágrimas brotan de sus ojos mojando el cuaderno y haciendo que se corra la tinta. Ahora son de tristeza, no hay duda.

Un corto paseo

Se levanta pronto. Hoy es un día en el que tiene programado uno de sus paseos por la capital española. Vive en una pequeña ciudad a las afueras. Nunca le gustaron las aglomeraciones, pero sí le atrae pasear por Madrid y buscar en su memoria todo lo que conoce sobre la historia del lugar, mientras imagina a las gentes del pasado llevando una vida mucho más humana que los actuales habitantes. Son las ocho en punto de la mañana y ya está listo. Sale del portal y entra en el coche puesto que lo tiene al lado, vivir en un lugar apartado del gentío tiene sus ventajas. Hace frío, así que lo arranca con tranquilidad y se queda en el interior esperando a que alcance una temperatura óptima para partir. Mientras, enciende un cigarro, no es el primero de la mañana, pero es uno que le llama la atención. Se encuentra dentro del “cubito de hielo” que es su coche, sin apenas visibilidad y, con el humo del pitillo, consigue que se vea menos aún. Son las penas que hay que pagar por los pequeños placeres de la vida, obviamente sabe que en unos minutos podrá conducir con facilidad y seguridad.

Coge el coche y tras callejear se incorpora a la autopista que le conduce a Madrid. Lleva un GPS, no es suyo, se lo ha dejado un familiar, aunque se comienza a convertir en uno de esos objetos que pasan a tener otro propietario por el tiempo de uso. Tras algunos kilómetros y varios cigarros llega a su destino. En un principio tenía pensado visitar el llamado Madrid de los Austrias, pero un recuerdo inoportuno le hizo cambiar de opinión y decidió ir a la Plaza de España, para encaminarse al Templo de Debod. El templo en cuestión es de origen egipcio. El país africano lo regaló a España por ciertas ayudas que recibieron años atrás con algunas construcciones. No dista mucho de lo que fue en Egipto, pero bien es cierto que aquí no se ha reconstruido un arco y que poco quedan de los materiales originales. Muchísimos de ellos se han sustituido por piedras de origen español, aún así, sigue conservando la magia del antiguo Egipto. Tiene partes en su interior que siguen siendo un auténtico enigma para antropólogos, historiadores, filósofos e investigadores, siendo éstas las que realmente estaban en un principio, por suerte.

Una vez aparcado el coche en una de las calles aledañas a la Plaza de España se encamina a un bar cercano. Quiere tomar un café con churros y ver si tiene la suerte de que el dueño sea permisivo y le deje disfrutar de un pitillo en el interior, junto al desayuno. Desgraciadamente esto último no ocurre, la ley antitabaco es extremadamente prohibitiva y hay quien no quiere jugarse multas por luchar en favor de la libertad de los individuos. Por ello, tras comer los churros, sale al exterior con el café ya no tan caliente como al comienzo, añadiendo un frío que bien podría formar parte del clima siberiano. Una vez terminado el desayuno y habiendo cumplido con el pago de la minuta y la consiguiente propina, se encamina al templo.

No ha olvidado llevar consigo su cuaderno y un bolígrafo, así como el Hiperión, de Hölderlin, libro que se encuentra releyendo por cuarta o quinta vez.

Una vez habiendo rodeado el templo tras un paseo, se sienta y lee. Hace pausas para escribir ciertas ideas para poesías, historias, reflexiones, investigaciones… mientras fuma, mucho, como le gusta hacer cuando realiza trabajo intelectual, cuando vive. Abren el templo y decide entrar a visitarlo, le llama la atención el precio exagerado que cobran, pero lo paga, no hay más remedio.

Tras terminar la visita vuelve al banco en el que se sentó con anterioridad, a seguir leyendo. Son, más o menos, las doce de la mañana y el sol calienta lo suficiente como para invitar a los ciudadanos a salir a la calle, con lo que la zona comienza a tener un ambiente que poco invita al sosiego. Es en ese momento en el que, a través de Whatsapp, le llega un mensaje. Nunca fue amigo de la tecnología, pero no le queda otra: no sólo es un ahorro, sino que es un medio prioritario de comunicación de la sociedad, de los que le rodean, por tanto. El mensaje es del todo inesperado, es de su antigua pareja, motivo por el cual no había ido al Madrid de los Austrias, ya que por allí sabía que ella solía parar y no tenía ganas de molestias. En él le dice que se encuentra al lado de su coche, que lo ha reconocido. Ella vivía en Madrid y había salido por esa zona a hacer unas compras. Añade, también, que quiere verle. Él responde: voy, llegaré en veinte minutos.

A los veinte minutos se encontraba allí, a escasos quince metros de ella. Se acerca y se dan dos besos. Ella le pregunta que cómo está, él responde de manera breve y devuelve la pregunta. Ella dice que bien y añade que algunas veces le recuerda. Él afirma: jamás sabrás lo que es el amor, lo que es amar, ni siquiera querer. Es una asignatura que se le escapa a la mayor parte de la humanidad, y formas parte del grupo de suspensos, por el momento. Mira al infinito, abre el coche, lo arranca y se va. Ella le ve alejarse, incrédula, sin saber si pensar bien o mal, sin saber si pensar. Intenta sentir, pero realmente se da cuenta de que desconoce aquello que siente… Mientras, en el coche, con los ojos vidriosos, él sonríe y dice en voz alta: el escarabajo, el escarabajo, el escarabajo…

Viaje con destino.

Es muy pronto. Ella abre los ojos y se encuentra sola en la cama, todavía caliente. Sabe que debe darse prisa, hoy tienen un viaje programado y hay que tenerlo todo preparado para salir cuanto antes. No les gusta llegar tarde, es más, prefieren ir con tiempo para poder realizar todas las tareas y después volver a casa, a disfrutar de lo que queda de día en su querido pueblo. El lugar en el que son felices.

Él hace tiempo que está despierto. Se levantó sin hacer ruido, la acarició y separó su mano del cuerpo de su mujer sin que se diera cuenta, sin despertarla, como hace siempre. Se encuentra mirando tras el cristal de una puerta metálica, viendo amanecer. Los primero rayos de sol comienzan a entrar en el corral. Dirán que es típico o, incluso, que hay amaneceres más bonitos, pero ninguno es como ese, ninguno es como el que se da en su pueblo, en su casa, en el lugar que ellos y su familia han compartido siempre. Un corral, antes lleno de tierra y ahora cimentado, pero siempre lleno de vida, vegetal y animal, y lleno de vivencias y felicidad. Ahí han crecido ellos, han crecido sus hijos, sus nietos y, también, juegan ahora sus bisnietos cuando les visitan. Y tanto él como su esposa, mientras, disfrutan con todos.

Ya preparado desde hace tiempo, se sienta en un banco del portal a esperar y pensar. Portal que comienza a iluminarse gracias a la entrada del sol. Portal que, al igual que el corral, está lleno de recuerdos. Portal que ha vivido y vive innumerables visitas, no sólo de familia, sino de vecinos y amigos, que se reúnen allí para hablar y dialogar con ellos. Son unas personas muy queridas por todos y eso se nota, es una casa llena de jovialidad y alegría, llena de vida, llena de conversaciones interminables, llena de verdadera humanidad. Todo el que va es bien recibido, todos son invitados y convidados a aquello, aunque sea poco, que tengan. La vida ha sido dura, pero ahora recompensa y, gracias a la pequeña pensión que reciben, pueden dar y dar, sin pedir, como siempre quisieron.

Mientras, piensa en el trayecto que van a seguir. Deben hacer ciertos recados para vecinos del pueblo. Es costumbre allí que a aquél que va a un pueblo más grande se le encomienden ciertas cosas, ya que es una pequeña zona que no tiene los privilegios de una gran urbe. Antes, deben realizar unas gestiones, obligatorias, pero no demasiado significativas. La burocracia no es relevante, sea la que sea, aquello que realmente tiene importancia es el amor, el amor que ambos se profesan, el amor que existe en su familia. Lo demás, secundario, siempre.

Ella se levanta de la cama y entra al baño, se ducha como bien puede. Los años no perdonan y su estado físico no es el mejor, aún así sigue pudiendo valerse por sí misma. De todas formas, él la ayuda en lo que puede. Es despistado, ya arreglado la ayuda con la ducha, se va a manchar, ambos lo saben. Ella le echa una pequeña bronca, él la asume, sabía que ocurriría, pero a ninguno le importa en realidad, son cosas de la edad, la convivencia. A decir verdad, ninguno sabría vivir sin ello.

Una vez acaba de ducharse se peina y, mientras termina de vestirse y desayunar algo, él aprovecha para salir al corral y arrancar el coche (desayunó hace tiempo, debido a que se levantó muy pronto). Lo compró hace unos pocos años y se encuentra en perfectas condiciones, está casi nuevo, pero son manías que ya no puede evitar. Tiene que arrancarlo con tiempo, esperar a que “se caliente”, cuidarlo… siempre lo aparca igual, siempre lo coloca igual, siempre hace las mismas maniobras cuando lo tiene en el corral… y siempre lo mueve para dejarlo en la misma posición para que ella suba: la más cómoda que ha podido encontrar. Son pequeños detalles de los que él ni se da cuenta, ella tampoco, pero aquellos que lo ven desde fuera pueden sentir como dos personas son capaces de tocar y construir el amor con sus propias manos. Dejando el paso del tiempo y la rutina a una altura tan indiferente que sólo nombrarlas es un insulto a su relación.

Ella sale de casa y entre ambos cierran la puerta. Ella sube al coche y él abre los dos grandes portones que dan salida del corral a la calle. Conduce el automóvil hasta colocarlo en un lugar en el que no moleste a los vecinos del pueblo (la calle es concurrida por tractores y no hay que molestar a la gente cuando trabaja, es algo que en el pueblo se lleva a rajatabla). Una vez bien colocado (como siempre, en el lugar de siempre) se baja y se dirige a los portones. Cierra y, al igual que hizo con la llave de la puerta de casa, esconde la llave en un lugar que únicamente conocen ellos y su familia. Es otra manía, en lugar de guardar las llaves en un bolsillo y llevarlas con ellos cómo hacemos en las grandes ciudades, ellos son más confiados, simplemente las esconden en un lugar no muy difícil. Nunca se sabe si algún familiar va a ir a casa.

Una vez vuelve al coche emprenden su viaje. Dejando el gran frontón del pueblo a la izquierda, toman una de las vías secundarias. Ésta les conduce de manera más rápida a una pequeña carretera, que es la que deben tomar para poder incorporarse a una mayor, que comunica los pueblos más conocidos y habitados de la zona. Entre ellos el que deben visitar. Antes de salir, pasan por la nave de unos familiares, los cuales se encuentran en la puerta intentando guiar a las ovejas en su viaje diario a los pastos. Les saludan sin bajarse del coche y entablan una pequeña conversación. Como siempre, terminan diciéndoles: tened cuidado. Una expresión muy usada por allí. Obviamente, no se marchan sin preguntarles si quieren algo, pero, al igual que les dijeron ayer, se lo agradecen, pero no necesitan nada en esta ocasión.

Siguen adelante, a él nunca le gustó ir rápido, y menos ahora con la edad, por lo que va bastante lento, pero seguro, y respetando todas y cada una de las normas. Es prudente y buen conductor, evita el riesgo. Llegan a una señal de Stop y tras realizar la parada correspondiente, giran a la derecha. Ahora toca pasar por un vaivén de cuestas empinadísimas. En su juventud, él las recorría en bicicleta. A todos les cuenta que antes las pendientes eran iguales o peores, pero sin asfaltar, lo que hacía el camino arduo y costoso, pero con esfuerzo se podía conseguir, apuntaba. Sus hijos y sus nietos ahora también las recorren en bicicleta, pero como unos señoritos, ya que lo hacen sobre un pavimento bastante más sencillo. Aún así, reconoce su mérito y ríe cuando le cuentan sus hazañas (quizá recordando y comparándolas con las de sus años mozos). Pasadas las cuestas arriba (con sus correspondientes bajadas) llegan a un pueblo que se encuentra a su derecha. Deciden pasar unos minutos, allí tienen familia y quizá necesiten algo. Deja el coche en el mismo lugar en el que acostumbra a dejarlo cuando va allí de visita y llaman a la puerta de sus familiares. Les reciben con alegría, ofreciéndoles también lo que allí tienen, por si les apetece almorzar algo. Dicen que no, que van con algo de prisa, que pasaban para ver si necesitaban que les trajeran cualquier cosa y que a la vuelta se quedarán un rato más, así sería más productivo. Les encargan comprar unas pocas cosas y, tras apuntarlas en un papel, reemprenden su viaje.

Retoman la carretera y, dejando una pequeña iglesia a la izquierda, llegan a una intersección. En esa intersección siempre hay conflicto. Unos dicen que se ha de tomar de una forma y otros de otra, nadie se pone de acuerdo. Él, recordando los libros de autoescuela, siempre dice cómo se ha de hacer y tiene razón. El problema es que no todos los conductores se le asemejan en conocimiento. Giran a la izquierda en el cruce y, por fin, acceden a una carretera en buen estado. En esa carretera ya hay más afluencia de coches, hasta ahora habían ido solos, pero ahora les adelantan muchos. Es de doble sentido y únicamente está permitido adelantar en ciertos lugares, a él no le importa, no tiene prisa y casi nunca suele adelantar. Además piensa que la edad le limita y evita peligros innecesarios.

Ella está sentada en el asiento del copiloto, normalmente cuando viajan en coche hablan poco y si lo hacen es para planificar más o menos aquello que van a hacer. No le gusta molestar al conductor, que siempre se afana en que tengan un viaje tranquilo, sin sustos, concentrándose en aquello que hace. Están llegando a su destino. Dejando atrás campos de tierra fértil que acaban de ser cosechados, con alpacas colocadas de manera arbitraria a lo largo de las fincas, pero con un perfecto orden al establecerlas unas sobre otras y formar grandes estructuras.

Sin embargo, algo extraño ocurre. Llegan al pueblo al que se dirigían y él continúa conduciendo. Lo pasa de largo, no toma el desvío. Ella se extraña pero no pregunta nada, ni le avisa. Piensa que quizá vaya a otro lugar que desconozca. Tras unos minutos y más kilómetros recorridos se encuentran llegando a otro pueblo cercano y algo extraño ocurre. El páramo y las tierras cosechadas comienzan a quedarse atrás para dar lugar a frondosos bosques que se apuntalan a ambos lados de la carretera. Grandes árboles con hojas verdes, impregnadas del rocío de la mañana. El sol, más tenue se deja ver en la lejanía y sus rayos pasan entre los troncos de los árboles de tal forma que, en ocasiones, parecen finísimos hilos dorados que casi se pueden tocar. El clima cálido da paso a una temperatura algo más tibia, como si se hubieran transportado dos pares de cientos de kilómetros al noroeste, curiosamente puede situar casi con exactitud la zona. Entonces, ella pregunta: ¿Dónde vamos? Él responde: no te preocupes, ya estamos llegando.

Los preciosos bosques con grandes árboles no terminan, apareciendo tras ellos grandes montañas de altas cumbres con nubes que dejan escapar pequeños rayos de luz que inciden sobre el cristal del coche, haciendo juegos cromáticos variados y bellos. Son paisajes de una belleza indescriptible, paisajes que la recuerdan a aquellos viajes que hicieron nada más jubilarse. Esos eran lugares por los que habían pasado en autobús o que habían recorrido a pie, quizá los habían visto a través de una ventana, pero nunca los había visto desde un coche. Aquellos viajes que realizaron les permitieron conocer un mundo que hasta entonces les había sido vedado debido al trabajo en el campo y la necesidad. Toda esa grandiosidad y magnificencia que vieron en su momento ahora se presenta en su modesto viaje en coche. Es sorprendente, quizá increíble, pero es lo que está ocurriendo, de nuevo se encuentran allí, pero, esta vez, tras un viaje mucho más corto. Ella, intrigada, vuelve a preguntar: Pero… ¿Dónde vamos? Y él, otra vez, vuelve a responder: ya estamos llegando. Tras ello, la mujer, pestañea.

Entonces abre los ojos, está sola en la cama y el otro lado de ésta se encuentra frío. Es demasiado pronto en la madrugada aún y busca la mano de su esposo sobre su cuerpo, pero no está. Él hace tiempo que no está, hace tiempo que se fue. Hace unos meses que hizo presente su absoluta ausencia para no volver, para esperarla en otro lugar mejor. Lágrimas llenas de dolor, abandono y ausencia, sobre todo ausencia, ausencia absoluta, esa ausencia absoluta que él hizo presente aquél fatídico día, brotan de sus ojos. Siente que le echa de menos mientras gira su alianza sobre su dedo, siente que no puede vivir sin él, pero sabe que en todo ese dolor, en todo ese abandono, está su recuerdo, está él, como está en todos y cada uno de los miembros de su familia que tanto la quieren. Y por ello sigue, por ello siguen, porque nunca se fue del todo y porque siempre estará esperando, sonriendo, para volver a estar juntos, ellos y todos.

Tras el sueño, pasa la noche en vela. Decide levantarse de la cama cuando
escucha los ruidos que hace su hija al levantarse para ir a trabajar (ahora vive con dos de sus hijos). Los primeros rayos de sol comienzan a incidir a través de las persianas y ventanas del piso, ubicado en una gran ciudad, alejado de su pueblo. Ya no es lo mismo, ya no hay belleza en el amanecer, sin él no. Mientras desayuna, le cuenta lo que ha soñado. Su hija la abraza y dice que es algo muy bonito tener presente a su marido. En ella vuelven a brotar las lágrimas. Tras otro abrazo, su hija debe irse, las obligaciones laborales no perdonan y ella debe quedarse sola en casa, haciendo diferentes tareas para entretenerse.

Pasan los días y llega la familia a visitarla… sus otros hijos, los nietos… entonces su hija la anima a que comparta su sueño. Emocionada, lo cuenta para que todos puedan oírlo, las lágrimas vuelven a aflorar, todos recuerdan a su padre, su abuelo, su suegro… pero todos están de acuerdo en que de alguna forma permanece, en todos y cada uno de ellos. Es, quizá, inexplicable, pero cierto. De repente, la conversación cambia y se busca un momento de risa fácil, de distracción, para no afrontar el dolor de la pérdida en instantes que deberían ser de alegría… mientras, alguien en el salón se queda callado y decide recordar y escribir todo lo que ha oído, visto y sentido…

Historia basada en sueños reales…

Fotografía

Es extraño explicar el fenómeno que acontece en mi situación. Cuando esto comenzó a ocurrirme fue en un momento muy concreto de mi vida y, ciertamente, se ha convertido en una especie de habilidad, o capacidad, interesante y sentimental.

Puedo ver a mis familiares, en sus quehaceres diarios. Soy capaz de verles durante la hora de la comida en el salón, disfrutando de una conversación familiar, descansando mientras ven la TV… también cuando abren su cartera, ya que muchos me llevan consigo a todos los lados… incluso algunos encienden velas en una especie de santuario mediante el que intentan que protejamos a los suyos y, a su vez, nos protejan a nosotros, allá dónde estemos.

Lo que peor llevo es, sin duda, cuando mis familiares y amigos vienen a visitarme. Sus caras de tristeza lo dicen todo, lloran, se abrazan… el silencio se convierte en el sonido más ensordecedor, haciendo que el tiempo se pare y nada avance ni nada retroceda… por un momento la Tierra deja de girar y el Universo entero paraliza su rumbo para retomarlo bruscamente. Los recuerdos vienen, los sentimientos afloran y en la vorágine de sensaciones todo parece no continuar su ritmo habitual. Después, por suerte, todo se calma y tras dejarme unas flores, suelen irse apenados, pero con ganas de seguir disfrutando y luchando cada día de su existencia.

Yo, gracias a ellos, puedo estar en sus casas, en sus vidas diarias, con todos, porque me recuerdan y siempre les acompaña una fotografía mía a través de la cual puedo seguir con ellos lo que les ocurre. Aunque no les pueda hablar, no les pueda abrazar, no les pueda decir que les quiero… les puedo mirar, fijamente, como hacía en vida, y no hay nada que más verdad contenga que el tú a tú de los ojos de dos personas.

Mi abuelo

Mi abuelo era un buen hombre. Era una grandísima persona. Más allá de eso sé algo que a día de hoy sigue dándome ánimos para continuar y seguir caminando: mi abuelo era, y estoy seguro de que es allá dónde esté, feliz.

Digo feliz, porque era absolutamente feliz, completamente, en su plenitud. Desde que le conocí, o tengo recuerdo de él, al menos, lo era. Y lo era porque le llenaba su familia, porque vivía intensamente todo lo que acontecía en ella. Sufrió intensamente la muerte de sus padres, de sus hermanas, de sus grandes amigos… igual que disfrutó con la misma intensidad de la vida en pareja con su mujer (mi abuela), sus hijos, sus nietos, sus bisnietos… Siempre nos contaba tramas genealógicas, trataba de hilar cabos familiares, incluso lejanos, y no le gustaba perder el contacto con todo aquél que era primo, sobrino, cuñado… amigo de la infancia, compañero del antiguo servicio militar obligatorio, de fatigas… era un hombre entregado a los suyos, y a todos.

Le encantaba contarnos cómo era la vida en el pueblo, su pueblo, el lugar que él mejor conocía, y compararla con lo que, tras disfrutar de la oportunidad de jubilarse y viajar por la geografía española lo poco que pudo, había conseguido ver y compartir. Así, nos contaba a los nietos, mientras jugaba con sus bisnietos, historias sobre los lugares que, en el presente, nosotros pisábamos dando un paseo cuando íbamos a visitarle. Nos decía que, antiguamente, en el pueblo, no había electricidad. El único que podía gozar de ella era el habitante del molino, a día de hoy abandonado y medio derruido, porque la adquiría gracias a la energía del agua. Con ello, también tenía una radio. La única del pueblo, una antiquísima radio, que no tenía un gran sonido, simplemente sonaba y distraía… comunicaba… emitía música. El molino se encontraba, cómo no, al lado del río, a unos 20 minutos del pueblo, caminando. A día de hoy se pueden visitar las ruinas, pero los que lo hacemos únicamente vamos en las horas de sol, porque por la noche se hace difícil guiarse por esos caminos aún con ayuda de una linterna… sólo sabes que has llegado en el momento en el que topas de bruces con un nogal, un nogal entrado en años que, cada ciclo, sigue dando nueces. Mi abuelo nos contaba que cuando era joven él iba al molino por las noches con un gran amigo suyo y vecino del pueblo, a escuchar la radio junto al dueño del molino, a escuchar a dos de sus cantantes preferidos: Manolo Caracol y Antonio Molina. Trabajaba de sol a sol y, pese a no haber disfrutado de una educación como la nuestra, obviaba horas de sueño y descanso para disfrutar de la cultura musical. Eso hacía mi abuelo, y eso nos contaba, alegre y entrañable, sonriendo, queriéndonos con sus palabras, sus gestos…

Recuerdo a mi abuelo, lo recordaré siempre, aunque se fuera parar no volver o para esperarnos a todos pacientemente a que lleguemos al lugar en el que se encuentra. Es algo que quería compartir, como hacía él.

Luna

Dicen los astrónomos que cada vez vemos la Luna más pequeña, que, con el paso de los años, miles de años, se aleja de nuestro planeta, se aleja de nosotros.

La Luna es ese astro que siempre está presente en nuestra vida. Haciendo compañía a los solitarios, alimentando la imaginación de los soñadores, sosegando la tristeza de los melancólicos, siendo la referencia de las parejas en sus noches de amor… incluso es partícipe de la fría oscuridad en la que ocurren crímenes bajo su falsa luz, mientras que también sirve de inspiración para inventar mitos y leyendas que atormenten a los más pequeños, consiguiendo así que se vayan a dormir. La Luna, tan aparentemente redonda y clara, a la vez falta de luz propia… que jamás nos enseña una de sus caras, quizá por maldad, quizá por miedo, quizá por imposibilidad o benevolencia… su razón para ocultarse es tan misteriosa como todas las historias que nuestra compañera sabe de nosotros y calla.

Porque ella nos conoce, y nos conoce muy bien. No sólo porque lleva toda la historia contemplándonos, sino porque fue testigo directo de los más grandes episodios en los que la humanidad ha sido protagonista, para bien o para mal. Ella ha sido testigo de los intercambios fenicios con los cartagineses en el Mediterráneo, de las conversaciones bajo el silencio nocturno de los antiguos griegos, observó a Napoleón en Egipto hablando a sus hombres sobre el respeto que habían de mostrar a las pirámides, pudo ver la crueldad del hombre en las Guerras Mundiales, las masacres de las bombas atómicas y los genocidios sudafricanos, todas las guerras europeas habidas y por haber… infinitos delitos, atracos, violaciones, torturas y asesinatos a lo largo del mundo… todo ello ha sido presenciado por nuestro astro, ese que nos lleva acompañando desde el primer momento de nuestra andadura.

Dicen unos que nosotros le hemos visitado una vez, otros que fue una mera recreación… sea lo que sea, el pensamiento del hombre siempre se encuentra enfocado a encontrar un rendimiento a un lugar que, aún viendo la tiranía del observador para consigo mismo, sigue intentando servir de inspiración a filósofos, poetas, matemáticos, amantes, solitarios… en su absoluta bondad no ceja en su empeño de reconducir un barco (como hacía en el pasado) que cada vez se encuentra más a la deriva… y quizá se aleje por eso, porque tiene miedo, pánico… Tiene verdadero terror de que tras ayudarnos, terminemos por destruirla, como hacemos con la Tierra. Mientras ella se encuentra en la necesidad de ser testigo impasible de bondad infinita de los más atroces acontecimientos que el ser humano pueda imaginar, dado que es capaz de llevarlos a cabo.

En recuerdo de Neil Armstrong, DEP.