Más pensamientos sobre el amor

Es interesante ver que, en la actualidad, una de las grandes lacras de la juventud es el amor. Se ha convertido en una pesada carga que hunde en lo más profundo del océano a los individuos. Intentaré explicarlo.

Partamos de la tesis de que desde los comienzos de la humanidad hasta unos años atrás, el amor se caracterizaba por ser, sino eterno, infinito: siempre ganaba, perduraba en el tiempo. No sería justo negar las grandísimas historias de desamor (tanto ficticias, como verídicas), pero la tónica general, aquello que queda en nuestra memoria de esta época pasada es que el amor se quedaba, no se iba. Curiosamente, en la actualidad, el amor se caracteriza no por quedarse, sino por irse.

Lo que antes se consideraba largo, duradero y “para siempre”, ahora suele desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Bien es cierto que las estadísticas de divorcios (al menos en España) no han crecido demasiado con respecto a otras épocas (incluso en comparación con la última dictadura que sufrimos), pero no es a dichas estadísticas a las que me refiero. Es a la ruptura entre parejas, parejas de jóvenes (y, quizá, no tan jóvenes).

En anteriores épocas, debido a la cultura en gran parte, la primera pareja solía ser la pareja definitiva. El amor, el único amor, perduraba en el tiempo. Ahora, esa percepción del amor ha variado considerablemente. Una gran amiga me decía hace un tiempo: “si tienes una nueva pareja no te ilusiones, lo más probable es que salga mal. ¿O acaso han salido bien tus anteriores relaciones?” Poco hay que no sea cierto en sus palabras. Estadísticamente una relación está condenada a terminar. La matemática se ha puesto del lado del desamor y contra ella no se pueden usar métodos tradicionales.

Aquí nos encontramos con la problemática de cómo afrontar una ruptura, una ruptura, por otra parte, lógica y matemáticamente anunciada. Pues bien, por el lado masculino es curioso el proceso. El hombre masa (utilizando el concepto de Ortega) suele buscar sexo, mientras trata de disfrazarlo, enmascararlo u ocultarlo bajo la capa del amor más profundo. Es por ello que las relaciones suelen terminar. También es por ello la gran cantidad de veinteañeros y treintañeros que mendigan relaciones que, cuando “disfrutan”, no pueden mantener debido al pavor que les da abandonar las faldas de su madre. Son hombres que fueron criados por mujeres (parafraseando a Tyler Durden), su salvación no será otra mujer, diría él; yo, más bien, apuntaría que no sabrían cuidar de otra mujer, o como otra mujer se merece. ¿Por qué? Porque ellos han sido cuidados y sólo buscan otra cuidadora. Una cuidadora física, en el apartado hogareño y sexual. Así, nos encontramos con una generación de hombres que se encuentran con un gran vacío espiritual (e intelectual). No conocen el amor ni lo buscan adecuadamente, realmente su esperanza es la igualación del sexo con tan bonito sentimiento, y que este engaño lleve a la mujer de turno a perder su tiempo vital con él.

Las mujeres masa, por su parte, parecen comportarse de manera diferente. Si bien pocas conocen el verdadero significado del amor, la gran mayoría lo buscan, con una seguridad insólita al afirmar que lo van a encontrar. Es como el arqueólogo que asevera que, con necesidad tautológica, dará, a lo largo de su vida, con el tesoro perdido de la Atlántida: un sinsentido, salvo intervención sobrenatural. Buscan aquello que no conocen sin tener la mínima pista sobre lo que quieren encontrar, pero buscan y buscan, sin rumbo fijo. Sin embargo, sí quieren una pareja en su vida que cumpla ciertas convicciones culturales preestablecidas: tenga cierto trato con ellas, se comporte de una manera u otra, hable de una forma u otra… sin obviar lo más importante: el aspecto físico. Algo primordial, nótese la ironía, si lo que se busca es compartir una vida (siendo el paso del tiempo para el ser humano la degeneración de su cuerpo). Es por ello que las rupturas para las mujeres son, incluso, más difíciles: siempre piensan que ese podría haber sido el hombre de su vida (aunque sean ellas las que lo dejen, curiosamente, o intenten convencerse repitiendo hasta la saciedad lo contrario). Es una búsqueda en la que el objeto buscado es menospreciado debido al desconocimiento de ese propio objeto, no hay una idea, hay una palabra, sin definición ostensiva, no hay objeto, no hay nada, es vacía.

Vemos el comportamiento de los dos sexos: los hombres no se manejan en el concepto del amor y no buscan adecuadamente, intentando sexualizar el propio amor que no conocen. Las mujeres, por su parte, sí que buscan el verdadero amor (aunque no lo conozcan), bajo la búsqueda cultural preestablecida. En este caso, el género femenino podríamos decir que entiende el sexo de manera dual: mientras que muchas perciben el acto como un intercambio y suelen practicarlo a menudo con diferentes sujetos, otras necesitan de una mayor confianza para realizarlo, pero no dejan de hacerlo en cuanto la adquieren.

Llegamos entonces a la interesante dupla del sexo/sexualidad. Voy a tomar la sexualidad y dejaré el sexo como mero acto de confluencia de cuerpos.

La sexualidad, bajo mi punto de vista, se nutre de cuatro pilares: el pilar emocional, el pilar intelectual, el pilar espiritual y el pilar físico (sexo). Así nos encontramos que el acto sexual es una parte de la sexualidad y, ni de lejos, la más importante. En los tiempos que corren, miles de jóvenes (tanto mujeres como hombres) entregan sus cuerpos a la confluencia por el mero placer, por el disfrute. Aparece entonces una sociedad llena de corrupción, la corrupción del cuerpo y, por tanto, corrompida emocional, intelectual y espiritualmente. La sociedad no practica la sexualidad, practica el sexo. La sexualidad (que contiene al acto sexual, ya que no defiendo la negación de éste) no es simplemente el disfrute de un momento, sino el trabajo por la continuación del propio momento. Es decir, en la pareja, ambos sujetos tratan de satisfacer intelectual, espiritual y emocionalmente al otro (así como a sí mismos), al igual que físicamente, siendo, entonces, esta última faceta la menos importante de la sexualidad.  Es, por tanto, crucial tener siempre éstas dimensiones presentes a la hora de buscar pareja: intelecto, espíritu, emociones y físico, obviamente, pero no primordialmente (como apuntaba ya Platón en El Banquete). No podemos olvidar que la propia búsqueda debe ser bidireccional: los ámbitos intelectual, espiritual, emocional y físico deben ser compartidos, es decir, dados y recibidos.

Sabiendo lo que es la sexualidad podemos entrar de lleno en el amor. No voy a repetir lo que anteriormente dije en otro post (Amor), así que voy a ampliar un poco por encima las consideraciones anteriores y actuales.

El amor es un constructo. Un constructo entre humanos y, por tanto, humano. Así, las metáforas sobre el amor que lo describen como un fuego se encuentran equivocadas. Las llamaradas consumen, el amor es vida, por tanto debe ser, al menos, otra cosa. Defiendo que el amor es aquello que construyen dos amantes con sus manos y que sólo se mantiene si ambos mantienen sus manos en él. Si en cualquier momento cualquiera de ambos aparta su mano del constructo, el puzle se deshace y es entonces cuando ambos han de darse cuenta de que aquello que vivían no era amor verdadero. El amor verdadero es aquél que no tiene fin, que no acaba ni con la muerte, porque queda en el recuerdo no ya de los amantes, sino de aquellos que participaron de ese amor. El amor verdadero ha de mantenerse bidireccionalmente con ayuda del marco de la sexualidad y sus dimensiones intelectual, espiritual, emocional y física, todo bañado de la propia vida y circunstancias que rodeen a los amantes.

Vemos, entonces, que lo que existe es una falsa idea de amor. Que éste no termina, debido a que jamás empezó y que la primera afirmación que hice “se caracteriza no por quedarse, sino por irse” no se debe enfocar al amor verdadero, dado que siempre estuvo. El problema no es del amor, sino de todos aquellos seres humanos que viven engañados y que jamás darán con la “piedra de toque” que les ayude a disfrutarlo en compañía de la pareja correcta.

De todos modos, suerte.

Sin acritud.

PD: El post es una reflexión no corregida, no pretende ser un tratado, sino que es algo que se me ha planteado pensando en el problema de alguien a quien tengo mucho aprecio.

Un corto paseo

Se levanta pronto. Hoy es un día en el que tiene programado uno de sus paseos por la capital española. Vive en una pequeña ciudad a las afueras. Nunca le gustaron las aglomeraciones, pero sí le atrae pasear por Madrid y buscar en su memoria todo lo que conoce sobre la historia del lugar, mientras imagina a las gentes del pasado llevando una vida mucho más humana que los actuales habitantes. Son las ocho en punto de la mañana y ya está listo. Sale del portal y entra en el coche puesto que lo tiene al lado, vivir en un lugar apartado del gentío tiene sus ventajas. Hace frío, así que lo arranca con tranquilidad y se queda en el interior esperando a que alcance una temperatura óptima para partir. Mientras, enciende un cigarro, no es el primero de la mañana, pero es uno que le llama la atención. Se encuentra dentro del “cubito de hielo” que es su coche, sin apenas visibilidad y, con el humo del pitillo, consigue que se vea menos aún. Son las penas que hay que pagar por los pequeños placeres de la vida, obviamente sabe que en unos minutos podrá conducir con facilidad y seguridad.

Coge el coche y tras callejear se incorpora a la autopista que le conduce a Madrid. Lleva un GPS, no es suyo, se lo ha dejado un familiar, aunque se comienza a convertir en uno de esos objetos que pasan a tener otro propietario por el tiempo de uso. Tras algunos kilómetros y varios cigarros llega a su destino. En un principio tenía pensado visitar el llamado Madrid de los Austrias, pero un recuerdo inoportuno le hizo cambiar de opinión y decidió ir a la Plaza de España, para encaminarse al Templo de Debod. El templo en cuestión es de origen egipcio. El país africano lo regaló a España por ciertas ayudas que recibieron años atrás con algunas construcciones. No dista mucho de lo que fue en Egipto, pero bien es cierto que aquí no se ha reconstruido un arco y que poco quedan de los materiales originales. Muchísimos de ellos se han sustituido por piedras de origen español, aún así, sigue conservando la magia del antiguo Egipto. Tiene partes en su interior que siguen siendo un auténtico enigma para antropólogos, historiadores, filósofos e investigadores, siendo éstas las que realmente estaban en un principio, por suerte.

Una vez aparcado el coche en una de las calles aledañas a la Plaza de España se encamina a un bar cercano. Quiere tomar un café con churros y ver si tiene la suerte de que el dueño sea permisivo y le deje disfrutar de un pitillo en el interior, junto al desayuno. Desgraciadamente esto último no ocurre, la ley antitabaco es extremadamente prohibitiva y hay quien no quiere jugarse multas por luchar en favor de la libertad de los individuos. Por ello, tras comer los churros, sale al exterior con el café ya no tan caliente como al comienzo, añadiendo un frío que bien podría formar parte del clima siberiano. Una vez terminado el desayuno y habiendo cumplido con el pago de la minuta y la consiguiente propina, se encamina al templo.

No ha olvidado llevar consigo su cuaderno y un bolígrafo, así como el Hiperión, de Hölderlin, libro que se encuentra releyendo por cuarta o quinta vez.

Una vez habiendo rodeado el templo tras un paseo, se sienta y lee. Hace pausas para escribir ciertas ideas para poesías, historias, reflexiones, investigaciones… mientras fuma, mucho, como le gusta hacer cuando realiza trabajo intelectual, cuando vive. Abren el templo y decide entrar a visitarlo, le llama la atención el precio exagerado que cobran, pero lo paga, no hay más remedio.

Tras terminar la visita vuelve al banco en el que se sentó con anterioridad, a seguir leyendo. Son, más o menos, las doce de la mañana y el sol calienta lo suficiente como para invitar a los ciudadanos a salir a la calle, con lo que la zona comienza a tener un ambiente que poco invita al sosiego. Es en ese momento en el que, a través de Whatsapp, le llega un mensaje. Nunca fue amigo de la tecnología, pero no le queda otra: no sólo es un ahorro, sino que es un medio prioritario de comunicación de la sociedad, de los que le rodean, por tanto. El mensaje es del todo inesperado, es de su antigua pareja, motivo por el cual no había ido al Madrid de los Austrias, ya que por allí sabía que ella solía parar y no tenía ganas de molestias. En él le dice que se encuentra al lado de su coche, que lo ha reconocido. Ella vivía en Madrid y había salido por esa zona a hacer unas compras. Añade, también, que quiere verle. Él responde: voy, llegaré en veinte minutos.

A los veinte minutos se encontraba allí, a escasos quince metros de ella. Se acerca y se dan dos besos. Ella le pregunta que cómo está, él responde de manera breve y devuelve la pregunta. Ella dice que bien y añade que algunas veces le recuerda. Él afirma: jamás sabrás lo que es el amor, lo que es amar, ni siquiera querer. Es una asignatura que se le escapa a la mayor parte de la humanidad, y formas parte del grupo de suspensos, por el momento. Mira al infinito, abre el coche, lo arranca y se va. Ella le ve alejarse, incrédula, sin saber si pensar bien o mal, sin saber si pensar. Intenta sentir, pero realmente se da cuenta de que desconoce aquello que siente… Mientras, en el coche, con los ojos vidriosos, él sonríe y dice en voz alta: el escarabajo, el escarabajo, el escarabajo…

Viaje con destino.

Es muy pronto. Ella abre los ojos y se encuentra sola en la cama, todavía caliente. Sabe que debe darse prisa, hoy tienen un viaje programado y hay que tenerlo todo preparado para salir cuanto antes. No les gusta llegar tarde, es más, prefieren ir con tiempo para poder realizar todas las tareas y después volver a casa, a disfrutar de lo que queda de día en su querido pueblo. El lugar en el que son felices.

Él hace tiempo que está despierto. Se levantó sin hacer ruido, la acarició y separó su mano del cuerpo de su mujer sin que se diera cuenta, sin despertarla, como hace siempre. Se encuentra mirando tras el cristal de una puerta metálica, viendo amanecer. Los primero rayos de sol comienzan a entrar en el corral. Dirán que es típico o, incluso, que hay amaneceres más bonitos, pero ninguno es como ese, ninguno es como el que se da en su pueblo, en su casa, en el lugar que ellos y su familia han compartido siempre. Un corral, antes lleno de tierra y ahora cimentado, pero siempre lleno de vida, vegetal y animal, y lleno de vivencias y felicidad. Ahí han crecido ellos, han crecido sus hijos, sus nietos y, también, juegan ahora sus bisnietos cuando les visitan. Y tanto él como su esposa, mientras, disfrutan con todos.

Ya preparado desde hace tiempo, se sienta en un banco del portal a esperar y pensar. Portal que comienza a iluminarse gracias a la entrada del sol. Portal que, al igual que el corral, está lleno de recuerdos. Portal que ha vivido y vive innumerables visitas, no sólo de familia, sino de vecinos y amigos, que se reúnen allí para hablar y dialogar con ellos. Son unas personas muy queridas por todos y eso se nota, es una casa llena de jovialidad y alegría, llena de vida, llena de conversaciones interminables, llena de verdadera humanidad. Todo el que va es bien recibido, todos son invitados y convidados a aquello, aunque sea poco, que tengan. La vida ha sido dura, pero ahora recompensa y, gracias a la pequeña pensión que reciben, pueden dar y dar, sin pedir, como siempre quisieron.

Mientras, piensa en el trayecto que van a seguir. Deben hacer ciertos recados para vecinos del pueblo. Es costumbre allí que a aquél que va a un pueblo más grande se le encomienden ciertas cosas, ya que es una pequeña zona que no tiene los privilegios de una gran urbe. Antes, deben realizar unas gestiones, obligatorias, pero no demasiado significativas. La burocracia no es relevante, sea la que sea, aquello que realmente tiene importancia es el amor, el amor que ambos se profesan, el amor que existe en su familia. Lo demás, secundario, siempre.

Ella se levanta de la cama y entra al baño, se ducha como bien puede. Los años no perdonan y su estado físico no es el mejor, aún así sigue pudiendo valerse por sí misma. De todas formas, él la ayuda en lo que puede. Es despistado, ya arreglado la ayuda con la ducha, se va a manchar, ambos lo saben. Ella le echa una pequeña bronca, él la asume, sabía que ocurriría, pero a ninguno le importa en realidad, son cosas de la edad, la convivencia. A decir verdad, ninguno sabría vivir sin ello.

Una vez acaba de ducharse se peina y, mientras termina de vestirse y desayunar algo, él aprovecha para salir al corral y arrancar el coche (desayunó hace tiempo, debido a que se levantó muy pronto). Lo compró hace unos pocos años y se encuentra en perfectas condiciones, está casi nuevo, pero son manías que ya no puede evitar. Tiene que arrancarlo con tiempo, esperar a que “se caliente”, cuidarlo… siempre lo aparca igual, siempre lo coloca igual, siempre hace las mismas maniobras cuando lo tiene en el corral… y siempre lo mueve para dejarlo en la misma posición para que ella suba: la más cómoda que ha podido encontrar. Son pequeños detalles de los que él ni se da cuenta, ella tampoco, pero aquellos que lo ven desde fuera pueden sentir como dos personas son capaces de tocar y construir el amor con sus propias manos. Dejando el paso del tiempo y la rutina a una altura tan indiferente que sólo nombrarlas es un insulto a su relación.

Ella sale de casa y entre ambos cierran la puerta. Ella sube al coche y él abre los dos grandes portones que dan salida del corral a la calle. Conduce el automóvil hasta colocarlo en un lugar en el que no moleste a los vecinos del pueblo (la calle es concurrida por tractores y no hay que molestar a la gente cuando trabaja, es algo que en el pueblo se lleva a rajatabla). Una vez bien colocado (como siempre, en el lugar de siempre) se baja y se dirige a los portones. Cierra y, al igual que hizo con la llave de la puerta de casa, esconde la llave en un lugar que únicamente conocen ellos y su familia. Es otra manía, en lugar de guardar las llaves en un bolsillo y llevarlas con ellos cómo hacemos en las grandes ciudades, ellos son más confiados, simplemente las esconden en un lugar no muy difícil. Nunca se sabe si algún familiar va a ir a casa.

Una vez vuelve al coche emprenden su viaje. Dejando el gran frontón del pueblo a la izquierda, toman una de las vías secundarias. Ésta les conduce de manera más rápida a una pequeña carretera, que es la que deben tomar para poder incorporarse a una mayor, que comunica los pueblos más conocidos y habitados de la zona. Entre ellos el que deben visitar. Antes de salir, pasan por la nave de unos familiares, los cuales se encuentran en la puerta intentando guiar a las ovejas en su viaje diario a los pastos. Les saludan sin bajarse del coche y entablan una pequeña conversación. Como siempre, terminan diciéndoles: tened cuidado. Una expresión muy usada por allí. Obviamente, no se marchan sin preguntarles si quieren algo, pero, al igual que les dijeron ayer, se lo agradecen, pero no necesitan nada en esta ocasión.

Siguen adelante, a él nunca le gustó ir rápido, y menos ahora con la edad, por lo que va bastante lento, pero seguro, y respetando todas y cada una de las normas. Es prudente y buen conductor, evita el riesgo. Llegan a una señal de Stop y tras realizar la parada correspondiente, giran a la derecha. Ahora toca pasar por un vaivén de cuestas empinadísimas. En su juventud, él las recorría en bicicleta. A todos les cuenta que antes las pendientes eran iguales o peores, pero sin asfaltar, lo que hacía el camino arduo y costoso, pero con esfuerzo se podía conseguir, apuntaba. Sus hijos y sus nietos ahora también las recorren en bicicleta, pero como unos señoritos, ya que lo hacen sobre un pavimento bastante más sencillo. Aún así, reconoce su mérito y ríe cuando le cuentan sus hazañas (quizá recordando y comparándolas con las de sus años mozos). Pasadas las cuestas arriba (con sus correspondientes bajadas) llegan a un pueblo que se encuentra a su derecha. Deciden pasar unos minutos, allí tienen familia y quizá necesiten algo. Deja el coche en el mismo lugar en el que acostumbra a dejarlo cuando va allí de visita y llaman a la puerta de sus familiares. Les reciben con alegría, ofreciéndoles también lo que allí tienen, por si les apetece almorzar algo. Dicen que no, que van con algo de prisa, que pasaban para ver si necesitaban que les trajeran cualquier cosa y que a la vuelta se quedarán un rato más, así sería más productivo. Les encargan comprar unas pocas cosas y, tras apuntarlas en un papel, reemprenden su viaje.

Retoman la carretera y, dejando una pequeña iglesia a la izquierda, llegan a una intersección. En esa intersección siempre hay conflicto. Unos dicen que se ha de tomar de una forma y otros de otra, nadie se pone de acuerdo. Él, recordando los libros de autoescuela, siempre dice cómo se ha de hacer y tiene razón. El problema es que no todos los conductores se le asemejan en conocimiento. Giran a la izquierda en el cruce y, por fin, acceden a una carretera en buen estado. En esa carretera ya hay más afluencia de coches, hasta ahora habían ido solos, pero ahora les adelantan muchos. Es de doble sentido y únicamente está permitido adelantar en ciertos lugares, a él no le importa, no tiene prisa y casi nunca suele adelantar. Además piensa que la edad le limita y evita peligros innecesarios.

Ella está sentada en el asiento del copiloto, normalmente cuando viajan en coche hablan poco y si lo hacen es para planificar más o menos aquello que van a hacer. No le gusta molestar al conductor, que siempre se afana en que tengan un viaje tranquilo, sin sustos, concentrándose en aquello que hace. Están llegando a su destino. Dejando atrás campos de tierra fértil que acaban de ser cosechados, con alpacas colocadas de manera arbitraria a lo largo de las fincas, pero con un perfecto orden al establecerlas unas sobre otras y formar grandes estructuras.

Sin embargo, algo extraño ocurre. Llegan al pueblo al que se dirigían y él continúa conduciendo. Lo pasa de largo, no toma el desvío. Ella se extraña pero no pregunta nada, ni le avisa. Piensa que quizá vaya a otro lugar que desconozca. Tras unos minutos y más kilómetros recorridos se encuentran llegando a otro pueblo cercano y algo extraño ocurre. El páramo y las tierras cosechadas comienzan a quedarse atrás para dar lugar a frondosos bosques que se apuntalan a ambos lados de la carretera. Grandes árboles con hojas verdes, impregnadas del rocío de la mañana. El sol, más tenue se deja ver en la lejanía y sus rayos pasan entre los troncos de los árboles de tal forma que, en ocasiones, parecen finísimos hilos dorados que casi se pueden tocar. El clima cálido da paso a una temperatura algo más tibia, como si se hubieran transportado dos pares de cientos de kilómetros al noroeste, curiosamente puede situar casi con exactitud la zona. Entonces, ella pregunta: ¿Dónde vamos? Él responde: no te preocupes, ya estamos llegando.

Los preciosos bosques con grandes árboles no terminan, apareciendo tras ellos grandes montañas de altas cumbres con nubes que dejan escapar pequeños rayos de luz que inciden sobre el cristal del coche, haciendo juegos cromáticos variados y bellos. Son paisajes de una belleza indescriptible, paisajes que la recuerdan a aquellos viajes que hicieron nada más jubilarse. Esos eran lugares por los que habían pasado en autobús o que habían recorrido a pie, quizá los habían visto a través de una ventana, pero nunca los había visto desde un coche. Aquellos viajes que realizaron les permitieron conocer un mundo que hasta entonces les había sido vedado debido al trabajo en el campo y la necesidad. Toda esa grandiosidad y magnificencia que vieron en su momento ahora se presenta en su modesto viaje en coche. Es sorprendente, quizá increíble, pero es lo que está ocurriendo, de nuevo se encuentran allí, pero, esta vez, tras un viaje mucho más corto. Ella, intrigada, vuelve a preguntar: Pero… ¿Dónde vamos? Y él, otra vez, vuelve a responder: ya estamos llegando. Tras ello, la mujer, pestañea.

Entonces abre los ojos, está sola en la cama y el otro lado de ésta se encuentra frío. Es demasiado pronto en la madrugada aún y busca la mano de su esposo sobre su cuerpo, pero no está. Él hace tiempo que no está, hace tiempo que se fue. Hace unos meses que hizo presente su absoluta ausencia para no volver, para esperarla en otro lugar mejor. Lágrimas llenas de dolor, abandono y ausencia, sobre todo ausencia, ausencia absoluta, esa ausencia absoluta que él hizo presente aquél fatídico día, brotan de sus ojos. Siente que le echa de menos mientras gira su alianza sobre su dedo, siente que no puede vivir sin él, pero sabe que en todo ese dolor, en todo ese abandono, está su recuerdo, está él, como está en todos y cada uno de los miembros de su familia que tanto la quieren. Y por ello sigue, por ello siguen, porque nunca se fue del todo y porque siempre estará esperando, sonriendo, para volver a estar juntos, ellos y todos.

Tras el sueño, pasa la noche en vela. Decide levantarse de la cama cuando
escucha los ruidos que hace su hija al levantarse para ir a trabajar (ahora vive con dos de sus hijos). Los primeros rayos de sol comienzan a incidir a través de las persianas y ventanas del piso, ubicado en una gran ciudad, alejado de su pueblo. Ya no es lo mismo, ya no hay belleza en el amanecer, sin él no. Mientras desayuna, le cuenta lo que ha soñado. Su hija la abraza y dice que es algo muy bonito tener presente a su marido. En ella vuelven a brotar las lágrimas. Tras otro abrazo, su hija debe irse, las obligaciones laborales no perdonan y ella debe quedarse sola en casa, haciendo diferentes tareas para entretenerse.

Pasan los días y llega la familia a visitarla… sus otros hijos, los nietos… entonces su hija la anima a que comparta su sueño. Emocionada, lo cuenta para que todos puedan oírlo, las lágrimas vuelven a aflorar, todos recuerdan a su padre, su abuelo, su suegro… pero todos están de acuerdo en que de alguna forma permanece, en todos y cada uno de ellos. Es, quizá, inexplicable, pero cierto. De repente, la conversación cambia y se busca un momento de risa fácil, de distracción, para no afrontar el dolor de la pérdida en instantes que deberían ser de alegría… mientras, alguien en el salón se queda callado y decide recordar y escribir todo lo que ha oído, visto y sentido…

Historia basada en sueños reales…

Fotografía

Es extraño explicar el fenómeno que acontece en mi situación. Cuando esto comenzó a ocurrirme fue en un momento muy concreto de mi vida y, ciertamente, se ha convertido en una especie de habilidad, o capacidad, interesante y sentimental.

Puedo ver a mis familiares, en sus quehaceres diarios. Soy capaz de verles durante la hora de la comida en el salón, disfrutando de una conversación familiar, descansando mientras ven la TV… también cuando abren su cartera, ya que muchos me llevan consigo a todos los lados… incluso algunos encienden velas en una especie de santuario mediante el que intentan que protejamos a los suyos y, a su vez, nos protejan a nosotros, allá dónde estemos.

Lo que peor llevo es, sin duda, cuando mis familiares y amigos vienen a visitarme. Sus caras de tristeza lo dicen todo, lloran, se abrazan… el silencio se convierte en el sonido más ensordecedor, haciendo que el tiempo se pare y nada avance ni nada retroceda… por un momento la Tierra deja de girar y el Universo entero paraliza su rumbo para retomarlo bruscamente. Los recuerdos vienen, los sentimientos afloran y en la vorágine de sensaciones todo parece no continuar su ritmo habitual. Después, por suerte, todo se calma y tras dejarme unas flores, suelen irse apenados, pero con ganas de seguir disfrutando y luchando cada día de su existencia.

Yo, gracias a ellos, puedo estar en sus casas, en sus vidas diarias, con todos, porque me recuerdan y siempre les acompaña una fotografía mía a través de la cual puedo seguir con ellos lo que les ocurre. Aunque no les pueda hablar, no les pueda abrazar, no les pueda decir que les quiero… les puedo mirar, fijamente, como hacía en vida, y no hay nada que más verdad contenga que el tú a tú de los ojos de dos personas.

Mi abuelo

Mi abuelo era un buen hombre. Era una grandísima persona. Más allá de eso sé algo que a día de hoy sigue dándome ánimos para continuar y seguir caminando: mi abuelo era, y estoy seguro de que es allá dónde esté, feliz.

Digo feliz, porque era absolutamente feliz, completamente, en su plenitud. Desde que le conocí, o tengo recuerdo de él, al menos, lo era. Y lo era porque le llenaba su familia, porque vivía intensamente todo lo que acontecía en ella. Sufrió intensamente la muerte de sus padres, de sus hermanas, de sus grandes amigos… igual que disfrutó con la misma intensidad de la vida en pareja con su mujer (mi abuela), sus hijos, sus nietos, sus bisnietos… Siempre nos contaba tramas genealógicas, trataba de hilar cabos familiares, incluso lejanos, y no le gustaba perder el contacto con todo aquél que era primo, sobrino, cuñado… amigo de la infancia, compañero del antiguo servicio militar obligatorio, de fatigas… era un hombre entregado a los suyos, y a todos.

Le encantaba contarnos cómo era la vida en el pueblo, su pueblo, el lugar que él mejor conocía, y compararla con lo que, tras disfrutar de la oportunidad de jubilarse y viajar por la geografía española lo poco que pudo, había conseguido ver y compartir. Así, nos contaba a los nietos, mientras jugaba con sus bisnietos, historias sobre los lugares que, en el presente, nosotros pisábamos dando un paseo cuando íbamos a visitarle. Nos decía que, antiguamente, en el pueblo, no había electricidad. El único que podía gozar de ella era el habitante del molino, a día de hoy abandonado y medio derruido, porque la adquiría gracias a la energía del agua. Con ello, también tenía una radio. La única del pueblo, una antiquísima radio, que no tenía un gran sonido, simplemente sonaba y distraía… comunicaba… emitía música. El molino se encontraba, cómo no, al lado del río, a unos 20 minutos del pueblo, caminando. A día de hoy se pueden visitar las ruinas, pero los que lo hacemos únicamente vamos en las horas de sol, porque por la noche se hace difícil guiarse por esos caminos aún con ayuda de una linterna… sólo sabes que has llegado en el momento en el que topas de bruces con un nogal, un nogal entrado en años que, cada ciclo, sigue dando nueces. Mi abuelo nos contaba que cuando era joven él iba al molino por las noches con un gran amigo suyo y vecino del pueblo, a escuchar la radio junto al dueño del molino, a escuchar a dos de sus cantantes preferidos: Manolo Caracol y Antonio Molina. Trabajaba de sol a sol y, pese a no haber disfrutado de una educación como la nuestra, obviaba horas de sueño y descanso para disfrutar de la cultura musical. Eso hacía mi abuelo, y eso nos contaba, alegre y entrañable, sonriendo, queriéndonos con sus palabras, sus gestos…

Recuerdo a mi abuelo, lo recordaré siempre, aunque se fuera parar no volver o para esperarnos a todos pacientemente a que lleguemos al lugar en el que se encuentra. Es algo que quería compartir, como hacía él.

Luna

Dicen los astrónomos que cada vez vemos la Luna más pequeña, que, con el paso de los años, miles de años, se aleja de nuestro planeta, se aleja de nosotros.

La Luna es ese astro que siempre está presente en nuestra vida. Haciendo compañía a los solitarios, alimentando la imaginación de los soñadores, sosegando la tristeza de los melancólicos, siendo la referencia de las parejas en sus noches de amor… incluso es partícipe de la fría oscuridad en la que ocurren crímenes bajo su falsa luz, mientras que también sirve de inspiración para inventar mitos y leyendas que atormenten a los más pequeños, consiguiendo así que se vayan a dormir. La Luna, tan aparentemente redonda y clara, a la vez falta de luz propia… que jamás nos enseña una de sus caras, quizá por maldad, quizá por miedo, quizá por imposibilidad o benevolencia… su razón para ocultarse es tan misteriosa como todas las historias que nuestra compañera sabe de nosotros y calla.

Porque ella nos conoce, y nos conoce muy bien. No sólo porque lleva toda la historia contemplándonos, sino porque fue testigo directo de los más grandes episodios en los que la humanidad ha sido protagonista, para bien o para mal. Ella ha sido testigo de los intercambios fenicios con los cartagineses en el Mediterráneo, de las conversaciones bajo el silencio nocturno de los antiguos griegos, observó a Napoleón en Egipto hablando a sus hombres sobre el respeto que habían de mostrar a las pirámides, pudo ver la crueldad del hombre en las Guerras Mundiales, las masacres de las bombas atómicas y los genocidios sudafricanos, todas las guerras europeas habidas y por haber… infinitos delitos, atracos, violaciones, torturas y asesinatos a lo largo del mundo… todo ello ha sido presenciado por nuestro astro, ese que nos lleva acompañando desde el primer momento de nuestra andadura.

Dicen unos que nosotros le hemos visitado una vez, otros que fue una mera recreación… sea lo que sea, el pensamiento del hombre siempre se encuentra enfocado a encontrar un rendimiento a un lugar que, aún viendo la tiranía del observador para consigo mismo, sigue intentando servir de inspiración a filósofos, poetas, matemáticos, amantes, solitarios… en su absoluta bondad no ceja en su empeño de reconducir un barco (como hacía en el pasado) que cada vez se encuentra más a la deriva… y quizá se aleje por eso, porque tiene miedo, pánico… Tiene verdadero terror de que tras ayudarnos, terminemos por destruirla, como hacemos con la Tierra. Mientras ella se encuentra en la necesidad de ser testigo impasible de bondad infinita de los más atroces acontecimientos que el ser humano pueda imaginar, dado que es capaz de llevarlos a cabo.

En recuerdo de Neil Armstrong, DEP.

La magia existe.

Leo libros y textos, en la medida de mis posibilidades, la mayoría de ellos filosóficos o poéticos. No niego que tampoco lea algunas novelas y que no eche un ojo a la prensa de manera diaria (sabiendo el daño para la salud que me suponen las malas noticias). Por otra parte, leo algunos artículos científicos y revistas varias, incluso los catálogos que dejan en mi buzón de vez en cuando. Vamos, leo lo que puedo y, también, escribo.

Es ese momento en el que lectura y escritura se unen en el cual se produce la verdadera magia que sólo se encuentra al alcance de unos pocos afortunados. Cuando un escritor escribe, elige minuciosamente las palabras que considera adecuadas para argumentar, describir o contar sin más aquello que quiere hacer público. La elección realizada por el autor es, sin duda, un acto de violencia, un acto en el que realiza un apartheid de todo un elenco de palabras que seguramente merecieran aparecer en el texto. Pero el autor no lo considera así y las deja fuera, sin mención ninguna a todas ellas.

Este momento violento es mágico, extremadamente mágico. Gracias a que el autor elige decirnos aquello que nos dice, argumentar aquello que argumenta o describir aquello que describe, quedan fuera del texto un sinfín de variables que se relacionan directamente con éste y no ven la luz. En ocasiones, aquello que no se dice en el texto es lo más importante del propio texto (recordemos el Tractatus).

Así, lo verdaderamente importante de muchos libros no son sólo los libros en sí, sino la implicación mágica nacida de la violencia de la falla realizada entre lo elegido y lo no elegido con nuestra imaginación, porque gracias a ello, un libro no sólo nos permite vivir aquello que se encuentra en su interior, sino investigar, deducir y suponer aquello que aparece fuera de él.

Queda demostrado así, que la magia existe.

Sobre la actualidad.

A la luz (u oscuridad, mejor dicho) de las últimas reformas planteadas por el gobierno, Alemania, los mercados o quién quiera que sea el artífice de toda la pantomima que nos toca sufrir me planteo diferentes cuestiones.

La primera es si existe verdaderamente la crisis. No soy economista y no voy a hablar de cifras que no puedo interpretar, pero hay algo que me escama: han conseguido que en España la mayoría sepa mejor el valor diario de la prima de riesgo que la alineación del Real Madrid, y eso es preocupante, llamativo, mejor, para no alarmar a nadie. Al comienzo se habló de la religión como el opio del pueblo, después del fútbol y ahora parece que con la evolución del capitalismo la crisis ha pasado a ocupar ese lugar. Marx venía a decir que el trabajador permitía ser explotado porque creía que con el sufrimiento terrenal se compraría un buen terreno edificable en el cielo (añado por aquello de introducir algo de humor, aunque malo). Después la élite pseudointelectual, o no, dijo que aquello que representaba al circo en la conocida dupla (pan y circo) era el fútbol y, ahora, en este caluroso verano, no casualmente, es la supuesta crisis.

Bien, exista o no, ya nos han convencido (o eso parece) de que tenemos que apretarnos el cinturón (claro, si no hay para comer o te aprietas el cinturón o te pones tirantes) y lo tristemente inquietante de todo ello es el campo de los derechos. Diría que hay dos tipos de derechos (seguramente un Licenciado en abogacías sepa más), los derechos adquiridos a través de la sangre de generaciones anteriores (en otras palabras: lucha) y los derechos que nos fueron dados por los “bondadosos” políticos en las llamadas épocas de bonanza (que supongo que los habrá). Aceptado el doble origen de los derechos aparece entonces el problema: ¿quién es usted, “señor” político, para arrebatarnos lo que a muchos de nuestros semejantes en el pasado les costó su propia vida conseguir? Entiendo que, si hay dinero, se den miles de euros a aquellos que tengan hijos, igual que no se les ofrezca dicha subvención si, por el contrario, falta capital. Pero, mire usted, lo que no comparto, y a lo que me opongo, es que me retire derechos que fueron conseguidos gracias a la lucha contra el opresor: y es que si yo quiero (tiene sentido comenzar así) usted me debe dejar trabajar hasta la edad que desee (dando por hecho que no seré piloto de caza a los 70 años, pero sí puedo ser profesor, igual que muchas otras cosas). Pero no, ahora el gobierno decide que algunos trabajadores se jubilen a los 67, otros que cambien de puesto (por ejemplo los médicos a quienes desean reconvertir en secretarios), a la vez que endurecen las condiciones de jubilación, de paro y de vida en general, mientras que militares, policías y amigos varios (aunque ahora también se quejan porque les han tocado una paga) se jubilan a los 50 o 50 y poco y con buenos sueldos pagados por los verdaderos trabajadores (que me informen en su defecto del trabajo de un militar –guerras en España desde la civil, el 23F fue un montaje-, guardia civil, policía, etc, etc… hasta la fecha su función ha sido ser un perro del opresor, el brazo violento del discurso pacifista de un gobierno falaz).

Así consiguen que algunos elegidos, que lo son no por azar, disfruten de la vejez, mientras que otros no tengan tiempo de hacerlo porque se les obliga a retirarse más tarde, malviviendo en una esclavitud moderna.

Con todo llegamos  a mi segundo planteamiento: exista o no la crisis, nos recortan derechos (sí, derechos) y nos quejamos. ¿Lo hacemos bien? ¿Nos quejamos cómo debemos?

A los hechos me remito si digo que el pueblo español (al menos) sale pacíficamente a la calle a pedir que se les reintegre aquello que se les ha robado en nombre de la salvación de aquellos que especularon con lo que no era suyo. A los hechos me remito, también, si digo que al pueblo español se le ha maltratado no sólo con recortes, sino con golpes y violencia, a través del can bien adiestrado que representan esos ilegítimos agentes que se creen en posesión del poder (pido perdón al género animal, ellos son demasiado buenos como para compararlos con ese tipo de calaña).

Ante los acontecimientos acaecidos es de cautos preguntarse si lo estamos haciendo correctamente. Es, ante todo, turbio que estemos haciendo lo que el sistema nos permite, es decir: huelgas de un día o unos cuantos días, manifestaciones (incluso los fines de semana), escribimos exquisitos textos y panfletos abogando por un cambio para conseguir mejoras mientras criticamos las acciones del gobierno. Huelga decir (valga la redundancia) que no hay nada que se salga del guión establecido por el capitalismo: el capitalismo nos deja hacer huelgas, nos deja manifestarnos y nos deja tener libertad de expresión. Si ven que alguien que se pasa de listo comienza a tener repercusión, le dan una ejemplar reprimenda y vuelta al juego.

Es en este momento en el que debemos cuestionarnos el cambio de actitud. Haciendo aquello que está permitido entramos en su juego, jugamos con las reglas que ellos imponen y cambian a su voluntad. Cuando conmigo jugaban de esa manera en mi niñez, siempre perdía, pero aprendí. Ahora, o juego con las mismas reglas para todos, o si me imponen unas o hacen trampas las hago yo también. ¿Con ello qué quiero decir? Que quizá la salida se encuentre en hacer aquello que se encuentra prohibido, aquello que el sistema no nos permite, aquello que el ser humano está legitimado a hacer por propia humanidad cuando se ciernen sobre él las garras del tirano, del opresor. Quizá, y sin quizá, llevando a cabo aquello que no nos dejan, consigamos lo que por derecho nos pertenece.

Decía Žižek, si mi memoria no me traiciona, que el gran triunfo del capitalismo es que mientras nos permite variar la pintura del cuadro (aparentemente), no nos deja salir del marco. Viendo así, el autor eslavo, el capitalismo como una gran obra de arte, una obra de arte grotesca y horrible. Aceptando que esto sea así, olvidemos sus reglas y, realizando lo que no nos permiten, cojamos una maza y hagamos añicos el marco. Esa será la única forma de terminar con el intento de legitimar una sociedad de clases que comenzaba a diluirse debido a la calidad de vida del que, en la opinión de los magnates, no debería tenerla.

Sin acritud.