Grecia

Diez de la mañana, T4 de Barajas, Madrid. Me encuentro mirando el monitor de salidas. El vuelo hace acto de presencia. Equipaje facturado, billetes en orden… el viaje a Grecia comienza.

Por el pasillo de embarque la gente que te rodea puede ser muy dispar: unos, turistas, sin mucha de idea del país al que van. Otros, nativos de la zona que vuelven a casa. Pocos son los que saben que van a visitar la cuna de la democracia, la cuna de la civilización occidental.

Lo cierto es que siempre viajé con muy poco presupuesto. Siempre pensé que lo mejor es gastar los menos posible en cada viaje (sin dejar de visitar ningún lugar), para así poder recorrer el mundo. El dinero, qué duda cabe, desgraciadamente, nos limita. Pero en esta ocasión he “tirado la casa por la ventana”. Tengo reserva en el mejor hotel de Atenas, con vistas a la Acrópolis. No hay duda de que la ocasión lo merece. Todo tiene que ser genial.

Para el primer día, cómo no, paseo de orientación por Atenas. Nada como hacerse al lugar. Es la ciudad de Sócrates, Platón, Aristóteles (aunque no naciera en ella)… hay que empaparse del ambiente, se respira historia y cultura. No hay que hacer más, salvo pasear y convertirse en un habitante de la polis. Tras ello, una buena cena y un sueño reparador para coger fuerzas para el día siguiente: comienza lo bueno.

El segundo día se resume en la visita a los museos. Es martes, así se puede visitar también el de Acrópolis, que cierra los lunes. Tras ello un buen paseo por el barrio de Plaka y vuelta a descansar: el trabajo intelectual que se realiza en los museos, si se visitan bien, es absolutamente encantador, así como devastador para nuestras fuerzas.

Tercer día: acrópolis. El estadio panatenaico, el parlamento, la academia de Atenas. Subir a la roca sagrada de la Acrópolis, ver los templos… el Partenón… por la tarde, casi terminada ésta, descanso, mucho descanso. Es tan maravilloso que poco se puede decir, tan sólo cabe disfrutar.

En el cuarto día la visita a Mycenas, cómo no. Pasar por el canal de Corinto, que une el Egeo con el Jónico. Adentrarse en el corazón del Peloponeso, conocer el área arqueológica de Epidauro, con el templo de Asclepios, dios de la medicina. El teatro de Epidauro, con la asombrosa acústica que tiene… después, visita a Mycenas, fundada por Perseo. Recordar a Agamenón liderando a los griegos contra Troya… los pelos de punta.

El quinto día se puede resumir en una palabra: Olympia. Lugar de culto a Zeus, es el testimonio de los ideales del humanismo helénico gracias al cual aparece el significado de la competencia libre y honesta. Visita al museo de Olympia y, tras ello, toca atravesar el puente colgante más grande del mundo: Rion –Antirion. Así, nos encaminamos hacia Delfos… el lugar, la zona, el centro del universo.

Delfos es el que ocupa el sexto día. El eje del mundo antiguo. Aquí el oráculo era consultado, gracias a él, la historia es la que es y no otra. Su museo, todo rozando lo increíble. Por la tarde… ver el atardecer en el monte Parnasos, precioso, romántico… indescriptible.

El séptimo día implica la vuelta a Atenas. Ya vistos el ágora romana (los romanos también pasaron por Grecia) y la torre de los Cuatro Vientos sólo queda algo por hacer: iniciar la subida hasta la cima de la colina que emerge frente a la Acrópolis. Es tarde, el sol cae y es momento de llegar a Filopappou.

Ahí se encuentra el lugar más emblemático de Grecia: la prisión en la que la tradición dice que Sócrates pasó sus últimas horas. Un lugar lóbrego, discreto, casi derrumbado. Una prisión que tiene el dudoso honor de haber albergado en ella a una de las mayores mentes de la humanidad… me inclino en cuclillas a pensar en ello en la supuesta celda mientras el sol ofrece sus últimos coletazos de luz del día y estos entran a muchas penas por las ventanas y orificios de la más que austera habitación… Key llega por detrás, me abraza y me da un beso. Es el final perfecto para nuestro viaje, un viaje que ambos hemos compartido, disfrutado y, hay que decirlo, trabajado.

 Por mi rostro cae una lágrima, una lágrima de felicidad: es bonito soñar despierto con la promesa de que el sueño se cumplirá, como lo es soñar dormido, con la certeza de que, algún día, el sueño será real.

Gracias, muchas gracias.

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