Llanto

En el mundo hay dos tipos de personas: los que hacen las cosas porque sí y los que piensan porqué hacen las cosas.

Ejemplo: los hay que lloran ante las dificultades de la vida, sin más, desconsoladamente. En cambio, los que se preguntan por qué lloran saben, al hacerlo, dos cosas: la primera es que sus lágrimas provocan, a su vez, lágrimas en aquellos que les quieren. La segunda, que sólo aquellos que les quieren merecen sus lágrimas. Por tanto, el que se pregunta deja de llorar y sonríe, porque para ser feliz necesita que aquellos que le quieren también lo sean.

Piensa, y a todos nos irá mejor.

Lamento, profundamente, haber nacido español.

Lamento, profundamente, haber nacido español. No suelo comulgar con Dragó, pero ahí le doy toda la razón y me uno a su clamor: yo también lamento, profundamente, haber nacido español.

Lamento haber nacido en un país en el que los políticos son marionetas del poder. En el que el poder reside en unos cuantos que lo reúnen porque tienen dinero. Lamento haber nacido en un país en el que no hay un sistema democrático verdadero, un país en el que la historia de su época actual se basa en una gran mentira que fue la transición. Lamento haber nacido en un lugar así.

Lamento haber nacido en un estado en el que la gente da asco. En el que se obtienen licenciaturas a base de poner dinero. Lamento haber nacido en un país de licenciados incultos. Un país en el que pocos conocen a Abderramán III (por ejemplo), pero todos saben sobre Cristiano Ronaldo. Lamento haber nacido en un territorio en el que se engaña a la población con facilidad, en el que mentir no tiene consecuencias, en el que la ética y los valores brillan por su ausencia.

Lamento haber nacido en un país como España. Profundamente. Muchos de los que lean este texto se verán identificados y pensarán que tengo razón. Lamentablemente, también lamento su existencia, porque, probablemente, cumplan con alguna de las características de la población que hace que me avergüence vivir en un país como el “nuestro”.

Mientras, “disfrutemos” de lo bien que lo pasamos cuando la selección ganó el mundial rememorándolo al son de una veintena de multimillonarios que se encuentran de vacaciones por Sudáfrica.

Yo conocí a Tyler Durden

Yo conocí a Tyler Durden. Él fue mi mentor, él me enseñó a pelear. Me mostró cómo crecer a través de la lucha. Me dijo cómo podía crear explosivos gracias a materiales domésticos, me avisó de que en un accidente de avión lo que quieren con el oxígeno es que me coloque. Me habló de los cortes en el cine y de cómo manipularlos, del jabón, me entregó conocimiento; conocimiento útil.

Tyler me dio grandes lecciones, Tyler me enseñó a vivir. Me demostró que estaba en lo más bajo, que no podía caer más, que lo único que podía esperar de la vida era mantenerme en el fango o salir de él. Que si quería salir tenía que luchar, tenía que pelear. Que había reglas, que todo terminaba con un KO o si el oponente se daba por vencido. Que ante el capitalismo y los que entienden la vida como un espíritu esclavo que no se cuestiona y que se deja llevar por la marea, no vale la teoría, vale la práctica, la acción, la pelea.

Con Tyler conseguí una utilidad para el insomnio. En lugar de autocompadecerme por no poder dormir, usaba las horas de vigilia para leer. Leía de todo, desde Filosofía a Historia, desde manuales de supervivencia a manuales de guerrillas. Incluso novelas, no había nada que no engullera con voracidad. Durante las horas en las que debería dormir solucionaba problemas, incluso tramaba planes. Aunque el insomnio tiene su parte negativa: las horas de sol. Todo el mundo te ve, vas a trabajar y tu cara habla por ti. Cuando los rayos te pegan en los ojos eres un zombie, no estás vivo, pero tampoco muerto… tus acciones son lentas, torpes, y, en ocasiones, carecen de razón o explicación lógica. La luz se convierte en un enemigo, no te quema como a los vampiros, pero levanta el tupido velo de la noche y los otros pueden ver la cruda realidad de tu rostro: un rostro magullado por los golpes, los cigarrillos, el paso del tiempo con los ojos abiertos… un rostro en constante castigo.

Tyler Durden me enseñó que muchos hombres unidos pueden hacer muchas cosas, pueden cambiar el mundo. Me enseñó que no soy yo sólo, que hay muchos que también están dispuestos.

Yo conocí a Tyler Durden a través de Chuck Palahniuk. Gracias a él, no sólo lo conocí, sino que yo fui Tyler Durden porque nadie quería asumir su rol, yo fui el que tuvo que hacerse cargo. Tuve que coger el toro por los cuernos y asumir la responsabilidad… y todos sabemos lo que ocurre con Tyler Durden, claro.

Respira

El comienzo es un grandísimo subidón de adrenalina. No hay nada similar. Cada acción, cada acontecimiento… todo pasa a velocidades relativas. Es increíble, un lanzarte al vacío,  una especie de sensación antigravitatoria que se transforma en una indescriptible fuerza de atracción.

Conforme avanza el tiempo, las cosas cambian. Mi cuerpo comienza a arder, es un tipo de calor indescriptible. Solo una situación así puede proporcionarlo. Es placentero pero, a la vez, el nerviosismo se apodera de mí. Me da tiempo a pensar en las consecuencias, en si saldrá bien o saldrá mal. Soy positivo y creo que todo saldrá bien, que todo saldrá como yo espero. Aunque la situación ya no depende únicamente de mí, haré todo lo posible por continuar con ella. Aún así, conozco y no olvido que todo no está en mi mano, ya no.

Lo curioso es que lo más importante, el mejor momento, está por llegar. Quizá sea estúpido ese pensamiento, pero desde que tengo uso de razón lo he tenido en mente: el futuro será mejor que todo lo que me han deparado las circunstancias hasta ahora.

Ella nunca me quiso y la historia de amor únicamente formó parte de mi imaginación, no de la realidad. Ahora, tras treinta metros de caída, el golpe contra el suelo es inminente, ella no lo merece, pero ya no depende de mí…

Por 5’78€ la hora

Por 5’78€ la hora nos despertamos cuando todavía es de noche. Por 5’78€ la hora pasamos largos inviernos conviviendo con el frío, descongelando nuestros viejos coches perdiendo  tiempo de nuestra vida. Por 5’78€ la hora nos trasladamos durante veinte o treinta minutos, algunos una hora o más, al día, ida y vuelta (añadiendo más tiempo perdido). Por 5’78€ la hora doblamos, recogemos y ordenamos aquello que otros que ganan más (menos o igual) desdoblan, tiran y desordenan. Por 5’78€ la hora ponemos una sonrisa a los que nos explotan (y, a su vez, quizá sin saberlo, se encuentran explotados): jefes, clientes y compañeros. Por 5’78€ la hora pasamos cientos y cientos de artículos por minuto (mucho más caros siempre que 5’78€ la hora y con un nivel de beneficio máximo), a la vez que deseamos buenos días a aquél que, con su consumo desmedido, nos hace sufrir unas condiciones infrahumanas en unos puestos laborales que no ofrecen dignidad alguna.

Por 5’78€ la hora repetimos el anterior párrafo durante gran parte de nuestra vida laboral. Un menú del día varía entre 10 y 12€, es decir: dos horas de tu trabajo, si no puedes pasar por casa para comer y no has tenido momento de llevarte algo de comida. Un libro de calidad, por ejemplo las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein, ronda los 30€ (edición barata, no la incluida en las obras completas de Gredos), lo cual son algo más de seis horas de tu trabajo, de tu mierda de trabajo.

5’78€ la hora es la realidad de parte del comercio español. 5’78€ la hora valen tu
carrera, tu máster, tu doctorado y tus certificados de idiomas. 5’78€ la hora vale todo lo que leas y hayas leído, todo lo que sepas (aunque sepas más que tus superiores). 5’78€ la hora vale tu sonrisa, tu ánimo, tu fuerza física. 5’78€ la hora vale tu alma, tu espíritu, tu conciencia… 5’78€ la hora vales tú, valen tus amigos que trabajan contigo… por 5’78€ la hora unos esclavos esclavizan durante su tiempo libre a otros esclavos, y viceversa. Un sistema circular con el que se enriquecen unos pocos se cierra por 5’78€ la hora.

Mientras, otros te dirán que tienes suerte de tener trabajo. Que tienes suerte de ganar 5’78€ la hora, que eres un afortunado porque ahora mismo, en España, la situación es límite y una de cada cuatro familias es pobre, uno de cada cuatro niños sobrepasa el umbral de la pobreza. Con el mismo esquema deductivo, podría decir que los niños pobres españoles, que las familias pobres españolas, que los mendigos españoles, tienen suerte de ser españoles, porque si fueran surafricanos, quizá únicamente tuvieran aire para llevarse a la boca, porque el único lugar del que conseguir agua se encuentra a kilómetros y no tienen fuerzas para llegar.

El caso es que no lo hago, porque yo sé que ese pensamiento se adquiere cuando piensas (como piensan tus jefes y los ricos que lo ofertan, curioso) que 5’78€ la hora es un salario por el que debes dar las gracias.