Pasado, presente y futuro

Se levantan muy pronto por la mañana, el sol casi no ha salido. Deben prepararse con presteza. Es verano y tiempo de cosecha, hay que salir al campo cuanto antes para pasar largos días de trabajo en él y recoger trigo y cebada. Se trabaja con máquinas rudimentarias, la hoz está al orden del día y los riñones no perdonan a partir de los treinta años. Es una vida dura, de las más duras, pero una vida, al fin y al cabo, y hay que vivirla lo mejor que se pueda.

Trabajan duramente para poder ofrecer un futuro mínimamente digno a sus hijos, no tienen pocos. Sus creencias y la falta de información hacen que se construyan grandes familias. En cuanto los hijos tienen edad suficiente, marchan a la capital a la búsqueda de un futuro mejor, habiendo trabajado antes para ayudar a sus padres, en lugar de ir a la escuela. Al principio los padres envían dinero desde el pueblo a los hijos para que sobrevivan allí, después, cuando consiguen un trabajo estable, son los hijos los que tratan que los padres vivan un poco mejor. Así, se pueden permitir comprar o alquilar máquinas que hagan su trabajo en la tierra algo menos pesado.

En invierno, sin embargo, el trabajo en el campo se deja un poco de lado y todo se concentra en la ganadería. Tienen ovejas, vacas, burros, mulas… mientras unos ayudan en la agricultura cuando es menester, otros sirven para hacer algún dinero y, muchas veces, de comida, como los cerdos. En la matanza se hace una gran fiesta, es el día de refresco. Ahora nos quejamos por tener únicamente treinta días de vacaciones, antes, los días que tenían “de esparcimiento” eran trabajados de una u otra forma. Ahora bien, los domingo habían de hacerlo a escondidas, puesto que el cura del pueblo no les dejaba trabajar, era el Día del Señor. Pero una cosa son las creencias y otra muy distinta que le falte pan a sus hijos, a sus amadas mujeres o amados maridos…

Fueron años duros, no recuerdan nada de ellos sin el trabajo de por medio. Después llegó el momento de la jubilación. Unos años realmente buenos, se dedican a disfrutar verdaderamente de la vida que no pudieron tener anteriormente. Hacen viajes, conocen su país… incluso se ocupan de los nietos en verano. El pueblo es un lugar de vida en el que el trabajo no ha desaparecido, pero son muy pocos los que se dedican al campo y la ganadería y muchos los que disfrutan durante muchos años de su vida de todo aquello que antes pasaban por alto debido a la necesidad.

Tras unos años impagables la edad hace mella, deben ir a la capital por grandes periodos de tiempo con sus hijos. No pueden valerse por sí mismos, necesitan la ayuda de sus vástagos para poder seguir viviendo. La exigencia física del pasado hace que el cuerpo pase factura y los achaques son permanentes. Sin embargo, siempre tienen seis meses (más o menos) para disfrutar de la sosegada vida de su pueblo. Se ayudan unos a otros (los que todavía pueden conducir hacen de chóferes), se siguen viendo para jugar partidas de cartas y dominó y siguen dedicando tardes enteras a charlar y a hablar de sus familias.

Ahora, unos han abandonado la carrera y otros siguen, con bastones, operados, o como pueden. Ya sólo tienen el verano, siempre acompañados por alguien de la familia, desde hijos a nietos, para disfrutar del pueblo. Dan pequeños paseos, puesto que las fuerzas no permiten más. Saben que les queda poco, que su generación se acaba, pero miran al horizonte y ven a los niños (bisnietos, ya) jugando en el frontón que construyeron para celebrar un partido el día de la matanza. Les ven reír, montar en la bicicleta y disfrutar de ese pequeño pueblecito que ellos construyeron con su trabajo y tesón. Ese pueblo del que fueron alcaldes, carteros, labradores, campesinos, ganaderos… todo a la vez. Ese pueblo en el que antes se vivía por necesidad y en el que ahora se vive, gracias a ellos, por disfrute. Sonríen, hablan y se besan deseándose los unos y los otros verse al otro día, si Dios quiere.

Una historia dentro de otra historia.

Era un día lluvioso, una densa cortina de agua caía por la ventana. Los canalones que servían para dirigir el agua de los tejados se encontraban desbordados. Desde su séptimo D. podía ver que todavía no había pasado lo peor: nubes aún más negras se aproximaban y los relámpagos no hacían presagiar que el temporal amainase. La tarde, por tanto, no invitaba al habitual paseo que solía con su amigo, su querido amigo L. Decidieron, entonces, tomar un café en casa mientras disfrutaban de unos cigarros y mantenían una buena charla entre amigos. Normalmente, siempre era filosófica. L. llegó a casa de D. con puntualidad inglesa, completamente calado, aunque había conseguido aparcar cerca. Tenía un antiguo coche Opel que le servía para moverse de un lugar a otro; sin las comodidades de los de hoy en día, pero realizaba la misma función. Entró por la puerta, se dieron un efusivo abrazo y ambos se encaminaron por el pasillo, un pasillo largo y alto, pintado de blanco y con un único cuadro colgado en sus paredes: era una reproducción de la famosa pintura conocida como “Las botas”, de van Gogh. Llegaron, entonces, al despacho, lugar en el que D. tenía una mesa con el café humeante, cigarrillos preparados y un cenicero, que se preveía estaría lleno en las horas venideras. El despacho era pequeño, las paredes sujetaban estanterías que llegaban hasta el techo y se encontraban cargadas de libros, absolutamente repletas, eran, por así decir, el papel que cubría la pared. Únicamente había dos recovecos en paredes opuestas en las que no había libros: uno contenía una copia de “El grito”, de E. Munch y, paralelo a él, se encontraba “El sueño de la razón produce monstruos”, de F. de Goya. Por lo demás, en el despacho había un escritorio con un ordenador portátil, un atril y espacio para la lectura y el trabajo de D., lleno de folios con notas, lápices, bolígrafos y un cenicero que amenazaba con derramar la torre de cigarrillos que contenía, un sofá para leer relajadamente y la pequeña mesa, con dos cómodas sillas, para compartir café con sus contertulios.

D. encendió un cigarro y tomó un poco de café, tras ello, comenzó a hablar:

– Hoy soñé algo realmente inaudito. Ciertamente, me llamó la atención. De hecho, rápidamente, tras despertar, saqué mi libreta y en ella apunté todo lo que aconteció en mi sueño. Ni siquiera me di tiempo para levantarme y despejarme, medio tumbado en la cama me apresuré a anotar todo lo que me había acontecido minutos, o segundos, antes.

– Sueño –dijo L.-, el sueño es algo interesante. ¿No podría ser que, en lugar de soñar, usted imaginara mientras dormía? Porque… ¿qué es soñar? ¿Es algo activo o pasivo? ¿El sueño se da en la realidad? ¿Es real la realidad de un sueño?

– Podría ser, la verdad –respondió-. Es más, casi debería darle la razón sin cuestionármelo porque me ocurrió algo que no suele pasarme habitualmente: tenía capacidad de elección. Por tanto, diría que se asemeja a imaginar mientras duermes, se asemeja a un hecho activo. El sueño, o lo que sea, efectivamente se da en la realidad… diría que es una realidad personal (e inválida para los demás, quizá) dentro de la realidad común, comunitaria, de todos.

– Interesante –añadió L.- La capacidad de elección entraña libertad, como si fuera parte de la propia vida.

– Lo es, interrumpió D. Lo sentí tan real como si fuera la vida misma. Tan real que puedo llegar a decir que es parte de mi experiencia. Parte ya, de mi propio recuerdo.

– Un momento, deberíamos dejar las cosas claras antes de continuar. ¿Qué es la experiencia? ¿Y un recuerdo? ¿Un recuerdo puede estar sostenido por algo irreal?

– Yo diría que la experiencia es aquello que a mí, y solo a mí, me otorga la razón. Creo que no es necesario añadir más. Sobre el recuerdo, pienso que si el “sueño” se ha vivido con la intensidad suficiente, el recuerdo puede tener la misma validez que uno que se sostiene sobre un hecho real. Sabiendo del lugar que procede cada uno, claro. No hay que olvidar que uno es parte de la imaginación o el subconsciente y el otro parte de la interacción con los objetos del propio mundo. Hay diferentes tipos de recuerdos: recuerdo que me ocurrió algo, por ejemplo, y recuerdo que soñé algo, pero de un sueño se puede aprender o, por lo menos, de lo que se piensa de él, después.

– Hablas de subconsciente e imaginación, pero en el sueño podías tomar decisiones… más bien lo “onírico” (si es que lo es) es el mundo en el que ocurrían los hechos, por tanto los propios hechos, pero tus decisiones eran conscientes y reales, sin embargo, carecían de repercusión en el mundo común, el mundo “de verdad”.

– Carecían de repercusión en el mundo… no del todo, puesto que el sueño me ha enseñado algo, he aprendido. Lo pondré en práctica en el “mundo real”, seguramente (D. apaga el pitillo en el cenicero y continúa hablando). Es un tanto curioso y en cierto punto quizá no parezca tener sentido, pero pienso que los sueños conscientes pueden aportar ciertos puntos de vista sobre la realidad.

– Puede ser, D. Pero, sin más dilación, háblame de tu sueño, me tienes en ascuas.

Entonces D. cogió su taza de café, pegó un gran trago, abrió la cajetilla de tabaco y sacó un cigarrillo, hizo lo mismo con la de cerillas y extrajo un fósforo. Se encendió el cigarro y tomó su cuaderno de notas para comenzar a contar todo su “sueño” con pelos y señales.

– Me encontraba en la cama, despierto y mirando hacia la ventana (era un día soleado), pensando en una sorpresa que seguro que haría mucha ilusión a Key. Entonces me di la vuelta y miré como dormía plácidamente tumbada en la cama, mientras recordaba el porqué de su nombre: ella no se llamaba así, simplemente el comienzo de él empezaba por el mismo fonema que la letra “K”. Entonces decidí que debería llamarla Key, porque contenía la letra “K” y, en inglés, era “llave”. Por ello Key, porque ella no es que tuviera, sino que era, la llave de mi corazón, la llave de mi felicidad. Lo mejor es que el nombre la encantaba, presumía delante de sus amigos y amigas, pero sólo quería oírlo de mi boca, porque yo lo había inventado y se lo había entregado a ella.

– ¡Vaya! Exclamó L.

– Entonces, tras relajarme con su sosegada y acompasada respiración. Tras observar su simétrica y angelical cara, tras sentir cada poro de su piel en mi propia mirada… tras deleitarme con la perfección de su presencia durante unos minutos, como siempre había hecho hasta entonces ejerció de musa en mi espíritu creativo y me dio la idea para la sorpresa: haríamos un viaje relámpago a la playa. Iríamos a la mejor cala para que los rayos de sol tuviera el honor de bañar su piel, para que la salada agua marina tuviera la suerte de disfrutar de su cuerpo. Para que yo, pudiera escucharla reír, verla sonreír y, sobre todo, sentirla feliz a mi lado. Aunque egoísta, no hay nada que me hiciera más feliz que su felicidad.

Tras ello, me levanté rápidamente de la cama, preparé una pequeña maleta con ropa de baño, unas toallas y lo necesario para pasar el día allí. Me conecté a internet con el ordenador, busqué la mejor cala de Cádiz y miré el estado de las carreteras: todo pintaba bien. Una vez había terminado todo, no me llevó más de treinta minutos, me dirigí a la cocina y preparé el desayuno para los dos. El café ya estaba en su punto y había preparado unas tostadas con mermelada, llevé el desayuno a Key a la cama mientras la despertaba con un beso. Ella se estiró y abrió los ojos, cuando me vio allí, frente a ella, con el desayuno, me besó. Me besó como el soldado que vuelve del fragor de la batalla besa a su amada: con una pasión absoluta, con una sensualidad completa, con un amor verdadero.

Desayunamos juntos y, cuando terminó, dije en alto: Hoy vamos a hacer un viaje.

Ella ni siquiera preguntó, simplemente sonrío y se vistió rápidamente. Su confianza en mí era total, conmigo nada parecía que podía salir mal… en realidad, era con ella con la que nada era posible que saliera mal, su mera presencia perfeccionaba cualquier momento, por malo que fuera.

Montamos en el coche una vez puesta la maleta en el maletero y nos encaminamos a nuestro destino. Eran las nueve de la mañana y nos encontrábamos a dos horas de camino. Yo conducía y ella iba a ciegas, porque no había preguntado sobre la meta de nuestro viaje. Cuando quedaba una hora para llegar paré en una gasolinera con la excusa de repostar, ella seguía sin conocer el verdadero rumbo del viaje. Había utilizado carreteras secundarias que no conocía, pocos carteles y poca información en los que había (a decir verdad, esta parte muestra que es un sueño, lo normal hubiese sido vendar sus ojos en la salida). Vendé sus ojos a la vez que le daba un apasionado beso y proseguimos. Tras otra hora de viaje en la que hablamos de música y del último libro que habíamos leído a la par, llegamos al aparcamiento. Su fe ciega en mí la impedía cuestionarse o cuestionarme nada, únicamente confiaba en que la sorpresa sería genial y sonreía mientras mostraba ese nerviosismo propio de los niños cuando viene la noche de los Reyes Magos. La ayudé a salir del coche y la dirigí, aún con los ojos vendados, a la cala. Allí estaba, vacía, esperándonos. Con su arena prácticamente virgen, sus aguas casi transparentes… parecía hecha para nosotros. Entonces me coloqué tras ella y, dirigiendo su mirada al horizonte, la quité la venda. Ella, en lugar de quedarse obnubilada por la belleza del mar se dio la vuelta y me besó de nuevo, me dijo que me quería, que me amaba. Entonces abrí la maleta (que había llevado conmigo desde que salimos del coche) y nos pusimos la ropa de baño, escondiéndonos para que nadie nos viera, como dos adolescentes viviendo su primer amor. Sabía que no fallaría si cogía su bikini favorito, así fue.

Nos bañamos, jugamos, reímos… y cuando nos encontramos cansados nos tumbamos a reposar y a tomar el sol.

Entonces Key me miró a los ojos, se acercó a mí y con sus preciosos labios rozando los míos, mientras nos encontrábamos sobre la cálida arena y el agua nos mojaba, dijo:

– D., el ser humano no necesita grandes fortunas, necesita amor. No necesita una gran casa o un coche potente, necesita saber que atrae a aquél o a aquélla que le quiere. Necesita excitación, necesita sorpresas diversas y belleza. Las personas no necesitan los últimos ordenadores y las mejores videoconsolas, necesitan hacer de sus vidas algo que valga la pena vivir y sea digno de recordar y contar a sus amigos, hijos o nietos. El ser humano necesita de otros seres humanos para ser humano, no necesita cosas; necesita gente. Necesita a gente buena, gente como tú, te necesita a ti.

Es más importante querer a alguien y ser querido que tener un buen o un mal trabajo. Nadie puede permitir que la vida le pase sin más, no hay que dar más importancia al dinero, a la forma de conseguirlo y a lo que reporta, de la que tiene; si de algo hemos de ser esclavos (o constructores), que sea del amor.

Y mientras nos fundíamos en el beso más profundo, bello y apasionado que recuerdo desperté entre lágrimas de alegría y, también, de tristeza.

– Es un relato verdaderamente entrañable e interesante, D. Freud diría, seguramente, que necesitas una novia y que por ello tu subconsciente te insta a buscarla. Debo añadir que la reflexión de Key al final es digna del mejor autor. Por tanto, decir que eres un pensador exquisito incluso durante tus sueños.

– Gracias. Sin embargo, nunca estaré de acuerdo con Freud. El sueño no creo que me inste a encontrar una novia, puesto que ya la he encontrado. El problema es que, aunque Key existe en el mundo real, su sentimiento hacia mí dista mucho de ser el que es en el sueño.

– Lo siento, entonces. De todos modos, tu físico no es malo y, todo hay que decirlo, si la sabiduría fuera atractiva, serías un Adonis. Dijo L., tratando de hacer un pequeño chascarrillo intelectual que levantara el ánimo de su amigo.

– Sea lo que sea, no tengo la suerte de poder construir el verdadero amor con quien creo que puedo hacerlo.

En ese momento, la mujer de L. le llama al móvil y mantienen una conversación que dura unos minutos.

– Debes disculparme, D. Mi mujer necesita que vaya a buscar a la guardería a nuestro hijo debido al mal tiempo y debo irme ya, con premura. Ella se encuentra en un gran atasco y es imposible que llegue a tiempo. Ha sido un verdadero placer compartir este rato contigo y, sin duda, pensaré, y mucho, en tu sueño, puesto que me resulta verdaderamente interesante. Esa reflexión, te repito, tiene mucho jugo.

– Estás disculpado, no te preocupes. Las obligaciones como padre son inescrutables. Cerró D.

D. acompaña a L. a la puerta y, al despedirse, se funden en un abrazo. Entonces L. enciende la luz del portal y llama al ascensor. Cuando llega entra en él y D. cierra la puerta.

Súbitamente D. levanta la cabeza y mira al frente: se ha quedado dormido en su despacho, trabajando en su libro. Coge su cuaderno y anota lo que recuerda: L., un gran pensador que le ha hecho reflexionar mucho durante el sueño. Su casa, que aparecía tal cual es en la realidad, con los cuadros y todo… su despacho, exactamente igual… y Key, que también es una realidad que aparecía en el sueño, en sus dos variantes: la que él querría y la real… sus lágrimas brotan de sus ojos mojando el cuaderno y haciendo que se corra la tinta. Ahora son de tristeza, no hay duda.