Demos donde más duele

Bueno, la huelga.

Hacemos huelga ¿qué conseguimos? Si es general paralizamos un país (dicen), en cambio, por sectores la cosa se pone interesante. A ver si consigo explicarlo de manera sencilla.

Comencemos por el principio, no sin antes recordar que por muchas fechas que se den, todo tiene una historia anterior a aquello que se fija con ellas. La primera huelga de la historia (conocida) la protagonizaron los trabajadores (esclavos) egipcios, allá por el 1166 antes de nuestra era. El hecho, por antiguo, no nos es deconocido: el que mandaba se retrasó en los pagos. Bien, ¿qué se hizo? Se paralizó la construcción del que iba a ser el templo que contendría el cuerpo momificado del faraón cuando muriera. Es decir, atacaron directamente sobre sus creencias más profundas, no podría ir al más allá. En palabras de hoy: le dieron donde más le dolía.

El faraón, atemorizado, acabó pagando. Hubo más huelgas, porque volvió a dejar de hacerlo, pero lo interesante de todas ellas no deja de ser su resultado satisfactorio y los puntos que se exigían al faraón (consensuados por todos los trabajadores): querían su salario, querían mejorar sus condiciones de trabajo, denunciaban sacrilegios y el mal hacer de ciertas autoridades que actuaban en nombre del faraón. Es decir, sabían qué querían, sabían cómo lo querían, sabían quién tenía la culpa, sabían quién lo podía solucionar y, sobre todo, estaban todos de acuerdo (jefes y trabajadores) en cesar lo que podemos llamar actividad laboral. Por otro lado, durante sus protestas (porque eran protestas) no invadieron las calles, no invadieron su lugar de trabajo (la tumba que construían), invadieron el Rameseum (ya construido y en uso). Es decir, volvieron a darle al faraón donde más le dolía, le dieron a él, donde sabían que le hacían daño.

Dando ahora un triple salto mortal ubiquémonos en Francia, 1789. No voy a hablar del apoyo anterior a EEUU, tampoco de que “pienso, luego existo” puede ser una afirmación que contenga implícita la necesaria desaparición de Luis XVI. Lo que voy a decir es simplemente que la Revolución Francesa fue un movimiento que sentó las bases de la actual democracia. ¿Qué se hizo? Mediante la unión el pueblo tomó la fortaleza de la Bastilla (símbolo de la opresión de la monarquía), matando a su gobernador (el marqués Bernard de Launay) para después ir al ayuntamiento, pegar un tiro al alcalde, Jacques de Flesselles, por traidor, cortarle la cabeza y ponerla encima de una pica, en la que se exhibía como símbolo de victoria. Luis XVI, obviamente, tuvo miedo. Le dieron donde más le dolía (a él), pero ya era tarde: su futuro era la guillotina. Efectivamente, fue bellamente guillotinado. El pueblo unido ganó, después llegó Napoleón y todo aquello, pero no viene al caso (aunque sé que me daría la razón cuando afirmo que dar donde más duele funciona… y mira que compartiríamos pocas cosas).

Sin saltar tanto en esta ocasión, llegamos ahora a Mayo de 1968. Un país entero, Francia otra vez, se paraliza prácticamente durante dos meses debido a una grandísima crisis económica causada por las clases gobernantes, extendiendo el movimiento a numerosas, incluso lejanas, naciones. La sociedad del consumo parecía irse a pique mientras el número de parados en Francia subía como la espuma. A la vez, las políticas de izquierdas en América Latina estaban en alza (la revolución cubana fue un “éxito”), los EEUU estaban ocupadillos en Vietnam y un símbolo de la lucha contra el opresor había muerto cruelmente asesinado hacía escasos meses (Ernesto Che Guevara, lo cual no implica que él no asesinara cruelmente a diestro y siniestro, todo quede claro). Por otro lado, los medios de comunicación comenzaban a hacer su trabajo “intelectualizando” a la población, pero en aquella época no funcionó tan bien como ocurre ahora: en aquellos años todavía existía una formación, no se pensaba sobre la base de lo que decían los mass media. Los ciudadanos sabían de filosofía, historia, arte, no escribían “sms”, vamos, que allí se podía hablar de Leonardo (valga un ejemplo actual) sin que lo confundieran con Di Caprio. Esa forma de actuar de los medios también cabreó a la mayor parte de la población. Quizá, salvo la última (la formación e información española está por los suelos) a todo el  mundo le suenen de algo las causas citadas. Bien, ¿qué se hizo? Bueno, muchas cosas, pero lo primordial fue parar el país. ¿Cómo? Dando donde más dolía, otra vez. El principal causante y símbolo de la situación, el presidente de Gaulle, tuvo que convocar elecciones y abandonar la política, junto a su equipo. Ese abandono se consiguió democráticamente (el que quiera saber cómo que lo investigue, porque su partido no perdió las elecciones que convocó). Los de Mayo del 68 señalaron al culpable, sabían muy bien quién era el infractor y quién debía estar fuera, consiguieron extirpar el cáncer. Mayo del 68 no termina ahí, hay grandes anécdotas en años posteriores, como ciertos hechos violentos en fábricas, o “huelgas” en las que no se dejaba de trabajar, pero la producción pasaba a ser controlada por los obreros, sin duda interesante.

Tras marcar tres notables acontecimientos históricos relacionados con la huelga (haciendo un salto gigantesco de siglos, lo sé) ¿qué podemos observar?

Para comenzar la huelga egipcia tenía muy claras sus intenciones: no se pretendía paralizar la evolución de un territorio, sino que se buscaba dar donde más dolía. Tenían muy claro lo que se quería y se señalaba a los culpables. La violencia se basó en el miedo, el miedo a no vivir la vida eterna era peor para el faraón que su muerte. La principal arma del movimiento fue la creencia.

La Revolución Francesa, por su parte, buscaba los cimientos para un nuevo sistema, un sistema en el que se acabaran los absolutismos y primaran la “libertad, igualdad y fraternidad”, es decir, se buscaba una evolución a mejor. Para dar donde más dolía utilizaron las armas y la violencia más extrema, funcionó.

Por último, Mayo del 68. Buscaba dar término a una situación política heredera de la II Guerra Mundial. En el frente de combate se encontraba la intelectualidad.

¿Qué tienen, entonces, los tres movimientos en común? Para comenzar la unión. La unión de la mayoría contra una minoría que quería manejar los hilos de las vidas de todos. Para continuar las armas y la violencia, no siempre física, pero siempre presentes de un modo u otro. Para finalizar: mejorar la situación existente, no que no empeorara.

¿Qué podemos decir del movimiento evolutivo que se observa a través de ellos? Que todos unimos ganamos, separados, perdemos. Y que ganar no significa no perder, ganar significa estar mejor que antes.

Y ahora llegamos a la situación actual y nos metemos de lleno en España y las huelgas que acaecen en diferentes sectores sociales. ¿Qué consiguen las susodichas huelgas? Pues el distanciamiento entre los ciudadanos: los jodidos por la huelga se cabrean con los que ejercen su derecho y viceversa. Mientras, los causantes, siguen perfectamente formados y juntitos. La huelga debe ser un acto certero, un misil dirigido a las cúpulas de las empresas que no desean bajar su nivel de vida (como lo era desde sus inicios). Debe convertirse en un disparo al corazón del enemigo común con la milimétrica precisión del mejor francotirador. Eso debe ser una huelga, no protestar de manera heterogénea, puesto que eso es lo que buscan que hagamos. Protestamos cuando nos dejan, después la protesta queda en el olvido, así funcionan, y así nos engañan. Lanzamos granadas de fragmentación cuya metralla daña a nuestros semejantes, nos autoatacamos y así no conseguimos nada. No porque alguien no entienda el derecho a huelga, sino porque el derecho a huelga de uno incide directamente sobre el trabajo de otro, que, a su vez, lo pierde: caemos como fichas de un dominó, un dominó que ellos manejan. La solución no es hacer huelga cuando te toca la cartera, la solución es estar unidos ante un sistema enfermo, dominado por unos cuantos y pretender mejorarlo, dando donde les duele. Protestar de manera dispersa, hacer la guerra por cuenta propia, carece de sentido y los que mandan lo saben y por eso nos dejan hacer. Debemos trabajar todos, formar parte de un movimiento que sea uno y nada más que uno. Si un cazador pretende abatir a un león no tira granadas hacia arriba esperando que caigan cuando el animal va a comerle a él y a sus acompañantes. El cazador se agazapa bien organizado con sus iguales, para, cada uno con un rifle, tratar de asestar un disparo mortal en la misma dirección (el ejemplo no quiere decir que esté de acuerdo con la caza de animales). Y eso no lo hacemos. Quizá una huelga, actualmente, no deba paralizar un país o parte de éste, salvo si pretende cambiar el sistema (algo utópico, por el momento). Debe pretender dar donde más duele, es decir, hacerles sentir miedo. Una huelga debe estar organizada para, durante días, semanas o meses, hacer la vida imposible al que nos hace pasar por esta situación: que tengan limitado aquello que les es necesario. No debe molestar a nuestros iguales, puesto que creará fallas en la necesaria unión para mejorar las cosas. Un médico no debe parar de operar, un profesor no debe dejar de dar clase, los transportes deben funcionar ¿por qué? Porque si soy educador (que es lo que me considero, solipsismos aparte) y no educo, los alumnos jamás recuperarán esas clases (recordemos a Sánchez Ron: “se puede viajar en el tiempo al futuro, pero no al pasado”) y hacer eso (en cualquier sector) sería llevar a cabo las mismas medidas que toman los causantes de la situación actual y que llevan a la involución de una nación (por ejemplo, no invertir en educación e investigación una vez es algo que repercute durante muchos años). Ahora bien, deben funcionar para nosotros, no para ellos. Es decir, en nuestras casas debe haber luz, mientras en la Moncloa, de haberla, debe ser la luz causada por el fuego (siempre hablando de necesidades, aquello que es contingente puede detenerse por completo). Hay que destruir los conductos de abastecimiento que suben hacia los pisos altos, no los cimientos. Para ello hemos de poner de nuestra parte y trabajar, mantener los servicios necesarios y en nuestro tiempo libre hacer algo por cambiar el mundo dentro de un consenso, no estar tirados en el sofá viendo la televisión, regocijándonos en nuestra tristeza o jugando a los videojuegos para olvidar. Pasar (como se dice actualmente) o hacer tu/vuestra propia guerra, es su triunfo. La guerra ha de ser nuestra, de todos, no de unos pocos o de unos cada vez.

Debemos buscar que las cosas mejoren, no que se queden igual. No quiero únicamente alimentar a mi familia, quiero también que tú, político o director de gran empresa, tengas un tren de vida menor que permita que todos nos mantengamos dignamente (aquí y en África). En resumen, unión y miedo para mejorar, siempre para mejorar.