Un corto paseo

Se levanta pronto. Hoy es un día en el que tiene programado uno de sus paseos por la capital española. Vive en una pequeña ciudad a las afueras. Nunca le gustaron las aglomeraciones, pero sí le atrae pasear por Madrid y buscar en su memoria todo lo que conoce sobre la historia del lugar, mientras imagina a las gentes del pasado llevando una vida mucho más humana que los actuales habitantes. Son las ocho en punto de la mañana y ya está listo. Sale del portal y entra en el coche puesto que lo tiene al lado, vivir en un lugar apartado del gentío tiene sus ventajas. Hace frío, así que lo arranca con tranquilidad y se queda en el interior esperando a que alcance una temperatura óptima para partir. Mientras, enciende un cigarro, no es el primero de la mañana, pero es uno que le llama la atención. Se encuentra dentro del “cubito de hielo” que es su coche, sin apenas visibilidad y, con el humo del pitillo, consigue que se vea menos aún. Son las penas que hay que pagar por los pequeños placeres de la vida, obviamente sabe que en unos minutos podrá conducir con facilidad y seguridad.

Coge el coche y tras callejear se incorpora a la autopista que le conduce a Madrid. Lleva un GPS, no es suyo, se lo ha dejado un familiar, aunque se comienza a convertir en uno de esos objetos que pasan a tener otro propietario por el tiempo de uso. Tras algunos kilómetros y varios cigarros llega a su destino. En un principio tenía pensado visitar el llamado Madrid de los Austrias, pero un recuerdo inoportuno le hizo cambiar de opinión y decidió ir a la Plaza de España, para encaminarse al Templo de Debod. El templo en cuestión es de origen egipcio. El país africano lo regaló a España por ciertas ayudas que recibieron años atrás con algunas construcciones. No dista mucho de lo que fue en Egipto, pero bien es cierto que aquí no se ha reconstruido un arco y que poco quedan de los materiales originales. Muchísimos de ellos se han sustituido por piedras de origen español, aún así, sigue conservando la magia del antiguo Egipto. Tiene partes en su interior que siguen siendo un auténtico enigma para antropólogos, historiadores, filósofos e investigadores, siendo éstas las que realmente estaban en un principio, por suerte.

Una vez aparcado el coche en una de las calles aledañas a la Plaza de España se encamina a un bar cercano. Quiere tomar un café con churros y ver si tiene la suerte de que el dueño sea permisivo y le deje disfrutar de un pitillo en el interior, junto al desayuno. Desgraciadamente esto último no ocurre, la ley antitabaco es extremadamente prohibitiva y hay quien no quiere jugarse multas por luchar en favor de la libertad de los individuos. Por ello, tras comer los churros, sale al exterior con el café ya no tan caliente como al comienzo, añadiendo un frío que bien podría formar parte del clima siberiano. Una vez terminado el desayuno y habiendo cumplido con el pago de la minuta y la consiguiente propina, se encamina al templo.

No ha olvidado llevar consigo su cuaderno y un bolígrafo, así como el Hiperión, de Hölderlin, libro que se encuentra releyendo por cuarta o quinta vez.

Una vez habiendo rodeado el templo tras un paseo, se sienta y lee. Hace pausas para escribir ciertas ideas para poesías, historias, reflexiones, investigaciones… mientras fuma, mucho, como le gusta hacer cuando realiza trabajo intelectual, cuando vive. Abren el templo y decide entrar a visitarlo, le llama la atención el precio exagerado que cobran, pero lo paga, no hay más remedio.

Tras terminar la visita vuelve al banco en el que se sentó con anterioridad, a seguir leyendo. Son, más o menos, las doce de la mañana y el sol calienta lo suficiente como para invitar a los ciudadanos a salir a la calle, con lo que la zona comienza a tener un ambiente que poco invita al sosiego. Es en ese momento en el que, a través de Whatsapp, le llega un mensaje. Nunca fue amigo de la tecnología, pero no le queda otra: no sólo es un ahorro, sino que es un medio prioritario de comunicación de la sociedad, de los que le rodean, por tanto. El mensaje es del todo inesperado, es de su antigua pareja, motivo por el cual no había ido al Madrid de los Austrias, ya que por allí sabía que ella solía parar y no tenía ganas de molestias. En él le dice que se encuentra al lado de su coche, que lo ha reconocido. Ella vivía en Madrid y había salido por esa zona a hacer unas compras. Añade, también, que quiere verle. Él responde: voy, llegaré en veinte minutos.

A los veinte minutos se encontraba allí, a escasos quince metros de ella. Se acerca y se dan dos besos. Ella le pregunta que cómo está, él responde de manera breve y devuelve la pregunta. Ella dice que bien y añade que algunas veces le recuerda. Él afirma: jamás sabrás lo que es el amor, lo que es amar, ni siquiera querer. Es una asignatura que se le escapa a la mayor parte de la humanidad, y formas parte del grupo de suspensos, por el momento. Mira al infinito, abre el coche, lo arranca y se va. Ella le ve alejarse, incrédula, sin saber si pensar bien o mal, sin saber si pensar. Intenta sentir, pero realmente se da cuenta de que desconoce aquello que siente… Mientras, en el coche, con los ojos vidriosos, él sonríe y dice en voz alta: el escarabajo, el escarabajo, el escarabajo…

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