Más pensamientos sobre el amor

Es interesante ver que, en la actualidad, una de las grandes lacras de la juventud es el amor. Se ha convertido en una pesada carga que hunde en lo más profundo del océano a los individuos. Intentaré explicarlo.

Partamos de la tesis de que desde los comienzos de la humanidad hasta unos años atrás, el amor se caracterizaba por ser, sino eterno, infinito: siempre ganaba, perduraba en el tiempo. No sería justo negar las grandísimas historias de desamor (tanto ficticias, como verídicas), pero la tónica general, aquello que queda en nuestra memoria de esta época pasada es que el amor se quedaba, no se iba. Curiosamente, en la actualidad, el amor se caracteriza no por quedarse, sino por irse.

Lo que antes se consideraba largo, duradero y “para siempre”, ahora suele desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Bien es cierto que las estadísticas de divorcios (al menos en España) no han crecido demasiado con respecto a otras épocas (incluso en comparación con la última dictadura que sufrimos), pero no es a dichas estadísticas a las que me refiero. Es a la ruptura entre parejas, parejas de jóvenes (y, quizá, no tan jóvenes).

En anteriores épocas, debido a la cultura en gran parte, la primera pareja solía ser la pareja definitiva. El amor, el único amor, perduraba en el tiempo. Ahora, esa percepción del amor ha variado considerablemente. Una gran amiga me decía hace un tiempo: “si tienes una nueva pareja no te ilusiones, lo más probable es que salga mal. ¿O acaso han salido bien tus anteriores relaciones?” Poco hay que no sea cierto en sus palabras. Estadísticamente una relación está condenada a terminar. La matemática se ha puesto del lado del desamor y contra ella no se pueden usar métodos tradicionales.

Aquí nos encontramos con la problemática de cómo afrontar una ruptura, una ruptura, por otra parte, lógica y matemáticamente anunciada. Pues bien, por el lado masculino es curioso el proceso. El hombre masa (utilizando el concepto de Ortega) suele buscar sexo, mientras trata de disfrazarlo, enmascararlo u ocultarlo bajo la capa del amor más profundo. Es por ello que las relaciones suelen terminar. También es por ello la gran cantidad de veinteañeros y treintañeros que mendigan relaciones que, cuando “disfrutan”, no pueden mantener debido al pavor que les da abandonar las faldas de su madre. Son hombres que fueron criados por mujeres (parafraseando a Tyler Durden), su salvación no será otra mujer, diría él; yo, más bien, apuntaría que no sabrían cuidar de otra mujer, o como otra mujer se merece. ¿Por qué? Porque ellos han sido cuidados y sólo buscan otra cuidadora. Una cuidadora física, en el apartado hogareño y sexual. Así, nos encontramos con una generación de hombres que se encuentran con un gran vacío espiritual (e intelectual). No conocen el amor ni lo buscan adecuadamente, realmente su esperanza es la igualación del sexo con tan bonito sentimiento, y que este engaño lleve a la mujer de turno a perder su tiempo vital con él.

Las mujeres masa, por su parte, parecen comportarse de manera diferente. Si bien pocas conocen el verdadero significado del amor, la gran mayoría lo buscan, con una seguridad insólita al afirmar que lo van a encontrar. Es como el arqueólogo que asevera que, con necesidad tautológica, dará, a lo largo de su vida, con el tesoro perdido de la Atlántida: un sinsentido, salvo intervención sobrenatural. Buscan aquello que no conocen sin tener la mínima pista sobre lo que quieren encontrar, pero buscan y buscan, sin rumbo fijo. Sin embargo, sí quieren una pareja en su vida que cumpla ciertas convicciones culturales preestablecidas: tenga cierto trato con ellas, se comporte de una manera u otra, hable de una forma u otra… sin obviar lo más importante: el aspecto físico. Algo primordial, nótese la ironía, si lo que se busca es compartir una vida (siendo el paso del tiempo para el ser humano la degeneración de su cuerpo). Es por ello que las rupturas para las mujeres son, incluso, más difíciles: siempre piensan que ese podría haber sido el hombre de su vida (aunque sean ellas las que lo dejen, curiosamente, o intenten convencerse repitiendo hasta la saciedad lo contrario). Es una búsqueda en la que el objeto buscado es menospreciado debido al desconocimiento de ese propio objeto, no hay una idea, hay una palabra, sin definición ostensiva, no hay objeto, no hay nada, es vacía.

Vemos el comportamiento de los dos sexos: los hombres no se manejan en el concepto del amor y no buscan adecuadamente, intentando sexualizar el propio amor que no conocen. Las mujeres, por su parte, sí que buscan el verdadero amor (aunque no lo conozcan), bajo la búsqueda cultural preestablecida. En este caso, el género femenino podríamos decir que entiende el sexo de manera dual: mientras que muchas perciben el acto como un intercambio y suelen practicarlo a menudo con diferentes sujetos, otras necesitan de una mayor confianza para realizarlo, pero no dejan de hacerlo en cuanto la adquieren.

Llegamos entonces a la interesante dupla del sexo/sexualidad. Voy a tomar la sexualidad y dejaré el sexo como mero acto de confluencia de cuerpos.

La sexualidad, bajo mi punto de vista, se nutre de cuatro pilares: el pilar emocional, el pilar intelectual, el pilar espiritual y el pilar físico (sexo). Así nos encontramos que el acto sexual es una parte de la sexualidad y, ni de lejos, la más importante. En los tiempos que corren, miles de jóvenes (tanto mujeres como hombres) entregan sus cuerpos a la confluencia por el mero placer, por el disfrute. Aparece entonces una sociedad llena de corrupción, la corrupción del cuerpo y, por tanto, corrompida emocional, intelectual y espiritualmente. La sociedad no practica la sexualidad, practica el sexo. La sexualidad (que contiene al acto sexual, ya que no defiendo la negación de éste) no es simplemente el disfrute de un momento, sino el trabajo por la continuación del propio momento. Es decir, en la pareja, ambos sujetos tratan de satisfacer intelectual, espiritual y emocionalmente al otro (así como a sí mismos), al igual que físicamente, siendo, entonces, esta última faceta la menos importante de la sexualidad.  Es, por tanto, crucial tener siempre éstas dimensiones presentes a la hora de buscar pareja: intelecto, espíritu, emociones y físico, obviamente, pero no primordialmente (como apuntaba ya Platón en El Banquete). No podemos olvidar que la propia búsqueda debe ser bidireccional: los ámbitos intelectual, espiritual, emocional y físico deben ser compartidos, es decir, dados y recibidos.

Sabiendo lo que es la sexualidad podemos entrar de lleno en el amor. No voy a repetir lo que anteriormente dije en otro post (Amor), así que voy a ampliar un poco por encima las consideraciones anteriores y actuales.

El amor es un constructo. Un constructo entre humanos y, por tanto, humano. Así, las metáforas sobre el amor que lo describen como un fuego se encuentran equivocadas. Las llamaradas consumen, el amor es vida, por tanto debe ser, al menos, otra cosa. Defiendo que el amor es aquello que construyen dos amantes con sus manos y que sólo se mantiene si ambos mantienen sus manos en él. Si en cualquier momento cualquiera de ambos aparta su mano del constructo, el puzle se deshace y es entonces cuando ambos han de darse cuenta de que aquello que vivían no era amor verdadero. El amor verdadero es aquél que no tiene fin, que no acaba ni con la muerte, porque queda en el recuerdo no ya de los amantes, sino de aquellos que participaron de ese amor. El amor verdadero ha de mantenerse bidireccionalmente con ayuda del marco de la sexualidad y sus dimensiones intelectual, espiritual, emocional y física, todo bañado de la propia vida y circunstancias que rodeen a los amantes.

Vemos, entonces, que lo que existe es una falsa idea de amor. Que éste no termina, debido a que jamás empezó y que la primera afirmación que hice “se caracteriza no por quedarse, sino por irse” no se debe enfocar al amor verdadero, dado que siempre estuvo. El problema no es del amor, sino de todos aquellos seres humanos que viven engañados y que jamás darán con la “piedra de toque” que les ayude a disfrutarlo en compañía de la pareja correcta.

De todos modos, suerte.

Sin acritud.

PD: El post es una reflexión no corregida, no pretende ser un tratado, sino que es algo que se me ha planteado pensando en el problema de alguien a quien tengo mucho aprecio.

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