Viaje con destino.

Es muy pronto. Ella abre los ojos y se encuentra sola en la cama, todavía caliente. Sabe que debe darse prisa, hoy tienen un viaje programado y hay que tenerlo todo preparado para salir cuanto antes. No les gusta llegar tarde, es más, prefieren ir con tiempo para poder realizar todas las tareas y después volver a casa, a disfrutar de lo que queda de día en su querido pueblo. El lugar en el que son felices.

Él hace tiempo que está despierto. Se levantó sin hacer ruido, la acarició y separó su mano del cuerpo de su mujer sin que se diera cuenta, sin despertarla, como hace siempre. Se encuentra mirando tras el cristal de una puerta metálica, viendo amanecer. Los primero rayos de sol comienzan a entrar en el corral. Dirán que es típico o, incluso, que hay amaneceres más bonitos, pero ninguno es como ese, ninguno es como el que se da en su pueblo, en su casa, en el lugar que ellos y su familia han compartido siempre. Un corral, antes lleno de tierra y ahora cimentado, pero siempre lleno de vida, vegetal y animal, y lleno de vivencias y felicidad. Ahí han crecido ellos, han crecido sus hijos, sus nietos y, también, juegan ahora sus bisnietos cuando les visitan. Y tanto él como su esposa, mientras, disfrutan con todos.

Ya preparado desde hace tiempo, se sienta en un banco del portal a esperar y pensar. Portal que comienza a iluminarse gracias a la entrada del sol. Portal que, al igual que el corral, está lleno de recuerdos. Portal que ha vivido y vive innumerables visitas, no sólo de familia, sino de vecinos y amigos, que se reúnen allí para hablar y dialogar con ellos. Son unas personas muy queridas por todos y eso se nota, es una casa llena de jovialidad y alegría, llena de vida, llena de conversaciones interminables, llena de verdadera humanidad. Todo el que va es bien recibido, todos son invitados y convidados a aquello, aunque sea poco, que tengan. La vida ha sido dura, pero ahora recompensa y, gracias a la pequeña pensión que reciben, pueden dar y dar, sin pedir, como siempre quisieron.

Mientras, piensa en el trayecto que van a seguir. Deben hacer ciertos recados para vecinos del pueblo. Es costumbre allí que a aquél que va a un pueblo más grande se le encomienden ciertas cosas, ya que es una pequeña zona que no tiene los privilegios de una gran urbe. Antes, deben realizar unas gestiones, obligatorias, pero no demasiado significativas. La burocracia no es relevante, sea la que sea, aquello que realmente tiene importancia es el amor, el amor que ambos se profesan, el amor que existe en su familia. Lo demás, secundario, siempre.

Ella se levanta de la cama y entra al baño, se ducha como bien puede. Los años no perdonan y su estado físico no es el mejor, aún así sigue pudiendo valerse por sí misma. De todas formas, él la ayuda en lo que puede. Es despistado, ya arreglado la ayuda con la ducha, se va a manchar, ambos lo saben. Ella le echa una pequeña bronca, él la asume, sabía que ocurriría, pero a ninguno le importa en realidad, son cosas de la edad, la convivencia. A decir verdad, ninguno sabría vivir sin ello.

Una vez acaba de ducharse se peina y, mientras termina de vestirse y desayunar algo, él aprovecha para salir al corral y arrancar el coche (desayunó hace tiempo, debido a que se levantó muy pronto). Lo compró hace unos pocos años y se encuentra en perfectas condiciones, está casi nuevo, pero son manías que ya no puede evitar. Tiene que arrancarlo con tiempo, esperar a que “se caliente”, cuidarlo… siempre lo aparca igual, siempre lo coloca igual, siempre hace las mismas maniobras cuando lo tiene en el corral… y siempre lo mueve para dejarlo en la misma posición para que ella suba: la más cómoda que ha podido encontrar. Son pequeños detalles de los que él ni se da cuenta, ella tampoco, pero aquellos que lo ven desde fuera pueden sentir como dos personas son capaces de tocar y construir el amor con sus propias manos. Dejando el paso del tiempo y la rutina a una altura tan indiferente que sólo nombrarlas es un insulto a su relación.

Ella sale de casa y entre ambos cierran la puerta. Ella sube al coche y él abre los dos grandes portones que dan salida del corral a la calle. Conduce el automóvil hasta colocarlo en un lugar en el que no moleste a los vecinos del pueblo (la calle es concurrida por tractores y no hay que molestar a la gente cuando trabaja, es algo que en el pueblo se lleva a rajatabla). Una vez bien colocado (como siempre, en el lugar de siempre) se baja y se dirige a los portones. Cierra y, al igual que hizo con la llave de la puerta de casa, esconde la llave en un lugar que únicamente conocen ellos y su familia. Es otra manía, en lugar de guardar las llaves en un bolsillo y llevarlas con ellos cómo hacemos en las grandes ciudades, ellos son más confiados, simplemente las esconden en un lugar no muy difícil. Nunca se sabe si algún familiar va a ir a casa.

Una vez vuelve al coche emprenden su viaje. Dejando el gran frontón del pueblo a la izquierda, toman una de las vías secundarias. Ésta les conduce de manera más rápida a una pequeña carretera, que es la que deben tomar para poder incorporarse a una mayor, que comunica los pueblos más conocidos y habitados de la zona. Entre ellos el que deben visitar. Antes de salir, pasan por la nave de unos familiares, los cuales se encuentran en la puerta intentando guiar a las ovejas en su viaje diario a los pastos. Les saludan sin bajarse del coche y entablan una pequeña conversación. Como siempre, terminan diciéndoles: tened cuidado. Una expresión muy usada por allí. Obviamente, no se marchan sin preguntarles si quieren algo, pero, al igual que les dijeron ayer, se lo agradecen, pero no necesitan nada en esta ocasión.

Siguen adelante, a él nunca le gustó ir rápido, y menos ahora con la edad, por lo que va bastante lento, pero seguro, y respetando todas y cada una de las normas. Es prudente y buen conductor, evita el riesgo. Llegan a una señal de Stop y tras realizar la parada correspondiente, giran a la derecha. Ahora toca pasar por un vaivén de cuestas empinadísimas. En su juventud, él las recorría en bicicleta. A todos les cuenta que antes las pendientes eran iguales o peores, pero sin asfaltar, lo que hacía el camino arduo y costoso, pero con esfuerzo se podía conseguir, apuntaba. Sus hijos y sus nietos ahora también las recorren en bicicleta, pero como unos señoritos, ya que lo hacen sobre un pavimento bastante más sencillo. Aún así, reconoce su mérito y ríe cuando le cuentan sus hazañas (quizá recordando y comparándolas con las de sus años mozos). Pasadas las cuestas arriba (con sus correspondientes bajadas) llegan a un pueblo que se encuentra a su derecha. Deciden pasar unos minutos, allí tienen familia y quizá necesiten algo. Deja el coche en el mismo lugar en el que acostumbra a dejarlo cuando va allí de visita y llaman a la puerta de sus familiares. Les reciben con alegría, ofreciéndoles también lo que allí tienen, por si les apetece almorzar algo. Dicen que no, que van con algo de prisa, que pasaban para ver si necesitaban que les trajeran cualquier cosa y que a la vuelta se quedarán un rato más, así sería más productivo. Les encargan comprar unas pocas cosas y, tras apuntarlas en un papel, reemprenden su viaje.

Retoman la carretera y, dejando una pequeña iglesia a la izquierda, llegan a una intersección. En esa intersección siempre hay conflicto. Unos dicen que se ha de tomar de una forma y otros de otra, nadie se pone de acuerdo. Él, recordando los libros de autoescuela, siempre dice cómo se ha de hacer y tiene razón. El problema es que no todos los conductores se le asemejan en conocimiento. Giran a la izquierda en el cruce y, por fin, acceden a una carretera en buen estado. En esa carretera ya hay más afluencia de coches, hasta ahora habían ido solos, pero ahora les adelantan muchos. Es de doble sentido y únicamente está permitido adelantar en ciertos lugares, a él no le importa, no tiene prisa y casi nunca suele adelantar. Además piensa que la edad le limita y evita peligros innecesarios.

Ella está sentada en el asiento del copiloto, normalmente cuando viajan en coche hablan poco y si lo hacen es para planificar más o menos aquello que van a hacer. No le gusta molestar al conductor, que siempre se afana en que tengan un viaje tranquilo, sin sustos, concentrándose en aquello que hace. Están llegando a su destino. Dejando atrás campos de tierra fértil que acaban de ser cosechados, con alpacas colocadas de manera arbitraria a lo largo de las fincas, pero con un perfecto orden al establecerlas unas sobre otras y formar grandes estructuras.

Sin embargo, algo extraño ocurre. Llegan al pueblo al que se dirigían y él continúa conduciendo. Lo pasa de largo, no toma el desvío. Ella se extraña pero no pregunta nada, ni le avisa. Piensa que quizá vaya a otro lugar que desconozca. Tras unos minutos y más kilómetros recorridos se encuentran llegando a otro pueblo cercano y algo extraño ocurre. El páramo y las tierras cosechadas comienzan a quedarse atrás para dar lugar a frondosos bosques que se apuntalan a ambos lados de la carretera. Grandes árboles con hojas verdes, impregnadas del rocío de la mañana. El sol, más tenue se deja ver en la lejanía y sus rayos pasan entre los troncos de los árboles de tal forma que, en ocasiones, parecen finísimos hilos dorados que casi se pueden tocar. El clima cálido da paso a una temperatura algo más tibia, como si se hubieran transportado dos pares de cientos de kilómetros al noroeste, curiosamente puede situar casi con exactitud la zona. Entonces, ella pregunta: ¿Dónde vamos? Él responde: no te preocupes, ya estamos llegando.

Los preciosos bosques con grandes árboles no terminan, apareciendo tras ellos grandes montañas de altas cumbres con nubes que dejan escapar pequeños rayos de luz que inciden sobre el cristal del coche, haciendo juegos cromáticos variados y bellos. Son paisajes de una belleza indescriptible, paisajes que la recuerdan a aquellos viajes que hicieron nada más jubilarse. Esos eran lugares por los que habían pasado en autobús o que habían recorrido a pie, quizá los habían visto a través de una ventana, pero nunca los había visto desde un coche. Aquellos viajes que realizaron les permitieron conocer un mundo que hasta entonces les había sido vedado debido al trabajo en el campo y la necesidad. Toda esa grandiosidad y magnificencia que vieron en su momento ahora se presenta en su modesto viaje en coche. Es sorprendente, quizá increíble, pero es lo que está ocurriendo, de nuevo se encuentran allí, pero, esta vez, tras un viaje mucho más corto. Ella, intrigada, vuelve a preguntar: Pero… ¿Dónde vamos? Y él, otra vez, vuelve a responder: ya estamos llegando. Tras ello, la mujer, pestañea.

Entonces abre los ojos, está sola en la cama y el otro lado de ésta se encuentra frío. Es demasiado pronto en la madrugada aún y busca la mano de su esposo sobre su cuerpo, pero no está. Él hace tiempo que no está, hace tiempo que se fue. Hace unos meses que hizo presente su absoluta ausencia para no volver, para esperarla en otro lugar mejor. Lágrimas llenas de dolor, abandono y ausencia, sobre todo ausencia, ausencia absoluta, esa ausencia absoluta que él hizo presente aquél fatídico día, brotan de sus ojos. Siente que le echa de menos mientras gira su alianza sobre su dedo, siente que no puede vivir sin él, pero sabe que en todo ese dolor, en todo ese abandono, está su recuerdo, está él, como está en todos y cada uno de los miembros de su familia que tanto la quieren. Y por ello sigue, por ello siguen, porque nunca se fue del todo y porque siempre estará esperando, sonriendo, para volver a estar juntos, ellos y todos.

Tras el sueño, pasa la noche en vela. Decide levantarse de la cama cuando
escucha los ruidos que hace su hija al levantarse para ir a trabajar (ahora vive con dos de sus hijos). Los primeros rayos de sol comienzan a incidir a través de las persianas y ventanas del piso, ubicado en una gran ciudad, alejado de su pueblo. Ya no es lo mismo, ya no hay belleza en el amanecer, sin él no. Mientras desayuna, le cuenta lo que ha soñado. Su hija la abraza y dice que es algo muy bonito tener presente a su marido. En ella vuelven a brotar las lágrimas. Tras otro abrazo, su hija debe irse, las obligaciones laborales no perdonan y ella debe quedarse sola en casa, haciendo diferentes tareas para entretenerse.

Pasan los días y llega la familia a visitarla… sus otros hijos, los nietos… entonces su hija la anima a que comparta su sueño. Emocionada, lo cuenta para que todos puedan oírlo, las lágrimas vuelven a aflorar, todos recuerdan a su padre, su abuelo, su suegro… pero todos están de acuerdo en que de alguna forma permanece, en todos y cada uno de ellos. Es, quizá, inexplicable, pero cierto. De repente, la conversación cambia y se busca un momento de risa fácil, de distracción, para no afrontar el dolor de la pérdida en instantes que deberían ser de alegría… mientras, alguien en el salón se queda callado y decide recordar y escribir todo lo que ha oído, visto y sentido…

Historia basada en sueños reales…

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