Mi abuelo

Mi abuelo era un buen hombre. Era una grandísima persona. Más allá de eso sé algo que a día de hoy sigue dándome ánimos para continuar y seguir caminando: mi abuelo era, y estoy seguro de que es allá dónde esté, feliz.

Digo feliz, porque era absolutamente feliz, completamente, en su plenitud. Desde que le conocí, o tengo recuerdo de él, al menos, lo era. Y lo era porque le llenaba su familia, porque vivía intensamente todo lo que acontecía en ella. Sufrió intensamente la muerte de sus padres, de sus hermanas, de sus grandes amigos… igual que disfrutó con la misma intensidad de la vida en pareja con su mujer (mi abuela), sus hijos, sus nietos, sus bisnietos… Siempre nos contaba tramas genealógicas, trataba de hilar cabos familiares, incluso lejanos, y no le gustaba perder el contacto con todo aquél que era primo, sobrino, cuñado… amigo de la infancia, compañero del antiguo servicio militar obligatorio, de fatigas… era un hombre entregado a los suyos, y a todos.

Le encantaba contarnos cómo era la vida en el pueblo, su pueblo, el lugar que él mejor conocía, y compararla con lo que, tras disfrutar de la oportunidad de jubilarse y viajar por la geografía española lo poco que pudo, había conseguido ver y compartir. Así, nos contaba a los nietos, mientras jugaba con sus bisnietos, historias sobre los lugares que, en el presente, nosotros pisábamos dando un paseo cuando íbamos a visitarle. Nos decía que, antiguamente, en el pueblo, no había electricidad. El único que podía gozar de ella era el habitante del molino, a día de hoy abandonado y medio derruido, porque la adquiría gracias a la energía del agua. Con ello, también tenía una radio. La única del pueblo, una antiquísima radio, que no tenía un gran sonido, simplemente sonaba y distraía… comunicaba… emitía música. El molino se encontraba, cómo no, al lado del río, a unos 20 minutos del pueblo, caminando. A día de hoy se pueden visitar las ruinas, pero los que lo hacemos únicamente vamos en las horas de sol, porque por la noche se hace difícil guiarse por esos caminos aún con ayuda de una linterna… sólo sabes que has llegado en el momento en el que topas de bruces con un nogal, un nogal entrado en años que, cada ciclo, sigue dando nueces. Mi abuelo nos contaba que cuando era joven él iba al molino por las noches con un gran amigo suyo y vecino del pueblo, a escuchar la radio junto al dueño del molino, a escuchar a dos de sus cantantes preferidos: Manolo Caracol y Antonio Molina. Trabajaba de sol a sol y, pese a no haber disfrutado de una educación como la nuestra, obviaba horas de sueño y descanso para disfrutar de la cultura musical. Eso hacía mi abuelo, y eso nos contaba, alegre y entrañable, sonriendo, queriéndonos con sus palabras, sus gestos…

Recuerdo a mi abuelo, lo recordaré siempre, aunque se fuera parar no volver o para esperarnos a todos pacientemente a que lleguemos al lugar en el que se encuentra. Es algo que quería compartir, como hacía él.

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