La magia existe.

Leo libros y textos, en la medida de mis posibilidades, la mayoría de ellos filosóficos o poéticos. No niego que tampoco lea algunas novelas y que no eche un ojo a la prensa de manera diaria (sabiendo el daño para la salud que me suponen las malas noticias). Por otra parte, leo algunos artículos científicos y revistas varias, incluso los catálogos que dejan en mi buzón de vez en cuando. Vamos, leo lo que puedo y, también, escribo.

Es ese momento en el que lectura y escritura se unen en el cual se produce la verdadera magia que sólo se encuentra al alcance de unos pocos afortunados. Cuando un escritor escribe, elige minuciosamente las palabras que considera adecuadas para argumentar, describir o contar sin más aquello que quiere hacer público. La elección realizada por el autor es, sin duda, un acto de violencia, un acto en el que realiza un apartheid de todo un elenco de palabras que seguramente merecieran aparecer en el texto. Pero el autor no lo considera así y las deja fuera, sin mención ninguna a todas ellas.

Este momento violento es mágico, extremadamente mágico. Gracias a que el autor elige decirnos aquello que nos dice, argumentar aquello que argumenta o describir aquello que describe, quedan fuera del texto un sinfín de variables que se relacionan directamente con éste y no ven la luz. En ocasiones, aquello que no se dice en el texto es lo más importante del propio texto (recordemos el Tractatus).

Así, lo verdaderamente importante de muchos libros no son sólo los libros en sí, sino la implicación mágica nacida de la violencia de la falla realizada entre lo elegido y lo no elegido con nuestra imaginación, porque gracias a ello, un libro no sólo nos permite vivir aquello que se encuentra en su interior, sino investigar, deducir y suponer aquello que aparece fuera de él.

Queda demostrado así, que la magia existe.

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