María Zambrano. El exilio en un pensamiento filosófico.

Este trabajo lo redacté hace años. Obviamente no es de mis mejores reseñas. Además seguro que contiene aberraciones gramaticales dado que, para variar, tampoco es la versión definitiva que terminé por entregar debido a mis desastroso orden. En todo caso, obtuve un sobresaliente.

Lo comparto debido a que la persona a la que más abajo le agradezco sus palabras, me aconsejó hablar del papel de la mujer en la filosofía y recordé que lo hice hace tiempo y que es algo que tengo presente (al menos la española).

Así que, en arreglo a su recomendación, aquí el mencionado texto:

María Zambrano – El exilio en un pensamiento filosófico

Gracias a Laura Rivera González por su consejo.

Sin acritud.

Una elección vital

Son las dos de la madrugada. Otra noche sin pegar ojo, en unas horas de nuevo la luz. Se levanta de la mecedora donde pensaba y fumaba su pipa mientras intentaba cerrar los ojos, al menos. Se asoma a la ventana, la brisa marina entra por ella. Su solitaria casa se llena de un aire lleno de vida, desgraciadamente todo sigue vacío. Él está solo, se siente solo, el tiempo se dilata, las horas se hacen días, los días meses… todo se eterniza… pero él se hace cada vez más viejo a pasos agigantados.

Nunca se relacionó en exceso con los demás. Su vida se redujo a su despacho, su biblioteca, su familia, y sus pocos amigos. Sus amigos comenzaron a independizarse: formaron familias, buscaron futuro fuera de la ciudad, del país… él siguió con la que era su pretensión: disfrutar de la vida, dedicarse a sus estudios y hacer todo ello en un lugar cercano al mar.

Terminó su carrera, su máster, su doctorado, su cátedra… en cuanto pudo abandonó la ciudad, se fue a un pueblecito que linda con el Mediterráneo y allí se estableció. Conseguía dinero de aquí y allí, con clases, conferencias, de particulares que querían aprender de él… Esa fue su vida durante unos años, ahora da charlas a aquél que quiera escucharle, en las rocas del mar, con el sonido de las olas de fondo, que ya se ha convertido en una parte muy importante de su discurso. Ese discurso que quien lo escucha dice de él que te ayuda a vivir mejor. Pesca, vive de lo que le ofrece la tierra… poco más.

Empieza a ser mayor, viejo… su familia ya no está, sus hermanos (al igual que sus amigos) buscaron futuros mejores lejos de su país natal, con sus parejas. Sus abuelos, sus padres, sus tíos… ya fallecieron… sus primos están en la capital, con sus familias formadas, demasiado lejos como para ir a verlos a esta edad. Ahora solo tiene recuerdos, fotografías, vídeos… nada más, no hay nada más que le haga compañía. Sus viejos amigos están lejos, su familia igual… está él solo, en plena madrugada, disfrutando, viviendo o sufriendo la vida que eligió vivir… sin mayor compañía que la de sus libros.

Dando una gran calada a su pipa abandona la ventana, se dirige al despacho y se hace con varios álbumes de fotos. Sus abuelos, sus padres, sus hermanos… toda su familia… todos sus amigos… escoge las fotografías más representativas de todos y cada uno de ellos. Las mete en su mochila, abandona su casa no sin antes pasar por el baño y el mueble-bar y cierra la puerta.

Tras un paseo de 20 minutos llega a la playa, no es que esté lejos, sino que ya se tiene que ayudar de un bastón para moverse, ya no tiene la misma agilidad que antes, ahora es lento. La luna llena se refleja en el agua del mar, que va internándose en la arena poco a poco. Abre la mochila, pone todas las fotografías a su alrededor, mirando al mar. Deja las de sus padres para las últimas y pone una a cada lado, estando él entre ambas. Mira mamá, dice, ¿ves como nunca me ibas a dejar solo? Mientras llora, las lágrimas inundan sus ojos. Curiosamente, es feliz. Está en el mar, junto a todos los suyos, disfrutando todos juntos, de nuevo.

Vuelve a tomar en sus manos la mochila, esta vez abre un bolsillo exterior y saca una gran dosis de narcóticos. Esos narcóticos son los que su médico le prescribe siempre para su dolor de espalda, ese maldito dolor. Ese dolor que tanto tiempo le ha tenido postrado en su cama, sin ganas de más que de tomar drogas que le permitieran olvidar, por un momento, ese terrible sufrimiento.

Junto con una botella de whisky que saca de otro bolsillo los toma, se tumba y mira al cielo; las estrellas y la luna resplandecen. La marea toca su melodía, esa melodía que siempre acompaña sus pensamientos y sus discursos desde hace tantos y tantos años. Comienza a dormirse sabiendo que la dosis que ha tomado no le va a dejar despertar en muchas horas… las lágrimas caen por su cara, sonríe… está rodeado de su familia, de sus amigos… ha conseguido lo que tanto ha echado de menos… compañía. Nunca tuvo el amor de una pareja pero ahora, en este momento tan importante, le acompañan los que él quiere, los que él necesita.

La marea sube, debería moverse, pero está dormido y no va a despertar, a él ya no le importa… está con los que ama, y tanto él como ellos, se van ya con el mar.

 

Creer

A mi amiga Paula López De La Fuente.

 

Todos creemos necesariamente:

En algo tangible,

Como una figura.

En algo imaginario,

Como un sueño.

En algo esperanzador,

Como dios.

En algo latente,

Como un sentimiento…

O necesitamos creer simplemente,

En aquello que nos hace creer:

En nuestro pensamiento,

En alguien,

En ti… creer en ti misma.

 

 

El verdadero sentido de la vida no reside en la completa respuesta de toda pregunta lógica.