Sabiduría

Hoy, lo que son las cosas de la vida cotidiana, he leído una frase que me ha hecho reflexionar: “todos somos sabios en la medida de nuestras posibilidades”. No, es falso, o eso opino… y lo argumento.

Afirmar eso es un juego de palabras, una infamia. Mediante ese juego una anoréxica podría decir: “yo soy gorda en la medida de mis posibilidades”(misma argumentación que dí cuando leí la oración que analizo), y no, no lo es. De hecho, tiene una enfermedad bastante grave que necesita de tratamiento y no es precisamente por ser obesa. Pero bueno, realmente no es relevante que me parezca verdadera o falsa una afirmación, sino lo que gracias a esta (y le agradezco profundamente a quién la escribió esta oportunidad) he recordado y procedo a publicar:

La sabiduría puede tomarse por dos vertientes: una la del conocimiento (profundo), otra la de la experiencia. Bien, con esa segunda podría defenderse la oración inicial pero… es inútil y mezquino, para los procesos cognitivos, claro, me explico:

La experiencia si no me equivoco es personal, en tanto en cuanto es individual, perteneciente a cada uno, no puede establecerse como prueba de nada puesto que es algo de lo que el otro no puede participar, quiero decir: si en tu mundo de experiencias el efecto Coriolis te hace pensar el movimiento del agua de una forma (ciudadano del hemisferio norte), en el mundo de experiencias de un habitante del hemisferio sur le hará pensarlo de otra… ¿A qué nos lleva esto? La experiencia valdrá en tu mundo, pero no en el mío, en el nuestro… aquí prima el conocimiento, si no conoces no eres sabio… y pocos conocen, luego pocos son sabios, son simples humanos, masa, estúpidos.

Por tanto prima el conocimiento, bien. ¿Qué conocimiento? El conocimiento teórico y práctico, el que tiene un sentido y por tanto se conviene, esa es la verdadera sabiduría al fin y al cabo. La experiencia viene después, tras poner en práctica los procesos cognitivos se crea una experiencia particular que no sirve para justificar nada más que a uno mismo frente a sí mismo, repulsivamente “cristianoide” me parece…

El conocimiento teórico se encuentra en los libros, evidentemente…. Pero no sólo en ellos, los sabios pueden transmitir su conocimiento, luego también se da de forma oral: un sabio no tiene que serlo únicamente porque lea mucho, si no que lo puede ser debido a que sabe escuchar.

Por otro lado el conocimiento práctico nace a partir del proceder del conocimiento teórico, se adquiere con la puesta en funcionamiento de este aunque también es posible adquirirlo mediante la mímesis (como decía cierto griego), lo cual me resulta bastante patético (a él también se lo parecía) pero bueno, el rebaño es el rebaño.

No quiero extenderme más no sólo porque no tenga tiempo si no porque no quisiera faltar al respeto a nadie con un tema que me resulta tan sencillo: unos son tontos y otros no, no hace falta defender al estúpido, su existencia es ridícula. Aún así, no acabaré el texto sin decir que el conocimiento es inter-personal, es decir, para que tenga sentido ha de ser convenido por las comunidades de usuarios de juegos del lenguaje, he ahí la clave por la que la experiencia no tiene validez como prueba de sabiduría.

Para terminar, recordar una frase que, creo, escuché a alguien en cierta ocasión… pero por desgracia no recuerdo quién:

“Los sabios, son sabios, porque cuando otros más sabios que ellos hablaron, ellos supieron estar escuchando”. Añado que, también, supieron leerlos.

Sin acritud.

 

¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!

Con este verso de un poema de Whitman comenzaba un texto que tenía previsto grabar para la maqueta de un buen amigo… debido a problemas logísticos no ha podido ser y por ello procedo a publicarlo, es una pequeña reflexión sobre el déficit intelectual de nuestra generación:

Somos una generación a la que se le prometió un futuro brillante, somos una generación que, en su niñez, soñó con tener profesiones extraordinarias, somos una generación a la que se le ofreció una educación como nunca antes hubo en nuestro país, una generación que tuvo la oportunidad de ser aleccionada hasta los 16 años de manera gratuita… una generación a la que nuestros padres y nuestros abuelos envidian, porque tenemos unas oportunidades de las que ellos carecieron.

Dejando de lado la viabilidad o no de los planes de estudio que sufrimos, no podemos negar que no hayamos tenido el acceso a las fuentes que nos muestran, que nos ilustran, que nos dan la clave para conocer el verdadero placer de vivir la VIDA con mayúsculas: la filosofía, la poesía, las matemáticas, la física… hemos tenido todo en nuestra mano y no todos lo han aprovechado.

Formamos parte de una generación en la que un gran porcentaje de jóvenes ha tirado por la borda sus oportunidades. Han decidido tener una vida inauténtica, ser parte de una masa dedicada a la praxis laboral sin más preocupaciones que la de llegar a fin de mes, tener una mujer, una casa o un coche… pocos piensan en la manera de mejorar el mundo y muchos menos ven más allá de su ombligo.

Una inmensa mayoría no sabe quién fue Platón, lo que su obra significó para nuestro presente, la verdadera realidad de la II Guerra Mundial es pensada como el director de la película más taquillera acerca de ella ha querido, y son sólo un par de ejemplos. Los jóvenes de hoy en día teniendo muchas más oportunidades que sus antecesores, consiguen cotas cualitativamente más bajas que ellos. Y es que lo importante de la vida no es tener una carrera con múltiples salidas o un buen trabajo, lo importante de la vida es poseer las herramientas para vivirla plenamente, lo importante de la vida es vivirla, comprender los porqués, conocer… no padecerla, no que te pase sin más.

En un mundo de tiniebla intelectual como el nuestro hay demasiados ciegos, algunos tuertos y muy pocos que tengan los ojos verdaderamente operativos y abiertos… sólo espero que estos últimos se unan y con el coraje que caracterizó a todos aquellos que, desgraciadamente con su sangre, consiguieron los derechos de los que a día de hoy disfrutamos, logren dar luz a ese mundo de oscuridad en el que la mayoría, quizá por ignorancia, decidió estancarse mientras se conformaban con ver sólo sombras para que así, todos podamos disfrutar de un mundo de luz, de un mundo mejor, de un mundo bueno.

No permitáis, ninguno, que vuestra incultura os pase factura.

Sin acritud.

Copa del Rey

El pasado Miércoles se disputó la final de la Copa del Rey. Se impuso el Real Madrid y fui testigo de lo que ocurrió en la capital: decadencia. El país se hunde y pocos hay que dejen de ver la programación televisiva para salir a la calle y dedicar su tiempo a demostrar a Zapatero que no estamos a favor de sus equivocaciones; en cambio, once multimillonarios ganan un título y una masa ingente de personas salen a la calle a “celebrarlo” mientras nos hundimos más aún porque son nuestros impuestos los que tienen que sufragar su maldita “diversión”… curioso pero esta es, sin duda, la manera de funcionar de España: el reino de la estupidez. Una vez más, bochornoso.

Sin acritud.

Wittgenstein y la creencia religiosa

En “Conferencias sobre estética y creencia religiosa”, Wittgenstein aborda el problema de la religión. Hace un año y algo, realicé una revisión sobre lo que considero una parte importante de la conferencia que procedo a publicar y que, espero, sea de gran ayuda a la hora de entender mi posicionamiento frente a la religión, muy cercano al del gran maestro austriaco.

Sin mayor dilación, mi modesta reseña:

En su filosofía de la religión Wittgenstein parece plantear una aplicación de lo que es toda su teoría filosófica en torno al lenguaje: los juegos del lenguaje, la teoría del uso, la crítica a los lenguajes privados, etc… en definitiva intenta demostrar que tanto el juego del lenguaje religioso como el ordinario (científico, matemático…) son compatibles, pero que deben sus diferencias a la convención y que el problema resulta cuando se toman como sinónimos conceptos que en ambos significan cosas distintas.

Para Wittgenstein tanto el juego del lenguaje de la ciencia como el religioso tienen varias diferencias básicas y fundamentales. Hemos de partir de que todo juego del lenguaje se da por convención, es decir, la comunidad de hablantes llega a un acuerdo sobre diferentes aspectos y a través de ellos desarrollan su conocimiento, por lo que también el conocimiento es una convención. Al hablar de convención en el conocimiento hay que mencionar el problema de la definición ostensiva: si alguien señala algo y dice “eso es rojo” no quiere decir que eso que vemos sea rojo (un empirista clásico lo afirmaría con rotundidad) sino que eso que señalamos hemos convenido que sea rojo, y sólo podemos comprobar que efectivamente lo es a través del juego del lenguaje, es decir, comprobando qué es rojo y qué no lo es para la comunidad de hablantes. Hay que hacer un apunte antes de continuar adentrándonos en los juegos del lenguaje y este es que para Wittgenstein, los juegos del lenguaje no sólo implican el lenguaje sino la tradición, la cultura, la situación… los juegos del lenguaje son esa parte mística que adelantaba en el Tractatus, de la que no se podía hablar ni decir nada, de hecho cuando Wittgenstein los menciona también nos dice que de ellos realmente no se puede hablar, los sitúa en un lugar cercano a la lógica, sólo podemos mostrarnos a través de ellos, comunicarnos, usarlos.

Es en este punto donde Wittgenstein introduce el verdadero problema entre el juego del lenguaje religioso y cualquier otro: todos se dan por convención, pero las distintas comunidades tienen convenciones distintas. Y aquí podemos abordar el primer problema: el término creencia. La palabra creencia no se utiliza del mismo modo en un ámbito religioso que, por ejemplo, en un ámbito científico. Creencia en un juego del lenguaje ordinario puede incluso corresponderse con conocimiento, porque cuando un hablante usa la expresión: “Yo creo que x”, está sustentada en un criterio público, antes de enunciarla todo ello pasó por una evaluación, hubo cierto lugar a la duda (aquí se puede ver el trato que hace Wittgenstein del escepticismo filosófico, lo usa hasta el punto en el que le es útil), y tras esta duda dice que cree, en diferentes situaciones se acerca y asimila a “sé que x”. Sin embargo para un creyente la frase “yo creo que x” referida a cualquier acontecimiento religioso no ha pasado por  un proceso de evaluación, no hubo un lugar a la duda previo a la afirmación, se apoyan en diferentes “pruebas” o “datos” que se vienen abajo con el pensamiento vertido por el propio Wittgenstein durante su trayectoria filosófica como veremos a continuación a través de los cuatro pilares básicos de “fundamentos” de la religión:

–          Un creyente nos dirá que cree lo que cree porque existen los milagros y puede intentar mostrar pruebas de ellos. No sirven como concluyentes (las pruebas milagrosas) dado que un milagro no es un hecho empírico puesto que no existe otro fenómeno que pueda ponerlo en entredicho y, sobretodo, cada persona podría hacer una valoración diferente de ese hecho catalogado como “milagroso”: un creyente dirá que es un milagro, un científico quizá pueda encontrar una explicación que demuestre que es un fraude.

–          Nos podría decir que es gracias a una experiencia personal por lo que cree. En Wittgenstein ese tipo de experiencias en tanto en cuanto no pueden ser comunes no tienen sentido (se puede ver claramente haciendo una analogía con su crítica a los lenguajes privados), si sólo un individuo de la comunidad puede ser partícipe de ello no puede probar nada, dado que lo que caracteriza a una prueba es que puede ser exhibida y que otros podrían también seguir ese camino.

–          Podría decirnos que sustenta sus creencias en pruebas históricas. Otro error (ya Hume dijo que caeríamos en la superstición si seguimos este camino), Wittgenstein argumentará que un creyente se basa en narraciones específicas que nada tienen que ver con la relación que existe con la verdad histórica, luego el juego del lenguaje de las pruebas históricas carece de sentido y relevancia en la religión.

–          Por último el creyente podría intentar presentar pruebas lógicas y argumentativas. Es en este momento donde volvemos a lo citado anteriormente (la convención). Para un creyente el concepto de “verdad” no es el mismo que para un científico, la verdad en un lenguaje científico se asocia a pruebas, a evidencias, a demostraciones… sin embargo en el lenguaje religioso la verdad se encuentra en relación a la fe, la gracia, la revelación… la verdad para un científico es racional e intelectual… para un creyente se acerca mucho más al plano de los sentimientos, sienten depender de una voluntad ajena. No quiere argumentar con ello que se puede decir cualquier cosa en el plano religioso, eso es importante, sino que habla de una cierta actitud ante la vida, dejarse guiar o no por cierta imagen (un ejemplo sería el de la creencia en el Juicio Final, que esgrime en el texto).

Si pensamos que una persona que participe de ambos juegos del lenguaje entraría en contradicción nos encontraríamos equivocados ya que realmente no sería así, dado que hemos dicho que son actitudes, por lo que no existe una contradicción lógica en ningún momento. El verdadero problema de la palabra creencia, de la palabra verdad o de muchas otras aparece cuando pensamos y nos comportamos como si en ambos juegos del lenguaje significaran lo mismo y, más allá de ello, se emplearan de igual modo.

El significado de una palabra o expresión para Wittgenstein está dado por la forma en la que la usamos, por el contexto, las circunstancias particulares que la rodean y los eventos que ocurrieron en distintos momentos. Ni siquiera el significado de una expresión viene dado por el significado unitario de cada palabra que la compone, sino por la manera que he descrito anteriormente, es decir, por la manera en que se usa, por su gramática profunda. Por lo que obviamente no es que entrara en contradicción una persona que tome parte en ambos, sino que simplemente se encontraría en niveles diferentes ante cada caso, se expresaría y mostraría a través de diferentes juegos del lenguaje dependiendo de la ocasión, ambos autónomos y ambos validados por las diferentes comunidades de hablantes. Ni siquiera entre ellos habría ningún conflicto, como ejemplo se podría poner el de las diferentes geometrías, en la euclídea los ángulos de un triángulo suman 180º, en la riemaniana no, se usa “triángulo” por analogía de uso (aquí está el problema, dado que usar el mismo término lleva al error) pero ninguna está equivocada, sino que cada una habla de cosas distintas.

Es en este punto en el que se refleja la teoría del uso que aparece en las Investigaciones Filosóficas, todo se vuelve hacia ella, todo depende del uso que se dé a las palabras, a las expresiones, a las reglas… una persona puede participar de ambos juegos del lenguaje sin verse sumido en ningún tipo de contradicción dado que dependiendo del momento, la situación o el contexto en definitiva, puede estar expresándose (o mostrándose más bien) a través de uno u otro.

En esencia el problema radica en la convención. Ambos juegos del lenguaje se dan bajo convenciones distintas y si éstas se conocen, mantienen y distinguen de forma clara el margen de error se reduce, la complicación nace cuando se toman los conceptos como sinónimos o iguales a la hora del uso. Durante este texto hemos visto como creencia o verdad en el juego del lenguaje de la religión no son lo mismo que en el juego del lenguaje de la ciencia, tienen significados diferentes porque se dan en contextos diferentes, tienen usos distintos luego es lógico que para Wittgenstein un creyente y un ateo no adopten posiciones contrarias sino que simplemente adopten posiciones desiguales. Un creyente y un ateo no tienen posiciones opuestas de las mismas cuestiones sino posiciones diferentes, la discusión aparece al pensar que ambos manejan de igual manera los conceptos decisivos por lo que si ambos discuten sobre esos propuestos deberían prefijar antes, convenir en definitiva, a qué se refiere cada uno cuando utiliza según qué elementos del lenguaje porque en un principio se encuentran en diferentes niveles, en diferente plano, en diferente posición respecto al mundo en otras palabras. Sin embargo, el problema no es tan sencillo de dilucidar debido a que aun con esta distinción en las convenciones existen ciertas transiciones que no podríamos clasificar en un juego del lenguaje u otro, algo que el mismo Wittgenstein admite y que deja sin resolver de una manera clara.

Sin acritud.

 

Felicidad

Hoy toca hablar de la felicidad. Un término, supongo, lo suficientemente tratado por la humanidad a lo largo de su historia como para que todos tengamos una mínima noción de él pero… ¿eso implica que esa noción de la que hablamos sea la misma para todos?

Interesante es el mero hecho de que haya dicho un término y no un sentimiento, porque ese el problema que veo en ello (un enfoque equivocado), además de si hablamos o no de lo mismo. Bueno, con el fin de no liar más la madeja comencemos por responder a la primera pregunta para abordar después el problema.

¿Tenemos todos la misma noción de felicidad? En mi opinión diría que no, procedo a argumentarlo: a todos no nos “hacen felices” las mismas cosas, hay a quién le hace feliz la posesión de dinero, otros compartir su vida en pareja, otros son felices dedicando su vida por entero a su pasión por una rama científica o humanista… por lo tanto la felicidad no es igual para todos, puesto que se asienta sobre bases diferentes.

Aun sin ser igual para todos sí es cierto que tiene algo en común: parece corresponderse con cierto estado de ánimo, siendo incluso un propio estado de ánimo (estoy feliz). Aquí nos encontramos ante el punto crucial de la felicidad: “oiga, a mí este hecho me hace estar de esta manera y esta reacción de mi cuerpo, yo digo que es lo que entiendo por felicidad”. Ahora viene otro viviente y dice: “oiga, que a mí me pasa esto otro y esta otra reacción de mi cuerpo digo que es yo entiendo por felicidad”. Obviamente desconocemos si ambas sensaciones son iguales, diferentes o si ambas están equivocadas y se corresponden con otras… el problema es que las sensaciones no son públicas, son privadas. No voy a explicar cómo poder llegar a un acuerdo sobre si un sentimiento o sensación es o no lo mismo para dos personas: eso lo dejo a juicio del lector, avisando que debe leer a Ludwig… Wittgenstein, claro.

Vayamos al problema. Este se da por la infinidad de nociones de felicidad que pueden aparecer en un grupo social pero no sólo por ello, hay otro aspecto más importante, intentaré exponerlo de forma sencilla: “yo quiero ser feliz”.

La frase entraña mucha dificultad, pero mucha. Yo quiero… ¿Cómo qué yo quiero? Parece ser que aquí se toma la felicidad como un fin… si es un fin, ¿cuándo eres feliz? ¿Puedes ser completamente feliz? ¿Eres medianamente feliz? ¿Cómo narices (perdón) se cuantifica la felicidad? ¿Por el número de sonrisas por hora? Un actor puede sonreír infinitamente y, a su vez, ser la persona con más tristeza en su interior que podamos llegar a conocer… un buen actor, claro.

Nos encontramos ya de lleno con el verdadero problema de la felicidad: si vemos esta como un fin (que, desgraciadamente, es como lo ve un elevadísimo porcentaje de la humanidad) nunca podremos llegar a ser felices:

a)      Porque siempre queramos más.

b)      Porque no conocemos el límite que separa la zona en la que soy más o menos feliz de la que no.

Por tanto, ver la felicidad como un fin la convierte, de suyo, en un absoluto inalcanzable como podemos ver… obviamente hay que cambiar la perspectiva (ya entra Nietzsche… y Wittgenstein, otra vez… siempre presente).

La felicidad, por gracia o desgracia, no es un fin, señoras y señores. La felicidad es un bien. ¿Por qué es un bien? Pues lo es porque nosotros siempre somos felices, con seguridad. Lo interesante aquí es la interpretación. Como decía Don Federico: los hechos no son ni buenos ni malos, en el terreno ético sólo existen las interpretaciones de éstos. Lo que nos lleva entonces a plantearnos que quizá la tristeza, por ejemplo, sea producida por una interpretación errónea de la realidad (retomamos el perspectivismo, con una positiva aptitud ante la vida).

Yo no quiero ser feliz, no tiendo a ser feliz, si no que ya lo soy y lo soy en mayor o menor medida dependiendo del grado de corrección de la interpretación que haga del mundo que me rodea, sin más. Por eso la felicidad ha de ser un bien, porque así no tendremos que intentar conseguir un imposible, si no que por imposible que parezca (valga la redundancia) seremos felices de manera innata.

Para acabar, hemos de ser felices independientemente de nuestra circunstancia.

Sin acritud.

 

¿Nos gusta lo vulgar?

Parece mentira, pero la respuesta es que sí, nos gusta. ¿Por qué nos gusta lo vulgar, entonces? Pues, basándome en mi distinción entre humano y ser humano, por lo siguiente: a los humanos les atraen los seres vulgares (masculinos y femeninos) y lo vulgar en general por algo bien sencillo, se sienten identificados con ellos, con ello, con lo vulgar. No digo que se sientan atraídos, como puede parecer bajo una interpretación poco profunda, si no que se sienten, repito, identificados. Es como mirarse en un espejo, rodearse de vulgares, compartir su vida con ellos, moverse entre “lo vulgar” les hace sentirse bien, a gusto, “como en casa”.
Pretenden encontrar una cierta y falsa noción de libertad de elección en esa relación, afirmarse en una identidad de igual a igual en la que ninguno sale perjudicado, es más, incluso, entre ellos, terminan por halagarse y engrandecerse, dentro de la propia vulgaridad que comparten y les inunda. Así se encuentran bien, pretenden poseer una cierta noción de felicidad (sin conocer su significado ni mucho menos –y más importante- su uso) y consiguiendo llevar de esa forma una vida placentera, sí, como los animales.

Por otro lado, el ser humano. Pues al ser humano le gusta lo vulgar porque es entretenido. Sí, lo vulgar entretiene, provoca risa. Lo vulgar suele ser estúpido y por tanto es interesante mofarse de ello, afirmar la propia inteligencia del ser humano aplastando intelectualmente aquello que pertenece de manera inherente al vulgo, a la masa, creando así cierta discordia pero a su vez cierto espacio para el libre desarrollo evolutivo del pensamiento al elevarse por encima de aquellos que no saben volar. Con ello, y parafraseando a Nietzsche, el vulgo (aquellos que no saben volar y jamás tendrán la opción de conseguir imaginar poseer la capacidad necesaria para llegar a hacerlo) ven a los que vuelan más pequeños, sí, pero al mismo tiempo, aquellos que vuelan y que lo hacen más alto debido al hundimiento que producen sobre los que están en tierra pueden observar objetivamente el porqué de sus carcajadas: un mundo, una sociedad, decadente… en otras palabras: vulgar… un ejemplo: la sociedad en la que vivimos; un particular: no l@ nombro, no pienso escribir su nombre, aquí y ahora no.

Para acabar, dos citas:

Los hombres vulgares han inventado la vida en sociedad porque les es más fácil soportar a los demás que soportarse a sí mismos. Arthur Schopenhauer.

La originalidad es la única cosa cuya utilidad no pueden comprender los espíritus vulgares. John Stuart Mill.

Sin acritud.