Dios, qué cruz.

Hoy toca hablar de dios. Digo hablar de dios porque indudablemente existe, sí, así es. Obviamente no como ente o como persona (aunque muchos así lo crean) si no como constructo social y por ello hablamos de él, porque existe… en su defecto no hablaríamos de él y esta entrada no tendría sentido, ¿no?

En fin, lo primero que he de decir es que no me considero ateo, tampoco agnóstico. ¿Por qué? Pues porque no entiendo cuál es el motivo por el que me deba definir en un juego del lenguaje religioso cuando yo NO LO SOY; soy un ser humano, de carne y hueso como hoy me ha recordado un gran amigo. Otra cosa que también me resulta graciosa (por decirlo de algún modo) es que no me consideren creyente… ¡joder! ¿Qué yo no soy creyente? Yo creo en la muerte, en la finitud del hombre… en la nada… los que no son creyentes son ellos, los religiosos, que no creen en la muerte… de hecho piensan en la vida después de ella… y, siendo así… pobrecillos cuando resuciten… otra vez a creer en otra vida después de la muerte, ¡vaya trajín! (recordando al maestro Wittgenstein). Además, creo que incluso bajo su punto de vista todos somos no creyentes: yo no creo en su dios pero ellos no creen en Ra, en Zeus… o en Dionisos… su propio virus se vuelve en su contra… cuando lo diseñaron olvidaron ponerle cura (cura, qué gracioso juego de palabras), como en las grandes tragedias de zombies hollywoodienses.

Tras este párrafo un tanto jocoso voy a intentar ocuparme de dios de manera rápida, no voy a recurrir a la teología ni nada similar si no que voy a intentar realizar un análisis práctico de lo que me resulta de todo este embrollo: a mí la postulación de la existencia del dios cristiano me incomoda, vamos, que me molesta, no me deja desarrollarme como individuo en plenitud… en otras palabras: estaría mejor sin él.

¿Por qué estaría mejor sin él? Porque estoy harto de aquellos que dicen actuar en su nombre, cansado de toda esa gente que entrega su vida a un constructo social nacido a partir del miedo a la muerte y el cual es causa primera de todas y cada una de sus suertes y desdichas…  parece que intentan exculparse de sus actos dando total importancia al azar, pero ese azar no es tal si no que se llama dios y, además, es intencionado. Lo mejor es que no es «culpable» de sus penas, si no que estas forman parte de un plan divino. Él es bueno, todo bondad (aunque mande plagas o inste a matar a hijos… leed la biblia, un buen libro).

Ahora entremos un poco a hablar de esta moralidad cristiana que comenzó (o no, pero el chiste es gracioso) por las tablas de la ley (las segundas, claro, dado que las primeras a Moisés le dio por romperlas cuando vio el becerro de oro y nunca nos han contado qué decían… quizá dios se cabreara y cambiara… una pena ignorarlo, la verdad): los cristianos nos dicen que hay que ser moral para ser bueno, eso hará que dios te salve y no mueras, o resucites, que es indiferente… un poco egoísta; también lo es mi planteamiento, pero lo veo más plausible, o mejor, superior: sé moral, para hacer un mundo bueno. Un mundo bueno para todos, no sólo para los creyentes… eso relaciona moral y política, desgraciadamente Zapatero no lo hace y ya hasta quiere salvarnos de nuestros propios humos, otra historia… pero claro, si hablamos de dios inevitablemente terminamos por citar a Judas.

No voy a dar razones por la no existencia de dios, eso ya lo hizo con plena exactitud y claridad Wittgenstein (Conferencias sobre estética y creencia religiosa) pero sí quiero hacer un par de apuntes antes de cerrar esta entrada: si crees en dios porque tienes miedo a la finitud lo mejor que puedes hacer es olvidarlo y encontrar la eternidad en el disfrute de cada instante de tu vida, viviéndolo tal y como quisieras que se repitiera una y otra vez. Si lo haces, sin embargo, por tradición, sólo decir que quizá sea hora de comenzar a pensar por uno mismo: el mundo no necesita creencias, si no ideas (estoy orteguiano últimamente, sí… pero no lo soy).

Si eres creyente a pesar de todo, sólo decir que tienes todo mi respeto igual que espero el tuyo, pero recuerda: lo eres con todas sus consecuencias.

No termino sin antes decir que sé que esta entrada es un poco caótica, pero eso es lo que busco: me sirvo del mismo caos del que intentan servirse los escritos bíblicos para, en este caso, despertar a aquellos que aún duermen gracias a los opiáceos cristianos (porque es la religión que más me toca).

Sin acritud.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *