Una enfermedad congénita sin cura: la estupidez humana.

Hoy pienso hablar sobre la estupidez humana, un tema extenso, muy extenso… con el que tengo como para completar dos tesis cómo me ha sugerido un gran amigo… añadiría que no sólo eso, si no que las tesis estarían conformadas por infinitas páginas, inconclusas claro, debido a la infinitud de la propia estupidez.

Voy a basarme a la hora de realizar el análisis en dos autores que lo hicieron con anterioridad (además de en citas y libros de otros a los que se les pasó por la cabeza dicho hecho), de facto intentaré guionizar la primera parte de la exposición a través de Cipolla, un economista más que revelador, aunque no dejaré de lado, como es obvio, a Ferrari. Seguramente también tenga pinceladas de muchos otros (que intentaré citar), pero uno nunca recuerda todas sus influencias… si no que le digan a Nietzsche… o a Ortega… o al mismísimo y “¡oh, todopoderoso!” Heidegger (es una broma).

Comienzo explicándome a través de las leyes de Cipolla:

La Primera Ley Fundamental: «Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo».

Totalmente rotundo se muestra Cipolla en la enunciación de su primera ley. Ciertamente no le falta ningún tipo de razón: el SER HUMANO tiende a ser bondadoso, a ser bueno. Ello conlleva a sobrestimar el intelecto de muchos de los que le rodean y también, de muchos de aquellos que no le rodean. Les otorga ciertas características, ciertas cualidades que, ni por asomo, tienen ni, por desgracia, van a tener a lo largo de su, triste por muy feliz que sea, vida.

La Segunda Ley Fundamental: «La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona».

Así es, la estupidez es independiente de cualquier otra cualidad o vicio. Una persona con buenas calificaciones universitarias puede ser tan estúpida o más que otra sin estudios, por poner un ejemplo. Los porcentajes de estupidez, de hecho, se mantienen en todos los estamentos sociales… y la experiencia me dice, como a Cipolla, que son abrumadores.

La Tercera Ley Fundamental: «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio».

Y es que la estupidez es de tal grado en los humanos que esta ley es de vital importancia: los hay tan tontos que con sus actos y palabras (que ni siquiera entienden) consiguen producir daños no sólo a los que tienen a su alrededor si no a sí mismos, lo que no deja de ser curioso. Una persona inteligente, y por lo tanto no estúpida, puede ser salpicada por uno de ellos e, incluso, parecerlo (estúpida) para alguien que observe la posible relación entre ambos desde fuera (lo trataremos más adelante).

La Cuarta Ley Fundamental: «Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error».

Otra ley que, por supuesto, es fundamental dado que nos lleva a elaborar el siguiente consejo: nunca te juntes con estúpidos. El problema es que en la sociedad actual nos vemos obligados a hacerlo, la ley es “igual” para todos, ante ella somos todos “iguales” y por ello los estúpidos merecen el mismo trato. Esto nos lleva a encontrarnos en la obligación de establecer ciertos lazos con estúpidos, lo cual consigue que tengamos consecuencias nefastas y horrorosas en nuestras vidas, dado que el fracaso de la inteligencia en la persona de los estúpidos no les permite ver ninguna de las catástrofes que van a provocar y provocan en los demás (lo que les ocurra a ellos, ciertamente, no me importa lo más mínimo).

La Quinta Ley Fundamental: «La persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado».

Es así debido a que el malvado es, en ocasiones, inteligente, sabedor de lo que hace o deja de hacer, del daño que va a cometer y comete. Los malvados consiguen ganancia de la pérdida de otros, pero si sabemos que es malvado podemos actuar en consecuencia, dado que tiene un patrón racional de actuación basado en coste/beneficio. Hay malvados que consiguen muy poco beneficio en relación al daño causado –cercanos a la estupidez- y otros que consiguen un alto beneficio en relación al perjuicio que causan –más cercanos a la inteligencia-. Por desgracia esto no es así con los estúpidos, ni siquiera saben de costes y beneficios en su quehacer diario (por muy economistas que sean y sepan la definición de ambas palabras), los estúpidos son como un grupo de “bulldozers”: destruyen, primordialmente a los demás y normalmente a ellos mismos también.

Como vemos, los estúpidos son como un tsunami. Crean grandísimos estropicios, pero no sólo a su entorno y, en ocasiones, a ellos mismos; si no que, ayudándonos de la metáfora anterior, también lo hacen a comunidades, sociedades, países, continentes enteros… y es que la estupidez humana, en palabras de Einstein, es infinita.

Y quiero subrayar la palabra humana porque me parece necesario, ya que no hay animales estúpidos: llevan miles de años sobre la Tierra y siguen existiendo. Sin embargo, el hombre, siendo la especie más joven, ya ha intentado e intenta autodestruirse (y no han sido ni una ni dos veces… si no muchas, muchas más).

Cualquier niño podría preguntar: ¿Papá… y por qué el hombre es tonto? Difícil encontrar una respuesta a la altura de tan grandísima pregunta. El hombre se diferencia de los demás animales en que es “inteligente” y tiene el “poder” del libre albedrío (o eso dicen, cosa que se cumple en un mínimo porcentaje de elegidos). Si es así quizá sea por eso por lo que no hemos dado con vida inteligente más allá: si cuanta mayor inteligencia mayor estupidez, no podremos imaginar el tamaño de las estupideces cometidas por otras especies más inteligentes que nosotros… como para dar con ellos o, más bien, ellos con nosotros.

Ese avispado e inocente niño también podría realizar la siguiente pregunta tras haber conseguido respuesta en su primer intento: ¿Papá… y por qué existe la estupidez? Esta es más fácil, bajo mi punto de vista. Recordando a Erasmo y su elogio a la estulticia podemos decir que la estupidez es divertida, muy divertida (además de catastrófica). ¿Por qué es divertida, papá? (podría replicarnos nuestro querido niño) Pues es de sobra conocido que los sabios, los inteligentes, los cautos, los prudentes, los doctos… suelen aburrir. La historia nos ha demostrado que estos humanistas suelen terminar abandonados a su suerte, pobres y solos. Mientras, los tontos, los majaderos, hacen reír, hacen gracia a todos, no parecen peligrosos (por mucho que lo sean), son sociables, además actúan siguiendo las pautas de la mayoría (las pautas necias, con lo que serán grandes «expertos» en tratar a sus mujeres, en trabajar en sus empleos, en comportarse en público), pueden hacer y decir todo aquello que deseen sin temor a represalias (la historia nos demuestra que son los sabios los condenados); y si , por algún casual, infringieran cualquier ley, la sociedad sería benévola con ellos: unos tontos les considerarían más tontos aún.

Ya en la biblia (mira que la escribieron hace años pero nunca dejará de ser interesante por múltiples razones) en los Proverbios y Salmos se hacía una distinción bilateral: hay dos tipos de hombres, sabios y necios. Es curioso que la tradición cristiana realice esta categorización humana pero nada más lejos de la realidad esta vez, me parece acertado y sobretodo, revelador (increíble, pero cierto).

Podemos tomar a Maquiavelo (uno de los grandes de la historia) para refinar esta distinción bíblica, dado que posiblemente se nos quede corta en sociedades complejas, por lo que procedo a transcribir un párrafo de El príncipe (recomiendo la edición comentada por el magnánimo Napoleón Bonaparte, sin duda, otra grandísima personalidad histórica):

“Pues hay tres clases de cerebros: el primero discierne por sí; el segundo entiende lo que los otros disciernen1 y el tercero no discierne ni entiende lo que los otros disciernen2.
El primero es excelente, el segundo bueno y el tercero inútil3”.

(Adjunto los comentarios de Bonaparte: 1- No falto a ello; pero siempre con visos de una suma superioridad intelectual. 2- Son unos estúpidos y animales. Maquiavelo olvidó los espíritus sistemáticos y encaprichados con sus sistemas. 3- Los cuartos se pierden creyendo con soberbia que hacen lo mejor).

He de decir que, en mi opinión, el primero es excelente y bueno, el segundo mediocre y el tercero inútil (sin hacer aún más gradaciones), pero sin lugar a dudas nos encontramos ante una buena, buenísima definición de la estupidez (y de la “no estupidez”).

Es curioso, por hacer un apunte, lo bueno que es hacerse el tonto (amén de ser esto una de las más altas pronunciaciones de la inteligencia: enmascararse a sí misma). Ser estúpido (o parecerlo) tiene grandes ventajas, sobretodo sociales: no eres responsable de tus actos (o no tan responsable), no te van a pedir explicaciones, no vas a tener que profesar con tus pensamientos, no has de mostrarte cuerdo, siempre puedes achacar cualquier hecho o caso a tu estupidez… lo dicho, lleno de ventajas.

El caso es que por suerte o desgracia los sabios no suelen enmascarar su inteligencia aunque sean sobradamente capaces, si no que son humildes (humildad, algo que tengo que tratar próximamente) y es muy fácil discernir al necio o estúpido del que no lo es, de hecho, es aún más sencillo porque en ellos se cumple la máxima del refrán: Dios los cría y ellos se juntan. No es que esté de acuerdo en que Dios críe a nadie, pero sí que defiendo que los similares tienden a unirse. Por eso los sabios son solitarios, porque pocos hay como ellos y si se unen es en pequeños y selectos grupos en los que debaten cuestiones necesarias, trascendentes e inevitables al ser humano. Sin embargo, los estúpidos se juntan en grandes, grandísimas manadas: ya sea conformando una sociedad de consumo, en discotecas, bares, bibliotecas incluso, en la propia calle, sin ir más lejos… es salir del portal y verte rodeado: la estulticia no es que se palpe en el ambiente, si no que parece que es el componente básico de todas las partículas de materia que nos rodean.

Este es el ambiente que nos rodea, el de la estupidez. Lo peor es que hay algo aún más preocupante que no he citado: cuanta mayor es la estupidez, mayor es la necedad que se invierte en negarla. Ningún estúpido suele ser consciente de su estupidez y lo que es más problemático si cabe: se creen inteligentes.

Por ello, y para ir terminando (que, como me temía, el tema se alarga en demasía), parece que hay que adoptar alguna forma de luchar contra esta estupidez general que constituye el mundo. ¿Cuál sería ésta, papá? Preguntaría nuestro niño cuestionador: Quizá hacerse pasar por tonto para invertir los papeles, pero eso posiblemente te hiciera parecerlo ante un observador que analizara desde fuera la situación, lo que ciertamente no es productivo… en mi opinión hay que afirmarse en la actividad intelectual. El que es inteligente lo es y el que es estúpido también lo es (estúpido, claro) y listo (mejor dejarlo en «se acabó», para no dar lugar a equívoco). La labor del inteligente es desenmascarar la estupidez del otro, dejando en ridículo la peligrosa existencia del tonto, evidenciando sus carencias ante la comunidad intelectual y también (¿por qué no?) ante la propia masa ingente de zotes: mayor será nuestra demostración intelectual si conseguimos que hasta los estúpidos se rían de ellos mismos, no con ellos, apunto. Así conseguiremos un mundo de personas que conocen su verdadera raíz, necios que se saben tales y que dejan de actuar como lo que no son, evitando molestias y catástrofes de dimensiones apocalípticas; y de inteligentes que dedican su vida a conseguir el beneficio de la humanidad sin todas las trabas que a día de hoy provocan un altísimo porcentaje de estólidos sin conocimiento de causa.

Sin más, sólo decir que: el hombre inteligente (y sabio) es aquél que duda y se pregunta, sí… pero además es aquél que sólo tiene una única certeza: la infinita estupidez de la mayoría de los que le rodean.

Sin acritud.