Trabajar.

En mi opinión trabajar es la ocupación menos digna, más farragosa, más impropia y la que más denigra a cualquier hombre o mujer en el mundo. El trabajo es algo que se debería reducir al mínimo de manera organizada (como decía Russell) puesto que es la gran fuente de infelicidad del hombre.

Para comenzar ayudémonos de la etimología: ¿De dónde procede trabajo? Trabajo procede de trabajar (sí, así es) y trabajar a su vez procede del latín tripaliere, la cual tiene su raíz en tripalium, que era un yugo hecho con tres (tris) palos (palium) en el que se colocaba a los esclavos y cristianos para azotarlos. El sentido de trabajo, de tripaliere, no es el de pegar, hay que dejarlo claro, si no el de sufrir, porque la tortura no se hace debido a que en ella exista contacto físico, dolor, etc… si no que lo que no aguantan las personas es el sufrimiento, el verdadero sufrimiento, el trabajo, mira tú por dónde. Cabe señalar que esta aplicación de una tortura al trabajo de manera etimológica es de procedencia cristiana… tras mucho sufrimiento el virus se hizo con Roma, encima habrá que dar las gracias por sufrir… lo que me faltaba.

Sabiendo de dónde procede la palabra (habrá quién se muestre en desacuerdo con esta raíz etimológica y su explicación, pues bien lean ustedes a Derridà que seguramente lo explique mejor que yo en “Universidad sin condición”, si no recuerdo mal) vamos a proceder a ver qué es el trabajo, cómo debería ser y de quién es la culpa de que no sea.

El trabajo es una tortura, sí, ya lo hemos visto. Si nos pagan por realizar un trabajo es porque HAY ALGUIEN QUE NO QUIERE HACERLO (que nadie os convenza con aquello de que: hay muchos que querrían estar en tu puesto, si no que el origen es que primero hay alguien que no quiere estar) y por eso te paga por ello, si alguien quisiera hacer el trabajo por el que nos pagan tened por seguro que no lo harían. Es curioso, pero es así.

Ciertamente soy de los que defiende que, siendo el trabajo un sufrimiento, hay quién debe trabajar y quién no debe hacerlo: el humano trabaja, el ser humano evoluciona. Es duro, pero es así. La estratificación social actual es errónea puesto que para una evolución máxima de la especie los individuos superiores no han de perder el tiempo en trabajos estúpidos, han de disfrutar de la vida mientras lanzan ideas que se han de llevar a acto (no hablo de humanistas sólo, hablo de científicos, también). Y es que hay quién nace para trabajar y hay quién no, por mucho que el gobierno se empeñe en lo contrario y tenga a alumnos en institutos tripitiendo cursos para después ser tan buenos albañiles como lo hubieran sido si hubieran salido de ellos dos años antes. Luego todos esos que nacen para trabajar, que lo hagan, que trabajen mucho, tanto como para mantener a los que no han de hacerlo por el bien de la evolución de la especie; de hecho ni siquiera interferirá en su felicidad, normalmente la vida de un trabajador medio se basa en dios o el fútbol, en esencia no les importaría, ni siquiera lo entenderían, les basta con sus creencias.

Me resulta interesante también los argumentos que ciertos orangutanes empresariales intentan dar a sus trabajadores para que valoren sus empleos: Es que no sabéis lo que tenéis, hay cuatro millones de parados en España. Si sé lo que tengo, oiga, tengo que sufrir un infierno viéndole la cara a usted todos los días sin merecerlo mientras, gracias a mi trabajo (y el de otros), cuatro millones de personas viven sin dar un palo al agua, cuando la mayoría debería estar haciendo carreteras u ocupando mi lugar, para mantener a una clase intelectual. Pero el mundo no está organizado así, por desgracia, es mejor el sufrimiento específico (de la especie) que el colectivo (de algunos grupos). Aquí nos encontramos ante la resolución trágica de la historia: el ser humano ya no quiere evolucionar con pasos de gigante como solicitaba Aristóteles o asumía Hegel (por sus construcciones sociales).

Y es una pena, ver talentos desperdiciados en trabajos de mierda. Observar como empresarios a los que acompañó el azar se aprovechan de la plusvalía de quién podría hacer evolucionar a la especie humana hasta límites insospechados por un puñado de euros mensuales que le permitan comer… es una desgracia ver el mundo. Un mundo con ciertos trabajadores, sufridores que no merecieron ese lugar y que han de ocuparlo porque necesitan cubrir sus necesidades básicas… por suerte, espero que mi ocupación futura sea una de las ocupaciones remuneradas menos parecidas a un trabajo que a día de hoy existen (no pienso ser político).

Entiendo que con esto alguien se sienta ofendido, pues bien, no quiero ofender a nadie por lo que si alguno se sintiera atacado que se vaya a trabajar y si otro se siente identificado que comience a intentar demostrar porque él no debería de hacerlo.

Sin acritud.

 

Dios, qué cruz.

Hoy toca hablar de dios. Digo hablar de dios porque indudablemente existe, sí, así es. Obviamente no como ente o como persona (aunque muchos así lo crean) si no como constructo social y por ello hablamos de él, porque existe… en su defecto no hablaríamos de él y esta entrada no tendría sentido, ¿no?

En fin, lo primero que he de decir es que no me considero ateo, tampoco agnóstico. ¿Por qué? Pues porque no entiendo cuál es el motivo por el que me deba definir en un juego del lenguaje religioso cuando yo NO LO SOY; soy un ser humano, de carne y hueso como hoy me ha recordado un gran amigo. Otra cosa que también me resulta graciosa (por decirlo de algún modo) es que no me consideren creyente… ¡joder! ¿Qué yo no soy creyente? Yo creo en la muerte, en la finitud del hombre… en la nada… los que no son creyentes son ellos, los religiosos, que no creen en la muerte… de hecho piensan en la vida después de ella… y, siendo así… pobrecillos cuando resuciten… otra vez a creer en otra vida después de la muerte, ¡vaya trajín! (recordando al maestro Wittgenstein). Además, creo que incluso bajo su punto de vista todos somos no creyentes: yo no creo en su dios pero ellos no creen en Ra, en Zeus… o en Dionisos… su propio virus se vuelve en su contra… cuando lo diseñaron olvidaron ponerle cura (cura, qué gracioso juego de palabras), como en las grandes tragedias de zombies hollywoodienses.

Tras este párrafo un tanto jocoso voy a intentar ocuparme de dios de manera rápida, no voy a recurrir a la teología ni nada similar si no que voy a intentar realizar un análisis práctico de lo que me resulta de todo este embrollo: a mí la postulación de la existencia del dios cristiano me incomoda, vamos, que me molesta, no me deja desarrollarme como individuo en plenitud… en otras palabras: estaría mejor sin él.

¿Por qué estaría mejor sin él? Porque estoy harto de aquellos que dicen actuar en su nombre, cansado de toda esa gente que entrega su vida a un constructo social nacido a partir del miedo a la muerte y el cual es causa primera de todas y cada una de sus suertes y desdichas…  parece que intentan exculparse de sus actos dando total importancia al azar, pero ese azar no es tal si no que se llama dios y, además, es intencionado. Lo mejor es que no es «culpable» de sus penas, si no que estas forman parte de un plan divino. Él es bueno, todo bondad (aunque mande plagas o inste a matar a hijos… leed la biblia, un buen libro).

Ahora entremos un poco a hablar de esta moralidad cristiana que comenzó (o no, pero el chiste es gracioso) por las tablas de la ley (las segundas, claro, dado que las primeras a Moisés le dio por romperlas cuando vio el becerro de oro y nunca nos han contado qué decían… quizá dios se cabreara y cambiara… una pena ignorarlo, la verdad): los cristianos nos dicen que hay que ser moral para ser bueno, eso hará que dios te salve y no mueras, o resucites, que es indiferente… un poco egoísta; también lo es mi planteamiento, pero lo veo más plausible, o mejor, superior: sé moral, para hacer un mundo bueno. Un mundo bueno para todos, no sólo para los creyentes… eso relaciona moral y política, desgraciadamente Zapatero no lo hace y ya hasta quiere salvarnos de nuestros propios humos, otra historia… pero claro, si hablamos de dios inevitablemente terminamos por citar a Judas.

No voy a dar razones por la no existencia de dios, eso ya lo hizo con plena exactitud y claridad Wittgenstein (Conferencias sobre estética y creencia religiosa) pero sí quiero hacer un par de apuntes antes de cerrar esta entrada: si crees en dios porque tienes miedo a la finitud lo mejor que puedes hacer es olvidarlo y encontrar la eternidad en el disfrute de cada instante de tu vida, viviéndolo tal y como quisieras que se repitiera una y otra vez. Si lo haces, sin embargo, por tradición, sólo decir que quizá sea hora de comenzar a pensar por uno mismo: el mundo no necesita creencias, si no ideas (estoy orteguiano últimamente, sí… pero no lo soy).

Si eres creyente a pesar de todo, sólo decir que tienes todo mi respeto igual que espero el tuyo, pero recuerda: lo eres con todas sus consecuencias.

No termino sin antes decir que sé que esta entrada es un poco caótica, pero eso es lo que busco: me sirvo del mismo caos del que intentan servirse los escritos bíblicos para, en este caso, despertar a aquellos que aún duermen gracias a los opiáceos cristianos (porque es la religión que más me toca).

Sin acritud.