Noches y neurociencia.

Ayer leía sobre neurociencia. Encontré ciertos datos interesantes e investigué sobre ellos. Di, entonces, con un experimento curioso, inquietante e interesante que me hizo reflexionar y el cual voy a proceder a exponer.

Se trataba de dos grupos de personas a los cuales se les asignaba una tarea: unos tenían que repetir un movimiento con la mano durante cinco días (ese movimiento era el siguiente: tenían que tocar el piano con la mano izquierda, realizando la repetición del mismo movimiento constantemente, siempre el mismo movimiento, invariable) y otros no tenían que repetir el movimiento si no que, en la misma situación (delante del piano) debían imaginar que lo realizaban, pero no podían mover ni un solo dedo, únicamente debían imaginar que realizaban el movimiento que el otro grupo llevaba a acto. Esta práctica se realizaba durante varios días en los que había un seguimiento, el resultado fue el siguiente: ambos grupos desarrollaban la misma parte del cerebro de igual modo, es decir, tanto los que practicaban como los que imaginaban el movimiento habían desarrollado de igual forma la misma parte del cerebro, obviamente, la parte que tiene que ver con el control de ese movimiento.

El experimento invita a reflexionar: ¿Cuánto de poderoso es nuestro cerebro? Si mediante la imaginación y el pensamiento podemos desarrollar capacidades, ¿hasta dónde podemos ser capaces de llegar si nos entrenamos y hacemos un poco de ejercicio mental al día? También nos lleva a inferir algo peligroso: ten cuidado con lo que piensas… o no lo tengas, claro.

Entonces, si nuestro cerebro es tan plástico que no necesita de la realidad para perfeccionarse, ¿Para qué esta? (otro día hablaré de lo real o no real, no es el momento). Quiero decir: ¿Para qué necesito de la realidad, o supuesta realidad, o lo que me rodea, si lo puedo imaginar, lo puedo pensar, y no tengo que vivirlo? Obviamente la respuesta es clara: no todo es tan extremo. Primordialmente porque nos comunicaríamos con nosotros mismos (me recuerda a los cristianos y ese dios suyo que les responde a través de ellos mismos), si decidimos no necesitar de los otros trabajaríamos con un lenguaje privado (algo imposible, ya lo dijo Wittgenstein). No voy a dar más razones porque esta me parece la importante y por lo que escribí la entrada de hoy: la comunicación.

Teniendo en cuenta la plasticidad de nuestros cerebros: ¿Por qué no rodearnos de aquellos que compartirán los patrones para ser más inteligentes, sabios, auténticos…? ¿Por qué perdemos el tiempo con quién eligió ser masa? Volviendo otra vez al final del post de ayer… hay personas que cambian nuestra vida, que nos hacen ir más allá, que nos ayudan a entrenar para ser humanos… escuchémoslas, no son gurús, son personas y a través de las relaciones intersubjetivas todos podemos llegar a más… el que eligió formar parte del rebaño no dejará de acudir a los silbidos, de restregarse en el barro de su supuesta felicidad mientras otros silbarán, otros estarán a salvo de la suciedad (sociedad), otros compartirán la vida, la vida auténtica… así que en singular realizo la pregunta: ¿No quieres, de verdad que no quieres?

Sin acritud.

Poéticamente habita el hombre

Con esta frase del tardío Hölderlin, que ya tomó Heidegger con anterioridad, he intentado dar nombre a este blog.

No es una cuestión baladí esta simple oración, sin duda no lo es… pasemos a analizarla sin más demora, que es por lo que he abierto una entrada dedicada sólo a ella.

Poéticamente, en efecto: poéticamente. ¿Y es que si no de qué otra manera se puede vivir en este mundo? Nos encontramos en un mundo trágico, un mundo que no quisimos, con un futuro que no deseamos y con unas ilusiones que nunca debimos tener (puesto que nos enseñaron a desear, a desear aquello que no se va a cumplir). Ahora bien, ¿Por qué poéticamente? Pues poéticamente porque esta palabra recoge el sentido trágico vital: somos libres de hacer todo aquello que queramos, pero rodeados por obstáculos de todo tipo que nos impiden ejercer nuestra libertad con propiedad. Las religiones nos prometen otra vida mejor, cuando sabemos que no hay nada y sólo deseamos una vida moral, una vida buena. Todo se encuentra coartado por “lo demás”, símbolos que nos encierran y que nos hacen sentirnos como una mosca en una botella de miel, como un pájaro sin alas…

Ahora bien, fijémonos en “habita”, la siguiente palabra. Habitar, así que no sólo vive, si no que se encuentra en casa, o si no, como en casa, el mundo es su casa. Habitar tiene una mayor connotación que vivir, dado que si poéticamente habita el hombre es lo que nos dice el gran Hölderlin con ello intenta hacernos ver que comparte. ¿Cómo que comparte? Sí, comparte porque habitar necesita necesariamente de otros, de otros con los que organizarse, de otros de los que ocuparse (muy importante) y otros con los que colonizar.

Tras pensar en habitar nos encontramos con “el hombre”. ¿Qué es (o quién, mejor dicho) un hombre? (Dejemos de lado los sexismos y entendámoslo como genérico). Pues bien, según Ortega, habría dos tipos de hombres: el hombre masa y el hombre señero, parecido todo ello a la distinción heideggeriana en la que el ser tiene una vida inauténtica porque se encuentra arrojado al mundo, tirado… y sólo unos pocos pueden disfrutar de esa vida auténtica (véase Ser y Tiempo para más información. Dasein, bendito Dasein).

Según mi humilde opinión hay dos tipos de hombre: el humano y el ser humano. Lo único que les diferencia es su preocupación, y ello implica su motivación, por la lectura, en otras palabras: lo que diferencia al humano del que ES humano son el número y la calidad de los libros que leen unos y otros (no deseo llevarme al extremo, por lo que entiendo que toda persona con dos dedos de frente comprenderá que se puede leer en internet, ebooks… pero no basura). No quiero ser elitista, intento realizar la distinción de manera antropológica, también es cierto que he de dejarlo claro.

Entonces nos encontramos aquí ante lo que nos dará la solución al análisis de esta cita: Poéticamente habita el hombre (en la tierra), sí, pero no todos. Poéticamente habita el ser humano y lo hace porque lee, porque piensa, porque afirma su individualidad como sujeto cognitivo que desarrolla sus facultades mentales. Un humano, el hombre masa orteguiano, no habita poéticamente en la tierra: discurre de manera solipsista, sin saber qué es, aplica sus sentimientos a los demás, no se afirma como persona puesto que se relaciona con otros que tampoco lo hacen (recordando a las autoconciencias hegelianas)… no habitan poéticamente, no disfrutan de su derecho a contradecirse porque en ningún momento afirman nada, hacen, como dirían ambos autores, lo que hace la masa: ven la televisión porque la ven los demás, escuchan la música que escuchan los demás, practican los deportes que practican todos porque lo practican todos y no piensan, sólo siguen un camino marcado por el paso de una masa sin rumbo a la que pertenecen.

Mientras, y para terminar, el hombre que habita poéticamente, el ser humano, intenta

realizarse como tal, con una vida auténtica, en pequeños grupos. Un camino que no conduce a la felicidad pero… ¿Quién y por qué dijo que la felicidad ha de ser el fin del ser humano? De esto ya hablaremos otro día, es tarde.

Sólo terminar invitando a la reflexión: ¿Quién quieres ser? ¿Tú mismo o un resultado de la masa? Si quieres ser tú mismo quizá deberías comenzar a pensar en analizar a quién escuchas, de quién “aprendes” o quién te cambia la vida con un par de minutos de atención.

Sin acritud.