El ébola, analizado por alguien que no tiene ni puta idea

Se puede leer en multitud de lugares información sobre el ébola. Es más, ya hay vídeos para los más vagos en los que nos podemos enterar de cómo se transmite el virus: para empezar se dice que únicamente por fluidos corporales (lo cual me recuerda al sida).

Si esto es cierto (no sólo lo asegura Wikipedia, así que asumo su veracidad) tampoco hay que alarmarse como lo estamos haciendo: se transmite por contacto directo con heces, saliva, semen, sangre, sudor o vómitos (que se me ocurran). Si es así, difícil es contagiarse si tenemos un mínimo de higiene y ningún contagiado (y con la enfermedad desarrollada, dado que si no, no se transmite, dicen) nos escupe.

Ahora bien, sin tener ni la más jodida idea, me ha dado por ir a la WHO (OMS para nosotros) e informarme, desde mi absoluta ingenuidad. Así, he descubierto ciertos datos interesantes:

–          Desde la aparición del nuevo brote en África Occidental en 2013 se han dado 3.431 muertes en 7.470 casos. Que, con una regla de tres simple y proporcional, si no me equivoco, se puede decir que es mortal para el 45.9% de la población en zonas de ínfimo desarrollo como son Guinea, Sierra Leona y Liberia. En otras palabras, las personas mueren de ébola en zonas en las que es necesaria la presencia de médicos voluntarios (cosa que trataré más tarde) por falta de capital, condenadas por el mundo desarrollado.

–          Paralelamente, en la República Democrática del Congo (irónico el nombre) hay –hasta la fecha que he podido ver- 62 casos, de los cuales han terminado en muerte 35 (es decir, con un 56.4% de mortalidad). A su vez, se ha registrado un caso en España (cabe recordar que hace 48 horas no había revuelo en el país y ahora sí, pero eso luego).

–          Por gripe mueren al año 3.000 personas en España. Además, leo que 1.4 millones de personas mueren en el mundo por tuberculosis y 855.00 por paludismo.

Con todos los datos sobre la mesa y desde la más absoluta ignorancia diría que, siendo España un país desarrollado (con internet de banda ancha y todo eso) la gripe da más miedo que el ébola. Sumando poblaciones consigo el siguiente resultado: 22,136 millones de personas habitan África Occidental (sumando la población “censada”, entre comillas dado que serán más, por aquello de que allí las cosas son difíciles). Es decir, entre Guinea, Sierra Leona y Liberia son unos cuantos y de ébola se han muerto 3.431 (que sepamos, porque seguro que serán más). En España somos el doble más o menos, 47,27 millones (aproximadamente, que estoy cogiendo cifras del 2012 al 2014, que tampoco le voy a pedir más a Google ni a exigir más a mí) y de gripe mueren 3.000 personas cada año. Ojo, teniendo unos índices de desarrollo infinitamente superiores, un índice de riqueza incomparable al suyo, sin entrar en la mortalidad infantil y ya no tratemos aquello del agua potable o la esperanza de vida: allí es de 49 años en hombres y 53 en mujeres. Objetivamente, la gripe me debería acojonar más, porque en un país desarrollado se funde, porcentualmente, a la mitad de los que se funde el ébola en un país en el que muchos enfermos se encuentran en habitaciones hechas con telas y palos.

El caso es que la gripe ya no me acojona. Me acojonó, me los puso de corbata, eso sí, aquello que salía por la TV del H1N1 (una cepa súper mala, súper mortal, súper jodida) que afectaba a Europa entera (si mal no recuerdo) y que nos iba a hacer polvo, matando a un número incalculable de personas… pero después de meses de malas noticias, aparece una farmacéutica privada que cobra bien de pasta de las arcas públicas de todos los países y que tiene una “cura-vacuna” (desconozco si curaba más que un ibuprofeno o no): con la subvención de las arcas públicas se forra hasta encontrar la cura (o el placebo), después se forra con una segunda capa de panoja vendiendo el invento (y anunciando que las peticiones desbordan las previsiones) y durante todo ese berenjenal sus acciones suben como la espuma, y se forran más. Y después… bueno, después la gripe fue como siempre, cumplió sus porcentajes de muerte, pero esto no fue nada similar a The walking dead (como decían). Ahora bien, en los hospitales quedan como recuerdo (todavía) esos carteles que hicieron las empresas de ciertos colegas, los envases de la “cura milagrosa” que hicieron otras compañías, las instrucciones de uso que imprimió otra, los anuncios durante las noticias, los artículos que compraron los que los vieron, etc, etc… vamos, que parece ser que si hay algo común en todos los apocalipsis pandémicos es el dinero en movimiento. Dinerillo fresco y rico, mientras otros sufren. Recuerdo en este punto que yo soy un ignorante, quizá no sea todo tan simple, pero bueno, por lo que he leído el ébola tiene un rango de muerte del 20% al 90%. Vamos, que en países desarrollados si se hacen bien las cosas… se forra el que debe forrarse y se mueren cuatro (por el bien de la fortuna de los ricos, claro).

Ahora entramos en el papel de España (no voy a hablar de otras repatriaciones). Nuestra “querida” Ana Mato (tratando de hacer honor a su nombre) “decide” repatriar a dos misioneros infectados por el virus del ébola gastando una pasta que no tenemos (bueno, sí tenemos, si no sería vivir por encima de nuestras posibilidades, claro). Imaginemos, por un momento, que en lugar de hacer eso, le aplicamos la lógica de los dos dedos de frente al asunto: invirtamos todo ese dinero en salvarlos allí. Así todo lo que se va en traslados y evitar infecciones aquí, lo invertimos en tratar de curar allí. Bueno, no se puede esperar más de una persona que no veía deportivos en su garaje y a la que manda un tipo que dirige un país teniendo un problema de dicción tal que sería el hazmerreír de gente como yo, idiotas, en el colegio.

De todos modos se hace, los misioneros (buena gente, quede claro) quieren venir a morir a su país (algo legítimo) y España (bueno, algunos españoles, o sin ser españoles tal vez), ¿por qué no?, está interesada en tener la cepa del virus aquí, imagina tú que por lo que sea descubrimos la cura (o algo que dé el pego) y se forra el laboratorio de mi colega, ese que me da el porcentaje por los favorcillos sin importancia. Pues bien, vienen aquí a España con unas medidas de seguridad dignas de principios del siglo XX. Mientras los políticos se hacen la foto, se convierten en los buenos, solidarios y humanísimos (a la vez, los índices de pobreza crecen sin parar y seguro que avergüenzan a esos mismos curas que “tratan de salvar”). Cabe decir que, sabiendo que ambos enfermos tenían varias complicaciones, los trajeron a morir a su país, tal cual. Bajo esa premisa, hay diferentes funcionarios (con y sin la formación necesaria) obligados a participar de todo ese lío. Si de la ecuación eliminamos la pasta que se tienen quedar los políticos por hablar, nos queda que no hay medios para hacer eso, pero se hace. Si a la falta de medios y a la obligación de jugarte la vida ante algo que no quieres, añadimos que se da aquello de la formación insuficiente tenemos como resultado el primer caso de infección en España. ¡Yupi!

Sobre eso, la infectada es auxiliar de enfermería (auxiliar, que no enfermera) y ha tenido contacto directo con el infectado. Y digo yo, que soy tonto: ¿quién tiene contacto con los malos malísimos de verdad? ¿Batman o Robin? Batman, porque está más preparado, porque sabe y porque es el que tiene la pasta. Pues aquí mandamos al peón a hacer la instalación eléctrica en lugar de que vaya “el chispas” y así nos pasa: que se nos va la fase y encima todavía dicen que tiene la culpa el que no sabe. Ese tipo de situaciones deben abordarlas gente sobradamente preparada para ellas. El estado debe hacerse cargo de formar a especialistas en propagaciones víricas, pero más bonito es quedarse el dinerín y mandar luego al pringado.

Para ir terminando, teniendo en cuenta los umbrales del virus (y los ejemplos de EEUU), no parece que vaya a morir ningún infectado en España al que se le “coja a tiempo” y no tenga otras problemáticas de salud, pero oye: cómo y cuánto vende el miedo, ¿no? Es el miedo, y no otra cosa, el verdadero leitmotiv de la historia del ébola: ¿cuánto dinero produce el miedo? Produce mucho, demasiado, lo suficiente como mantener el ritmo de vida y el estatus social de los que lo propagan por mucho tiempo. Y no olvidemos que nunca está de más tener varios mártires, así controlaremos a la población, dado que dependerán de nosotros para sobrevivir. Pues eso, evitamos sublevaciones y preocupaciones estúpidas, porque aquí, tomando a Marx, lo que se trata es de que no se piense: bien vaciando la barriga del pensador o bien mermando o preocupándole por su salud, para que si hace algo, sea por su supervivencia, no por su bienestar. Que no es lo mismo ni es igual.

Y es por esto, y no por otra cosa, por lo que España repatría misioneros con ébola y no espeleólogos con una fractura incompleta de una vértebra lumbar.

En fin, aquí el ébola por alguien que no tiene ni puta idea.

Grecia

Diez de la mañana, T4 de Barajas, Madrid. Me encuentro mirando el monitor de salidas. El vuelo hace acto de presencia. Equipaje facturado, billetes en orden… el viaje a Grecia comienza.

Por el pasillo de embarque la gente que te rodea puede ser muy dispar: unos, turistas, sin mucha de idea del país al que van. Otros, nativos de la zona que vuelven a casa. Pocos son los que saben que van a visitar la cuna de la democracia, la cuna de la civilización occidental.

Lo cierto es que siempre viajé con muy poco presupuesto. Siempre pensé que lo mejor es gastar los menos posible en cada viaje (sin dejar de visitar ningún lugar), para así poder recorrer el mundo. El dinero, qué duda cabe, desgraciadamente, nos limita. Pero en esta ocasión he “tirado la casa por la ventana”. Tengo reserva en el mejor hotel de Atenas, con vistas a la Acrópolis. No hay duda de que la ocasión lo merece. Todo tiene que ser genial.

Para el primer día, cómo no, paseo de orientación por Atenas. Nada como hacerse al lugar. Es la ciudad de Sócrates, Platón, Aristóteles (aunque no naciera en ella)… hay que empaparse del ambiente, se respira historia y cultura. No hay que hacer más, salvo pasear y convertirse en un habitante de la polis. Tras ello, una buena cena y un sueño reparador para coger fuerzas para el día siguiente: comienza lo bueno.

El segundo día se resume en la visita a los museos. Es martes, así se puede visitar también el de Acrópolis, que cierra los lunes. Tras ello un buen paseo por el barrio de Plaka y vuelta a descansar: el trabajo intelectual que se realiza en los museos, si se visitan bien, es absolutamente encantador, así como devastador para nuestras fuerzas.

Tercer día: acrópolis. El estadio panatenaico, el parlamento, la academia de Atenas. Subir a la roca sagrada de la Acrópolis, ver los templos… el Partenón… por la tarde, casi terminada ésta, descanso, mucho descanso. Es tan maravilloso que poco se puede decir, tan sólo cabe disfrutar.

En el cuarto día la visita a Mycenas, cómo no. Pasar por el canal de Corinto, que une el Egeo con el Jónico. Adentrarse en el corazón del Peloponeso, conocer el área arqueológica de Epidauro, con el templo de Asclepios, dios de la medicina. El teatro de Epidauro, con la asombrosa acústica que tiene… después, visita a Mycenas, fundada por Perseo. Recordar a Agamenón liderando a los griegos contra Troya… los pelos de punta.

El quinto día se puede resumir en una palabra: Olympia. Lugar de culto a Zeus, es el testimonio de los ideales del humanismo helénico gracias al cual aparece el significado de la competencia libre y honesta. Visita al museo de Olympia y, tras ello, toca atravesar el puente colgante más grande del mundo: Rion –Antirion. Así, nos encaminamos hacia Delfos… el lugar, la zona, el centro del universo.

Delfos es el que ocupa el sexto día. El eje del mundo antiguo. Aquí el oráculo era consultado, gracias a él, la historia es la que es y no otra. Su museo, todo rozando lo increíble. Por la tarde… ver el atardecer en el monte Parnasos, precioso, romántico… indescriptible.

El séptimo día implica la vuelta a Atenas. Ya vistos el ágora romana (los romanos también pasaron por Grecia) y la torre de los Cuatro Vientos sólo queda algo por hacer: iniciar la subida hasta la cima de la colina que emerge frente a la Acrópolis. Es tarde, el sol cae y es momento de llegar a Filopappou.

Ahí se encuentra el lugar más emblemático de Grecia: la prisión en la que la tradición dice que Sócrates pasó sus últimas horas. Un lugar lóbrego, discreto, casi derrumbado. Una prisión que tiene el dudoso honor de haber albergado en ella a una de las mayores mentes de la humanidad… me inclino en cuclillas a pensar en ello en la supuesta celda mientras el sol ofrece sus últimos coletazos de luz del día y estos entran a muchas penas por las ventanas y orificios de la más que austera habitación… Key llega por detrás, me abraza y me da un beso. Es el final perfecto para nuestro viaje, un viaje que ambos hemos compartido, disfrutado y, hay que decirlo, trabajado.

 Por mi rostro cae una lágrima, una lágrima de felicidad: es bonito soñar despierto con la promesa de que el sueño se cumplirá, como lo es soñar dormido, con la certeza de que, algún día, el sueño será real.

Gracias, muchas gracias.

Llanto

En el mundo hay dos tipos de personas: los que hacen las cosas porque sí y los que piensan porqué hacen las cosas.

Ejemplo: los hay que lloran ante las dificultades de la vida, sin más, desconsoladamente. En cambio, los que se preguntan por qué lloran saben, al hacerlo, dos cosas: la primera es que sus lágrimas provocan, a su vez, lágrimas en aquellos que les quieren. La segunda, que sólo aquellos que les quieren merecen sus lágrimas. Por tanto, el que se pregunta deja de llorar y sonríe, porque para ser feliz necesita que aquellos que le quieren también lo sean.

Piensa, y a todos nos irá mejor.

Lamento, profundamente, haber nacido español.

Lamento, profundamente, haber nacido español. No suelo comulgar con Dragó, pero ahí le doy toda la razón y me uno a su clamor: yo también lamento, profundamente, haber nacido español.

Lamento haber nacido en un país en el que los políticos son marionetas del poder. En el que el poder reside en unos cuantos que lo reúnen porque tienen dinero. Lamento haber nacido en un país en el que no hay un sistema democrático verdadero, un país en el que la historia de su época actual se basa en una gran mentira que fue la transición. Lamento haber nacido en un lugar así.

Lamento haber nacido en un estado en el que la gente da asco. En el que se obtienen licenciaturas a base de poner dinero. Lamento haber nacido en un país de licenciados incultos. Un país en el que pocos conocen a Abderramán III (por ejemplo), pero todos saben sobre Cristiano Ronaldo. Lamento haber nacido en un territorio en el que se engaña a la población con facilidad, en el que mentir no tiene consecuencias, en el que la ética y los valores brillan por su ausencia.

Lamento haber nacido en un país como España. Profundamente. Muchos de los que lean este texto se verán identificados y pensarán que tengo razón. Lamentablemente, también lamento su existencia, porque, probablemente, cumplan con alguna de las características de la población que hace que me avergüence vivir en un país como el “nuestro”.

Mientras, “disfrutemos” de lo bien que lo pasamos cuando la selección ganó el mundial rememorándolo al son de una veintena de multimillonarios que se encuentran de vacaciones por Sudáfrica.

Yo conocí a Tyler Durden

Yo conocí a Tyler Durden. Él fue mi mentor, él me enseñó a pelear. Me mostró cómo crecer a través de la lucha. Me dijo cómo podía crear explosivos gracias a materiales domésticos, me avisó de que en un accidente de avión lo que quieren con el oxígeno es que me coloque. Me habló de los cortes en el cine y de cómo manipularlos, del jabón, me entregó conocimiento; conocimiento útil.

Tyler me dio grandes lecciones, Tyler me enseñó a vivir. Me demostró que estaba en lo más bajo, que no podía caer más, que lo único que podía esperar de la vida era mantenerme en el fango o salir de él. Que si quería salir tenía que luchar, tenía que pelear. Que había reglas, que todo terminaba con un KO o si el oponente se daba por vencido. Que ante el capitalismo y los que entienden la vida como un espíritu esclavo que no se cuestiona y que se deja llevar por la marea, no vale la teoría, vale la práctica, la acción, la pelea.

Con Tyler conseguí una utilidad para el insomnio. En lugar de autocompadecerme por no poder dormir, usaba las horas de vigilia para leer. Leía de todo, desde Filosofía a Historia, desde manuales de supervivencia a manuales de guerrillas. Incluso novelas, no había nada que no engullera con voracidad. Durante las horas en las que debería dormir solucionaba problemas, incluso tramaba planes. Aunque el insomnio tiene su parte negativa: las horas de sol. Todo el mundo te ve, vas a trabajar y tu cara habla por ti. Cuando los rayos te pegan en los ojos eres un zombie, no estás vivo, pero tampoco muerto… tus acciones son lentas, torpes, y, en ocasiones, carecen de razón o explicación lógica. La luz se convierte en un enemigo, no te quema como a los vampiros, pero levanta el tupido velo de la noche y los otros pueden ver la cruda realidad de tu rostro: un rostro magullado por los golpes, los cigarrillos, el paso del tiempo con los ojos abiertos… un rostro en constante castigo.

Tyler Durden me enseñó que muchos hombres unidos pueden hacer muchas cosas, pueden cambiar el mundo. Me enseñó que no soy yo sólo, que hay muchos que también están dispuestos.

Yo conocí a Tyler Durden a través de Chuck Palahniuk. Gracias a él, no sólo lo conocí, sino que yo fui Tyler Durden porque nadie quería asumir su rol, yo fui el que tuvo que hacerse cargo. Tuve que coger el toro por los cuernos y asumir la responsabilidad… y todos sabemos lo que ocurre con Tyler Durden, claro.

Respira

El comienzo es un grandísimo subidón de adrenalina. No hay nada similar. Cada acción, cada acontecimiento… todo pasa a velocidades relativas. Es increíble, un lanzarte al vacío,  una especie de sensación antigravitatoria que se transforma en una indescriptible fuerza de atracción.

Conforme avanza el tiempo, las cosas cambian. Mi cuerpo comienza a arder, es un tipo de calor indescriptible. Solo una situación así puede proporcionarlo. Es placentero pero, a la vez, el nerviosismo se apodera de mí. Me da tiempo a pensar en las consecuencias, en si saldrá bien o saldrá mal. Soy positivo y creo que todo saldrá bien, que todo saldrá como yo espero. Aunque la situación ya no depende únicamente de mí, haré todo lo posible por continuar con ella. Aún así, conozco y no olvido que todo no está en mi mano, ya no.

Lo curioso es que lo más importante, el mejor momento, está por llegar. Quizá sea estúpido ese pensamiento, pero desde que tengo uso de razón lo he tenido en mente: el futuro será mejor que todo lo que me han deparado las circunstancias hasta ahora.

Ella nunca me quiso y la historia de amor únicamente formó parte de mi imaginación, no de la realidad. Ahora, tras treinta metros de caída, el golpe contra el suelo es inminente, ella no lo merece, pero ya no depende de mí…

Por 5’78€ la hora

Por 5’78€ la hora nos despertamos cuando todavía es de noche. Por 5’78€ la hora pasamos largos inviernos conviviendo con el frío, descongelando nuestros viejos coches perdiendo  tiempo de nuestra vida. Por 5’78€ la hora nos trasladamos durante veinte o treinta minutos, algunos una hora o más, al día, ida y vuelta (añadiendo más tiempo perdido). Por 5’78€ la hora doblamos, recogemos y ordenamos aquello que otros que ganan más (menos o igual) desdoblan, tiran y desordenan. Por 5’78€ la hora ponemos una sonrisa a los que nos explotan (y, a su vez, quizá sin saberlo, se encuentran explotados): jefes, clientes y compañeros. Por 5’78€ la hora pasamos cientos y cientos de artículos por minuto (mucho más caros siempre que 5’78€ la hora y con un nivel de beneficio máximo), a la vez que deseamos buenos días a aquél que, con su consumo desmedido, nos hace sufrir unas condiciones infrahumanas en unos puestos laborales que no ofrecen dignidad alguna.

Por 5’78€ la hora repetimos el anterior párrafo durante gran parte de nuestra vida laboral. Un menú del día varía entre 10 y 12€, es decir: dos horas de tu trabajo, si no puedes pasar por casa para comer y no has tenido momento de llevarte algo de comida. Un libro de calidad, por ejemplo las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein, ronda los 30€ (edición barata, no la incluida en las obras completas de Gredos), lo cual son algo más de seis horas de tu trabajo, de tu mierda de trabajo.

5’78€ la hora es la realidad de parte del comercio español. 5’78€ la hora valen tu
carrera, tu máster, tu doctorado y tus certificados de idiomas. 5’78€ la hora vale todo lo que leas y hayas leído, todo lo que sepas (aunque sepas más que tus superiores). 5’78€ la hora vale tu sonrisa, tu ánimo, tu fuerza física. 5’78€ la hora vale tu alma, tu espíritu, tu conciencia… 5’78€ la hora vales tú, valen tus amigos que trabajan contigo… por 5’78€ la hora unos esclavos esclavizan durante su tiempo libre a otros esclavos, y viceversa. Un sistema circular con el que se enriquecen unos pocos se cierra por 5’78€ la hora.

Mientras, otros te dirán que tienes suerte de tener trabajo. Que tienes suerte de ganar 5’78€ la hora, que eres un afortunado porque ahora mismo, en España, la situación es límite y una de cada cuatro familias es pobre, uno de cada cuatro niños sobrepasa el umbral de la pobreza. Con el mismo esquema deductivo, podría decir que los niños pobres españoles, que las familias pobres españolas, que los mendigos españoles, tienen suerte de ser españoles, porque si fueran surafricanos, quizá únicamente tuvieran aire para llevarse a la boca, porque el único lugar del que conseguir agua se encuentra a kilómetros y no tienen fuerzas para llegar.

El caso es que no lo hago, porque yo sé que ese pensamiento se adquiere cuando piensas (como piensan tus jefes y los ricos que lo ofertan, curioso) que 5’78€ la hora es un salario por el que debes dar las gracias.

Pasado, presente y futuro

Se levantan muy pronto por la mañana, el sol casi no ha salido. Deben prepararse con presteza. Es verano y tiempo de cosecha, hay que salir al campo cuanto antes para pasar largos días de trabajo en él y recoger trigo y cebada. Se trabaja con máquinas rudimentarias, la hoz está al orden del día y los riñones no perdonan a partir de los treinta años. Es una vida dura, de las más duras, pero una vida, al fin y al cabo, y hay que vivirla lo mejor que se pueda.

Trabajan duramente para poder ofrecer un futuro mínimamente digno a sus hijos, no tienen pocos. Sus creencias y la falta de información hacen que se construyan grandes familias. En cuanto los hijos tienen edad suficiente, marchan a la capital a la búsqueda de un futuro mejor, habiendo trabajado antes para ayudar a sus padres, en lugar de ir a la escuela. Al principio los padres envían dinero desde el pueblo a los hijos para que sobrevivan allí, después, cuando consiguen un trabajo estable, son los hijos los que tratan que los padres vivan un poco mejor. Así, se pueden permitir comprar o alquilar máquinas que hagan su trabajo en la tierra algo menos pesado.

En invierno, sin embargo, el trabajo en el campo se deja un poco de lado y todo se concentra en la ganadería. Tienen ovejas, vacas, burros, mulas… mientras unos ayudan en la agricultura cuando es menester, otros sirven para hacer algún dinero y, muchas veces, de comida, como los cerdos. En la matanza se hace una gran fiesta, es el día de refresco. Ahora nos quejamos por tener únicamente treinta días de vacaciones, antes, los días que tenían “de esparcimiento” eran trabajados de una u otra forma. Ahora bien, los domingo habían de hacerlo a escondidas, puesto que el cura del pueblo no les dejaba trabajar, era el Día del Señor. Pero una cosa son las creencias y otra muy distinta que le falte pan a sus hijos, a sus amadas mujeres o amados maridos…

Fueron años duros, no recuerdan nada de ellos sin el trabajo de por medio. Después llegó el momento de la jubilación. Unos años realmente buenos, se dedican a disfrutar verdaderamente de la vida que no pudieron tener anteriormente. Hacen viajes, conocen su país… incluso se ocupan de los nietos en verano. El pueblo es un lugar de vida en el que el trabajo no ha desaparecido, pero son muy pocos los que se dedican al campo y la ganadería y muchos los que disfrutan durante muchos años de su vida de todo aquello que antes pasaban por alto debido a la necesidad.

Tras unos años impagables la edad hace mella, deben ir a la capital por grandes periodos de tiempo con sus hijos. No pueden valerse por sí mismos, necesitan la ayuda de sus vástagos para poder seguir viviendo. La exigencia física del pasado hace que el cuerpo pase factura y los achaques son permanentes. Sin embargo, siempre tienen seis meses (más o menos) para disfrutar de la sosegada vida de su pueblo. Se ayudan unos a otros (los que todavía pueden conducir hacen de chóferes), se siguen viendo para jugar partidas de cartas y dominó y siguen dedicando tardes enteras a charlar y a hablar de sus familias.

Ahora, unos han abandonado la carrera y otros siguen, con bastones, operados, o como pueden. Ya sólo tienen el verano, siempre acompañados por alguien de la familia, desde hijos a nietos, para disfrutar del pueblo. Dan pequeños paseos, puesto que las fuerzas no permiten más. Saben que les queda poco, que su generación se acaba, pero miran al horizonte y ven a los niños (bisnietos, ya) jugando en el frontón que construyeron para celebrar un partido el día de la matanza. Les ven reír, montar en la bicicleta y disfrutar de ese pequeño pueblecito que ellos construyeron con su trabajo y tesón. Ese pueblo del que fueron alcaldes, carteros, labradores, campesinos, ganaderos… todo a la vez. Ese pueblo en el que antes se vivía por necesidad y en el que ahora se vive, gracias a ellos, por disfrute. Sonríen, hablan y se besan deseándose los unos y los otros verse al otro día, si Dios quiere.

Una historia dentro de otra historia.

Era un día lluvioso, una densa cortina de agua caía por la ventana. Los canalones que servían para dirigir el agua de los tejados se encontraban desbordados. Desde su séptimo D. podía ver que todavía no había pasado lo peor: nubes aún más negras se aproximaban y los relámpagos no hacían presagiar que el temporal amainase. La tarde, por tanto, no invitaba al habitual paseo que solía con su amigo, su querido amigo L. Decidieron, entonces, tomar un café en casa mientras disfrutaban de unos cigarros y mantenían una buena charla entre amigos. Normalmente, siempre era filosófica. L. llegó a casa de D. con puntualidad inglesa, completamente calado, aunque había conseguido aparcar cerca. Tenía un antiguo coche Opel que le servía para moverse de un lugar a otro; sin las comodidades de los de hoy en día, pero realizaba la misma función. Entró por la puerta, se dieron un efusivo abrazo y ambos se encaminaron por el pasillo, un pasillo largo y alto, pintado de blanco y con un único cuadro colgado en sus paredes: era una reproducción de la famosa pintura conocida como “Las botas”, de van Gogh. Llegaron, entonces, al despacho, lugar en el que D. tenía una mesa con el café humeante, cigarrillos preparados y un cenicero, que se preveía estaría lleno en las horas venideras. El despacho era pequeño, las paredes sujetaban estanterías que llegaban hasta el techo y se encontraban cargadas de libros, absolutamente repletas, eran, por así decir, el papel que cubría la pared. Únicamente había dos recovecos en paredes opuestas en las que no había libros: uno contenía una copia de “El grito”, de E. Munch y, paralelo a él, se encontraba “El sueño de la razón produce monstruos”, de F. de Goya. Por lo demás, en el despacho había un escritorio con un ordenador portátil, un atril y espacio para la lectura y el trabajo de D., lleno de folios con notas, lápices, bolígrafos y un cenicero que amenazaba con derramar la torre de cigarrillos que contenía, un sofá para leer relajadamente y la pequeña mesa, con dos cómodas sillas, para compartir café con sus contertulios.

D. encendió un cigarro y tomó un poco de café, tras ello, comenzó a hablar:

– Hoy soñé algo realmente inaudito. Ciertamente, me llamó la atención. De hecho, rápidamente, tras despertar, saqué mi libreta y en ella apunté todo lo que aconteció en mi sueño. Ni siquiera me di tiempo para levantarme y despejarme, medio tumbado en la cama me apresuré a anotar todo lo que me había acontecido minutos, o segundos, antes.

– Sueño –dijo L.-, el sueño es algo interesante. ¿No podría ser que, en lugar de soñar, usted imaginara mientras dormía? Porque… ¿qué es soñar? ¿Es algo activo o pasivo? ¿El sueño se da en la realidad? ¿Es real la realidad de un sueño?

– Podría ser, la verdad –respondió-. Es más, casi debería darle la razón sin cuestionármelo porque me ocurrió algo que no suele pasarme habitualmente: tenía capacidad de elección. Por tanto, diría que se asemeja a imaginar mientras duermes, se asemeja a un hecho activo. El sueño, o lo que sea, efectivamente se da en la realidad… diría que es una realidad personal (e inválida para los demás, quizá) dentro de la realidad común, comunitaria, de todos.

– Interesante –añadió L.- La capacidad de elección entraña libertad, como si fuera parte de la propia vida.

– Lo es, interrumpió D. Lo sentí tan real como si fuera la vida misma. Tan real que puedo llegar a decir que es parte de mi experiencia. Parte ya, de mi propio recuerdo.

– Un momento, deberíamos dejar las cosas claras antes de continuar. ¿Qué es la experiencia? ¿Y un recuerdo? ¿Un recuerdo puede estar sostenido por algo irreal?

– Yo diría que la experiencia es aquello que a mí, y solo a mí, me otorga la razón. Creo que no es necesario añadir más. Sobre el recuerdo, pienso que si el “sueño” se ha vivido con la intensidad suficiente, el recuerdo puede tener la misma validez que uno que se sostiene sobre un hecho real. Sabiendo del lugar que procede cada uno, claro. No hay que olvidar que uno es parte de la imaginación o el subconsciente y el otro parte de la interacción con los objetos del propio mundo. Hay diferentes tipos de recuerdos: recuerdo que me ocurrió algo, por ejemplo, y recuerdo que soñé algo, pero de un sueño se puede aprender o, por lo menos, de lo que se piensa de él, después.

– Hablas de subconsciente e imaginación, pero en el sueño podías tomar decisiones… más bien lo “onírico” (si es que lo es) es el mundo en el que ocurrían los hechos, por tanto los propios hechos, pero tus decisiones eran conscientes y reales, sin embargo, carecían de repercusión en el mundo común, el mundo “de verdad”.

– Carecían de repercusión en el mundo… no del todo, puesto que el sueño me ha enseñado algo, he aprendido. Lo pondré en práctica en el “mundo real”, seguramente (D. apaga el pitillo en el cenicero y continúa hablando). Es un tanto curioso y en cierto punto quizá no parezca tener sentido, pero pienso que los sueños conscientes pueden aportar ciertos puntos de vista sobre la realidad.

– Puede ser, D. Pero, sin más dilación, háblame de tu sueño, me tienes en ascuas.

Entonces D. cogió su taza de café, pegó un gran trago, abrió la cajetilla de tabaco y sacó un cigarrillo, hizo lo mismo con la de cerillas y extrajo un fósforo. Se encendió el cigarro y tomó su cuaderno de notas para comenzar a contar todo su “sueño” con pelos y señales.

– Me encontraba en la cama, despierto y mirando hacia la ventana (era un día soleado), pensando en una sorpresa que seguro que haría mucha ilusión a Key. Entonces me di la vuelta y miré como dormía plácidamente tumbada en la cama, mientras recordaba el porqué de su nombre: ella no se llamaba así, simplemente el comienzo de él empezaba por el mismo fonema que la letra “K”. Entonces decidí que debería llamarla Key, porque contenía la letra “K” y, en inglés, era “llave”. Por ello Key, porque ella no es que tuviera, sino que era, la llave de mi corazón, la llave de mi felicidad. Lo mejor es que el nombre la encantaba, presumía delante de sus amigos y amigas, pero sólo quería oírlo de mi boca, porque yo lo había inventado y se lo había entregado a ella.

– ¡Vaya! Exclamó L.

– Entonces, tras relajarme con su sosegada y acompasada respiración. Tras observar su simétrica y angelical cara, tras sentir cada poro de su piel en mi propia mirada… tras deleitarme con la perfección de su presencia durante unos minutos, como siempre había hecho hasta entonces ejerció de musa en mi espíritu creativo y me dio la idea para la sorpresa: haríamos un viaje relámpago a la playa. Iríamos a la mejor cala para que los rayos de sol tuviera el honor de bañar su piel, para que la salada agua marina tuviera la suerte de disfrutar de su cuerpo. Para que yo, pudiera escucharla reír, verla sonreír y, sobre todo, sentirla feliz a mi lado. Aunque egoísta, no hay nada que me hiciera más feliz que su felicidad.

Tras ello, me levanté rápidamente de la cama, preparé una pequeña maleta con ropa de baño, unas toallas y lo necesario para pasar el día allí. Me conecté a internet con el ordenador, busqué la mejor cala de Cádiz y miré el estado de las carreteras: todo pintaba bien. Una vez había terminado todo, no me llevó más de treinta minutos, me dirigí a la cocina y preparé el desayuno para los dos. El café ya estaba en su punto y había preparado unas tostadas con mermelada, llevé el desayuno a Key a la cama mientras la despertaba con un beso. Ella se estiró y abrió los ojos, cuando me vio allí, frente a ella, con el desayuno, me besó. Me besó como el soldado que vuelve del fragor de la batalla besa a su amada: con una pasión absoluta, con una sensualidad completa, con un amor verdadero.

Desayunamos juntos y, cuando terminó, dije en alto: Hoy vamos a hacer un viaje.

Ella ni siquiera preguntó, simplemente sonrío y se vistió rápidamente. Su confianza en mí era total, conmigo nada parecía que podía salir mal… en realidad, era con ella con la que nada era posible que saliera mal, su mera presencia perfeccionaba cualquier momento, por malo que fuera.

Montamos en el coche una vez puesta la maleta en el maletero y nos encaminamos a nuestro destino. Eran las nueve de la mañana y nos encontrábamos a dos horas de camino. Yo conducía y ella iba a ciegas, porque no había preguntado sobre la meta de nuestro viaje. Cuando quedaba una hora para llegar paré en una gasolinera con la excusa de repostar, ella seguía sin conocer el verdadero rumbo del viaje. Había utilizado carreteras secundarias que no conocía, pocos carteles y poca información en los que había (a decir verdad, esta parte muestra que es un sueño, lo normal hubiese sido vendar sus ojos en la salida). Vendé sus ojos a la vez que le daba un apasionado beso y proseguimos. Tras otra hora de viaje en la que hablamos de música y del último libro que habíamos leído a la par, llegamos al aparcamiento. Su fe ciega en mí la impedía cuestionarse o cuestionarme nada, únicamente confiaba en que la sorpresa sería genial y sonreía mientras mostraba ese nerviosismo propio de los niños cuando viene la noche de los Reyes Magos. La ayudé a salir del coche y la dirigí, aún con los ojos vendados, a la cala. Allí estaba, vacía, esperándonos. Con su arena prácticamente virgen, sus aguas casi transparentes… parecía hecha para nosotros. Entonces me coloqué tras ella y, dirigiendo su mirada al horizonte, la quité la venda. Ella, en lugar de quedarse obnubilada por la belleza del mar se dio la vuelta y me besó de nuevo, me dijo que me quería, que me amaba. Entonces abrí la maleta (que había llevado conmigo desde que salimos del coche) y nos pusimos la ropa de baño, escondiéndonos para que nadie nos viera, como dos adolescentes viviendo su primer amor. Sabía que no fallaría si cogía su bikini favorito, así fue.

Nos bañamos, jugamos, reímos… y cuando nos encontramos cansados nos tumbamos a reposar y a tomar el sol.

Entonces Key me miró a los ojos, se acercó a mí y con sus preciosos labios rozando los míos, mientras nos encontrábamos sobre la cálida arena y el agua nos mojaba, dijo:

– D., el ser humano no necesita grandes fortunas, necesita amor. No necesita una gran casa o un coche potente, necesita saber que atrae a aquél o a aquélla que le quiere. Necesita excitación, necesita sorpresas diversas y belleza. Las personas no necesitan los últimos ordenadores y las mejores videoconsolas, necesitan hacer de sus vidas algo que valga la pena vivir y sea digno de recordar y contar a sus amigos, hijos o nietos. El ser humano necesita de otros seres humanos para ser humano, no necesita cosas; necesita gente. Necesita a gente buena, gente como tú, te necesita a ti.

Es más importante querer a alguien y ser querido que tener un buen o un mal trabajo. Nadie puede permitir que la vida le pase sin más, no hay que dar más importancia al dinero, a la forma de conseguirlo y a lo que reporta, de la que tiene; si de algo hemos de ser esclavos (o constructores), que sea del amor.

Y mientras nos fundíamos en el beso más profundo, bello y apasionado que recuerdo desperté entre lágrimas de alegría y, también, de tristeza.

– Es un relato verdaderamente entrañable e interesante, D. Freud diría, seguramente, que necesitas una novia y que por ello tu subconsciente te insta a buscarla. Debo añadir que la reflexión de Key al final es digna del mejor autor. Por tanto, decir que eres un pensador exquisito incluso durante tus sueños.

– Gracias. Sin embargo, nunca estaré de acuerdo con Freud. El sueño no creo que me inste a encontrar una novia, puesto que ya la he encontrado. El problema es que, aunque Key existe en el mundo real, su sentimiento hacia mí dista mucho de ser el que es en el sueño.

– Lo siento, entonces. De todos modos, tu físico no es malo y, todo hay que decirlo, si la sabiduría fuera atractiva, serías un Adonis. Dijo L., tratando de hacer un pequeño chascarrillo intelectual que levantara el ánimo de su amigo.

– Sea lo que sea, no tengo la suerte de poder construir el verdadero amor con quien creo que puedo hacerlo.

En ese momento, la mujer de L. le llama al móvil y mantienen una conversación que dura unos minutos.

– Debes disculparme, D. Mi mujer necesita que vaya a buscar a la guardería a nuestro hijo debido al mal tiempo y debo irme ya, con premura. Ella se encuentra en un gran atasco y es imposible que llegue a tiempo. Ha sido un verdadero placer compartir este rato contigo y, sin duda, pensaré, y mucho, en tu sueño, puesto que me resulta verdaderamente interesante. Esa reflexión, te repito, tiene mucho jugo.

– Estás disculpado, no te preocupes. Las obligaciones como padre son inescrutables. Cerró D.

D. acompaña a L. a la puerta y, al despedirse, se funden en un abrazo. Entonces L. enciende la luz del portal y llama al ascensor. Cuando llega entra en él y D. cierra la puerta.

Súbitamente D. levanta la cabeza y mira al frente: se ha quedado dormido en su despacho, trabajando en su libro. Coge su cuaderno y anota lo que recuerda: L., un gran pensador que le ha hecho reflexionar mucho durante el sueño. Su casa, que aparecía tal cual es en la realidad, con los cuadros y todo… su despacho, exactamente igual… y Key, que también es una realidad que aparecía en el sueño, en sus dos variantes: la que él querría y la real… sus lágrimas brotan de sus ojos mojando el cuaderno y haciendo que se corra la tinta. Ahora son de tristeza, no hay duda.

Regalo

Pensar, recordar, querer

Buscar palabras para ofrecerte

Eso es Marzo

Marzo es hoy, Marzo es esperar

Marzo es una imaginación real.

 

Marzo es aquello que dejamos por decir

Es aquella palabra que llegamos a inventar

Aquellos momentos que compartimos

Y aquellos que dejamos escapar.

 

Marzo es venirnos a nuestra mente de manera mutua

Cuando jugamos a juegos con nuevas reglas

Cuando ganábamos ambos

Cuando empatábamos frente al mismo libro.

 

Marzo es discusión

Marzo es conversación

Marzo es un libro

Marzo es una película

 

Marzo es veintiséis… tu cumpleaños.

Felicidades, C.R.G.